domingo, 30 de junio de 2013

Relato: Señal de barro

Señal de barro

El Guardaparque tomó la barra de hierro y desclavó las tablas que cerraban la entrada a un misterioso pasadizo de Tikal que fuera descubierto en 1975 y que pertenece al período Maya clásico temprano. Los pasadizos, que en total conforman cinco kilómetros de recorridos entre los distintos templos, se encuentran cerrados al público ya que son sumamente delicados.
Ingresamos.
Afuera, la humedad de la selva, adentro, un aire inexplicablemente seco.
Al quitarse las tablas, la luz penetró los dos primeros metros, pero enseguida, la estrechez del túnel hizo que nuestros propios cuerpos impidieran su paso y comenzamos a depender totalmente de nuestras linternas. La sensación era ambigua. Uno sabía estar ingresando a un túnel de unos mil quinientos años y tenía cierta conciencia de ser un profanador, pero el estado y  la terminación de las paredes, de un revoque muy fino y de color claro, mas la ausencia de olor a humedad lo hacían parecer nuevo. Lamentablemente en algunas partes las raicillas de los árboles comenzaban a deteriorar el techo y las paredes.
A lo largo de éstas había abundantes pinturas y también unas máscaras hechas en relieve, bastante grandes, de las que salían alas, y mantenían su color rojo lacre original.
En cierto punto encontramos una cosa que pese a su sencillez me resultó mas interesante que muchas de las manifestaciones de arte y arquitectura que había visto en las ruinas durante los últimos días:
Era la impresión en barro de dos manos juntas, unidas por los pulgares y encerradas por la marca que hicieron a su alrededor los cuatro dedos restantes de cada mano. Esa mancha de barro parecía haber sido hecha el día anterior, pero se estima que constituye “la firma” del constructor del túnel. ¿Cómo no se ha descascarado ese barro tras quince siglos de haber sido estampado allí?
Hay milenarias impresiones de manos en todos los continentes y es esperable verlas en paredes rocosas y cuevas, pero el encontrarlas estampadas en una obra de ingeniería como un túnel de cinco kilómetros constituyó un contraste de sencillez inesperado.


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