Terror
Creo que lo
que diferencia al terror del miedo es la comprobación de que realmente existe
lo desconocido, lo incontrolable, lo que nos supera. En una centésima de
segundo, el hombre aterrorizado está huérfano de explicaciones y a merced del
mal.
Y eso fue
lo que sintió Ricardo una noche, que como tantas otras había ido a pescar. De
ahí su terror, porque lo que le pasó le sucedió en un bañado que conocía tanto
como a su propio rancho.
Ricardo
vivía cerca de la laguna, justo al Sur.
La tarde
anterior había colocado su red atajando un canalcito, el que atraviesa un
puente de troncos a la altura del monte, donde los ombúes son mas altos, en la
base de la Punta Diamante.
Como tuvo
algo que hacer con el poco ganado que tenía, no pudo pernoctar en carpa al lado
de la red. Una lástima, porque eso le gustaba, o lo aliviaba, porque para el
solitario, la soledad encerrada de la casa pega mas.
El trabajo
con el ganado lo había cansado y decidió dormir en su cama para estar como
nuevo a la hora de ir a revisar la red.
Pasadas las
cuatro de la madrugada se levantó, calentó poca agua, cosa de rápidamente poder
tomar unos sorbos de mate y salió.
Nacido por
allí cerca, había recorrido miles de veces el trayecto que comenzaba a andar
ahora.
Noche, frío
y calma.
Las mejores
condiciones; su red estaría cargada de bagres.
Las
estrellas parecían haberse reproducido en aquella noche clara de agosto e
iluminaban su chapoteo. El barro no siempre está igual y a veces, se resbala
menos pisando un poco de agua que evitándola y por eso Ricardo iba eligiendo
para su camino los charcos que devolvían estrellas.
Cruzó un
par de alambrados y al llegar a la orilla de la laguna encontró la negrura de
su bote justo donde debería estar: eso le demostraba una vez mas que aquel
lugar era suyo, nadie se habría atrevido a mover su bote. Nada como vivir
tranquilo, donde uno es dueño y señor de si y del terreno que conoce.
Negros el
pasto, los juncos, su bote y allá lejos la Cuchilla De la Carbonera.
Subió al
bote y tuvo la sensación de flotar en el cielo, hasta que con la primera remada
destruyó cien estrellas.
Como
siempre, antes de comenzar a desenmallar el pescado encendió la linterna e
iluminó en dirección a la red. Una línea de boyas continua significaba que no
se había pescado nada o que solo habría algún pez chico. Donde faltaba una boya
era porque estaba sumergida y eso significaba que había un pez grande.
Al primer
vistazo y no ver ninguna boya pensó que aun estaría un poco dormido y dirigió
el haz de luz a ambos lados a ver si la red aparecía por allí.
Pasó por su
cabeza la posibilidad de un robo, pero eso era imposible porque el bote estaba
tal cual lo había dejado y si bien no era furtivo, tenía la costumbre de
ocultar su red.
Tendría que
sumergir una mano para alcanzarla.
Lo hizo, y
al intentar levantarla sintió un tremendo tirón, que por inesperado casi lo
tira al agua.
La descarga
de adrenalina fue seguida por un breve momento en el que pensó que un tirón así
solo podría ser producido por un enorme pez, dado que si fueran muchos, como
parecía indicar el hundimiento de tantas boyas, nunca tirarían a la vez.
Y como buen
pescador, la idea de un pez enorme le agradaba mas que la de una captura
abundante.
No
solamente era el gran conocedor de ese lugar, sino que también habría sacado el
pez mas grande.
Tomó el
bichero con la izquierda y la linterna con la derecha, porque con ésta apuntaba
mejor y envió el haz de luz perpendicular hacia abajo. El agua que salía del
canalcito, por ser agua de bañado, decantada, era clara y mientras tanteaba con
el bichero llegó a pensar que aquel tirón había sido una ilusión, porque la red
no había vuelto a moverse.
Justo en
ese momento le pareció ver algo brillante bien abajo, donde la luz ya casi no
llegaba. Prestó atención, cambió un poco la dirección del haz de luz y sintió
terror. Terror, porque vio algo si, pero algo que tenía la inmovilidad del
acecho y se sintió presa.
Desde abajo
lo miraron dos ojos grandes, dos ojos naranjas, rabiosos, infernales, que
ampliaron enormemente el ancho del canal cuya profundidad pasó a ser insondable
y achicaron su bote. Largó el bichero que amenazaba unirlo al diablo y el miedo
le dio la velocidad para llegar inmediatamente a la orilla salvadora.
No tenía
idea de lo que había visto, de ahí su terror, que contrariamente a lo que
creyó, seguía sintiendo en la orilla. Se apartó de ésta y mediando ya unos
cuantos metros de lo que fuera que había visto, de lo que fuera que lo había
estado esperando quieto bajo el agua, lió con apuro un cigarro, lo encendió y
mientras miraba el naranja de la parte encendida no dudó de que aquellos ojos
tenían ese mismo color y por tanto también serían de fuego.
Decidió
irse para su casa y volver al otro día a pleno sol y acompañado con alguien.
Asi fue
como Ricardo encontró al primer yacaré de que se tenga noticia en la Laguna de
Castillos.
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