viernes, 14 de junio de 2013

Relato:Terror

Terror

Creo que lo que diferencia al terror del miedo es la comprobación de que realmente existe lo desconocido, lo incontrolable, lo que nos supera. En una centésima de segundo, el hombre aterrorizado está huérfano de explicaciones y a merced del mal.
Y eso fue lo que sintió Ricardo una noche, que como tantas otras había ido a pescar. De ahí su terror, porque lo que le pasó le sucedió en un bañado que conocía tanto como a su propio rancho.

Ricardo vivía cerca de la laguna, justo al Sur.
La tarde anterior había colocado su red atajando un canalcito, el que atraviesa un puente de troncos a la altura del monte, donde los ombúes son mas altos, en la base de la Punta Diamante.
Como tuvo algo que hacer con el poco ganado que tenía, no pudo pernoctar en carpa al lado de la red. Una lástima, porque eso le gustaba, o lo aliviaba, porque para el solitario, la soledad encerrada de la casa pega mas.

El trabajo con el ganado lo había cansado y decidió dormir en su cama para estar como nuevo a la hora de ir a revisar la red.
Pasadas las cuatro de la madrugada se levantó, calentó poca agua, cosa de rápidamente poder tomar unos sorbos de mate y salió.
Nacido por allí cerca, había recorrido miles de veces el trayecto que comenzaba a andar ahora.
Noche, frío y calma.
Las mejores condiciones; su red estaría cargada de bagres.
Las estrellas parecían haberse reproducido en aquella noche clara de agosto e iluminaban su chapoteo. El barro no siempre está igual y a veces, se resbala menos pisando un poco de agua que evitándola y por eso Ricardo iba eligiendo para su camino los charcos que devolvían estrellas.
Cruzó un par de alambrados y al llegar a la orilla de la laguna encontró la negrura de su bote justo donde debería estar: eso le demostraba una vez mas que aquel lugar era suyo, nadie se habría atrevido a mover su bote. Nada como vivir tranquilo, donde uno es dueño y señor de si y del terreno que conoce.
Negros el pasto, los juncos, su bote y allá lejos la Cuchilla De la Carbonera.
Subió al bote y tuvo la sensación de flotar en el cielo, hasta que con la primera remada destruyó cien estrellas.
Como siempre, antes de comenzar a desenmallar el pescado encendió la linterna e iluminó en dirección a la red. Una línea de boyas continua significaba que no se había pescado nada o que solo habría algún pez chico. Donde faltaba una boya era porque estaba sumergida y eso significaba que había un pez grande.
Al primer vistazo y no ver ninguna boya pensó que aun estaría un poco dormido y dirigió el haz de luz a ambos lados a ver si la red aparecía por allí.
Pasó por su cabeza la posibilidad de un robo, pero eso era imposible porque el bote estaba tal cual lo había dejado y si bien no era furtivo, tenía la costumbre de ocultar su red.
Tendría que sumergir una mano para alcanzarla.
Lo hizo, y al intentar levantarla sintió un tremendo tirón, que por inesperado casi lo tira al agua.
La descarga de adrenalina fue seguida por un breve momento en el que pensó que un tirón así solo podría ser producido por un enorme pez, dado que si fueran muchos, como parecía indicar el hundimiento de tantas boyas, nunca tirarían a la vez.
Y como buen pescador, la idea de un pez enorme le agradaba mas que la de una captura abundante.
No solamente era el gran conocedor de ese lugar, sino que también habría sacado el pez mas grande.
Tomó el bichero con la izquierda y la linterna con la derecha, porque con ésta apuntaba mejor y envió el haz de luz perpendicular hacia abajo. El agua que salía del canalcito, por ser agua de bañado, decantada, era clara y mientras tanteaba con el bichero llegó a pensar que aquel tirón había sido una ilusión, porque la red no había vuelto a moverse.
Justo en ese momento le pareció ver algo brillante bien abajo, donde la luz ya casi no llegaba. Prestó atención, cambió un poco la dirección del haz de luz y sintió terror. Terror, porque vio algo si, pero algo que tenía la inmovilidad del acecho y se sintió presa.
Desde abajo lo miraron dos ojos grandes, dos ojos naranjas, rabiosos, infernales, que ampliaron enormemente el ancho del canal cuya profundidad pasó a ser insondable y achicaron su bote. Largó el bichero que amenazaba unirlo al diablo y el miedo le dio la velocidad para llegar inmediatamente a la orilla salvadora.
No tenía idea de lo que había visto, de ahí su terror, que contrariamente a lo que creyó, seguía sintiendo en la orilla. Se apartó de ésta y mediando ya unos cuantos metros de lo que fuera que había visto, de lo que fuera que lo había estado esperando quieto bajo el agua, lió con apuro un cigarro, lo encendió y mientras miraba el naranja de la parte encendida no dudó de que aquellos ojos tenían ese mismo color y por tanto también serían de fuego.
Decidió irse para su casa y volver al otro día a pleno sol y acompañado con alguien.
Asi fue como Ricardo encontró al primer yacaré de que se tenga noticia en la Laguna de Castillos.



No hay comentarios:

Publicar un comentario