martes, 18 de junio de 2013

Relato:Diana

Diana

Noche y truenos. Junio estaba lluvioso.
Como suelen hacer las personas acostumbradas a madrugar, Diana apagó el despertador justo antes de que sonara.
Mientras tomaba una taza de café con leche, el techo dejó de contar gotas gruesas y se descargó un chaparrón. Se puso el pilot que ya le quedaba un poco chico y salió a buscar el caballo que estaba atado a unos metros de la casa.
Desenterró la varilla que impedía que se fuera y lo llevó al alero para ensillarlo. Ambos sabían que la jornada no sería fácil.
Montó, se arregló lo mejor que pudo la ropa de lluvia y se preparó mentalmente para los tres cuartos de hora de lluvia, viento y rayos que le esperaban.
Primero transitó el corto trayecto en el Cabo Polonio donde las casas le daban cierta sensación de seguridad y reparo, luego vino el tramo largo de la playa, donde estaría mas expuesta a la tempestad. El maldito pampero le quedaba de frente. No habría pilot que aguantara y el de ella menos. El temporal demoraría el alba.
El mar crecido por el viento había reducido mucho el ancho de la playa, pero de todos modos eligió llevar el caballo casi hasta la espuma del mar, porque así el estruendo de la rompiente tapaba un poco el de los truenos.
Cuando el agua que le corría bajo la ropa comenzaba a hacerla tiritar llegó a las dunas y el cambio en la orientación del camino la protegió un poco del frío.
Apretó el paso del caballo, porque andando por esa zona mas elevada estaba mas desprotegida que en la playa, pero al llegar a los primeros pinos lo dejó elegir su paso.
Tenía tiempo.
Llegó a la ruta. Clavó la varilla que mantendría al caballo pastando bajo los eucalyptus de la curva y lo desensilló dejando sobre el pasto los aperos.
A diferencia de otros días, en la parada no había nadie mas.
Buscando protegerse del viento se arrimó al tronco de un eucalyptus grueso y miró con pena a su caballo que ya pastaba y que tendría que esperarla allí hasta casi las cuatro de la tarde.
Diez minutos después llegó el bus.
Al subir sintió la tibieza del motor y se sentó complacida contra una ventana del fondo.
Ay que tibiecito está acá adentro.
Algún dia tendré una vida mas fácil y me reiré de todo esto…-pensó.

Diana…
El chofer la tocó en el hombro.
¡Diana!
¡Despierta muchacha! Ya llegamos, vas a llegar tarde al liceo.

Muchos de sus compañeros de clase faltaban los días de lluvia. Ella en cambio, no perdía una clase.



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