Diana
Noche y
truenos. Junio estaba lluvioso.
Como suelen
hacer las personas acostumbradas a madrugar, Diana apagó el despertador justo
antes de que sonara.
Mientras
tomaba una taza de café con leche, el techo dejó de contar gotas gruesas y se
descargó un chaparrón. Se puso el pilot que ya le quedaba un poco chico y salió
a buscar el caballo que estaba atado a unos metros de la casa.
Desenterró
la varilla que impedía que se fuera y lo llevó al alero para ensillarlo. Ambos
sabían que la jornada no sería fácil.
Montó, se
arregló lo mejor que pudo la ropa de lluvia y se preparó mentalmente para los
tres cuartos de hora de lluvia, viento y rayos que le esperaban.
Primero
transitó el corto trayecto en el Cabo Polonio donde las casas le daban cierta
sensación de seguridad y reparo, luego vino el tramo largo de la playa, donde
estaría mas expuesta a la tempestad. El maldito pampero le quedaba de frente.
No habría pilot que aguantara y el de ella menos. El temporal demoraría el
alba.
El mar
crecido por el viento había reducido mucho el ancho de la playa, pero de todos
modos eligió llevar el caballo casi hasta la espuma del mar, porque así el
estruendo de la rompiente tapaba un poco el de los truenos.
Cuando el agua
que le corría bajo la ropa comenzaba a hacerla tiritar llegó a las dunas y el
cambio en la orientación del camino la protegió un poco del frío.
Apretó el
paso del caballo, porque andando por esa zona mas elevada estaba mas
desprotegida que en la playa, pero al llegar a los primeros pinos lo dejó
elegir su paso.
Tenía
tiempo.
Llegó a la
ruta. Clavó la varilla que mantendría al caballo pastando bajo los eucalyptus
de la curva y lo desensilló dejando sobre el pasto los aperos.
A
diferencia de otros días, en la parada no había nadie mas.
Buscando
protegerse del viento se arrimó al tronco de un eucalyptus grueso y miró con
pena a su caballo que ya pastaba y que tendría que esperarla allí hasta casi
las cuatro de la tarde.
Diez
minutos después llegó el bus.
Al subir
sintió la tibieza del motor y se sentó complacida contra una ventana del fondo.
Ay que
tibiecito está acá adentro.
Algún dia
tendré una vida mas fácil y me reiré de todo esto…-pensó.
Diana…
El chofer
la tocó en el hombro.
¡Diana!
¡Despierta
muchacha! Ya llegamos, vas a llegar tarde al liceo.
Muchos de
sus compañeros de clase faltaban los días de lluvia. Ella en cambio, no perdía
una clase.
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