Terra
Cuando a
Terra le pidieron que cuidara los carpinchos no sospechó que la cosa iba a ser
así.
El norte de
la Laguna de Castillos, con sus pajonales, sarandizales y cañadones que cortan
un monte denso, es un área en realidad muy silvestre donde es fácil perderse
para quien no conozca el terreno.
Pero Terra,
por haber sido durante años el nutriero de la Barra Grande, conocía muy bien
todo aquello.
Montaraz
por excelencia, tenía una barba que lo hacía parecer un cuadro de Blanes
viviente.
Aprovechando
la incipiente revalorización de lo nativo, los dueños del campo intentarían
suerte con el turismo de naturaleza dado quel terreno era por demás pintoresco.
Sin duda el gran ceibal sería un atractivo importante y ni que hablar de la
abundancia de aves y de los enormes ombúes, que formaban una galería notable ya
casi sobre el bañado.
A
diferencia del Sur de la Laguna, donde los ombúes estaban casi solamente
acompañados por coronillas, en la Barra Grande había mayor riqueza vegetal,
resaltando la presencia de palmas pindó, que gallardas asomaban del monte, de
higuerones, que angurrientos pretendían comerse algún ombú y de partes del
monte atiborradas de barbas de viejo que le daban cierto misterio.
Si bien la
caza de nutrias deja mucho que desear como una actividad inerme al ecosistema,
si se pone cuidado en la instalación de las trampas se minimizan las capturas
incidentales de nutrias jóvenes, garzas y otros animales. Y Terra ponía
atención en cada trillo buscando atrapar solamente nutrias adultas.
A veces,
para variar pedía un pedazo de capón, pero le gustaba la carne del roedor, la
que comenzó a comer muchos años atrás, porque le parecía un desperdicio usar
solo la piel del animal.
Pasaba todo
el invierno viviendo en una minúscula choza de paja, al lado del puente
colgante que cruzaba el arroyo en el monte. Armonizaban su interior un catre de
palos y guascas, unas cobijas, una lata grande que usaba como brasero, una
caldera tropera, una cómoda sillita de madera, mate y termo. Afuera se agregaba
un cráneo de vaca, sillón inmejorable, situado al lado del fogón que casi
cortaba el paso de la entrada de la chocita.
Hombre
sano, no tenía nada que ocultar y cuando los primeros turistas preguntaron que era ese ranchito, comenzó a
disfrutar del placer de ser anfitrión y los invitaba a entrar, explicando que
era cada cosa. Lástima que para algunos, mas que una cortesía, aquello parecía un desafío dadas las dimensiones del
habitáculo y también dada la extrañeza que suele dar a una persona el encuentro
con algo tan distinto.
Durante
toda la zafra de caza de nutrias, tras una larga mateada sentado si estaba
lindo en el cráneo de vaca, o si llovía en la sillita de madera, Terra salía
del monte y al llegar a la orilla del bañado comenzaba a buscar nuevos trillos
de nutria, estudiándolos bien antes de colocar cada trampa.
Luego de
recorrer caminando toda la orilla del bañado donde tenía permiso para colocar sus
trampas, llegaba a su pequeña canoa hecha de tablas y se internaba en la
vegetación alta del bañado.
Con sus
idas y venidas en canoa, mantenía un estrecho canal, estando en el cual, las
espadañas, totoras y juncos, solo dejaban ver una franja de cielo. Deambulando
por allí horas todos los días, por las tardes al armar las trampas y por las
mañanas cosechando las nutrias, llegaba a sentirse un habitante mas de ese
reino mojado que le daba de comer.
No había
dia que no encontrara al menos un carpincho muerto o herido. A veces muerto la
noche anterior y siendo así recordaba haber oído vagamente el sonido de un
disparo mientras dormía, u otras veces hinchado o podrido ya totalmente por
errores de cazador furtivo.
Una mañana,
mientras caminaba buscando trillos, vio al borde del bañado como un carpincho hacía esfuerzos vanos para
arrastrarse hacia el juncal.
Terra se
aproximó despacio para no asustar al animal y constató que lo que le
dificultaba moverse era que arrastraba un tronco y que lo ahorcaba un cable
fino de acero, un poco mas con cada paso.
Cuando
llegó al lado del carpincho, el animal se tumbó de lado, exhalando un extraño
sonido al morir.
Uno menos
para que vean los turistas pensó.
Quitó el
cable de acero para que el furtivo no pudiera volver a usarlo, retiró también
el tronco, llevándolo hasta su fogón donde lo usaría de trafoguero y luego
regresó a buscar el carpincho, el que evisceró allí donde murió, para cargar
menos peso.
Unos
caranchos se llevaron el triperío peleándose en vuelo.
Estaba preocupado.
Con la
protección que él mismo había estado dando a los carpinchos, la Barra Grande se
fue tornando de a poco en una tentación para los furtivos de Castillos, de El
Puente y de Diecinueve de Abril, si no es que venían también de los Suburbios
de La Paloma y Rocha.
Estaba
preocupado porque una cosa era que cazaran carpinchos por ahí y otra muy
distinta que lo hicieran donde el vivía. Se sentía invadido y supo que tendría
problemas.
Hacía un
mes mas o menos lo había citado la Policía por la muerte de un hombre. Sin duda
lo habían citado porque se sabía que el finado había sido cazador y que a Terra
le habían dado la orden de cuidar que no se cazara y a alguno se le ocurrió que
matar un furtivo podría haber sido la ecuación fácil para cuidar los carpinchos.
Pero poco después se aclaró el asesinato: dos personas fueron a cazar y se
separaron para cubrir un área mayor. Uno de ellos vio un movimiento, tiró al
bulto, matando a su compañero y volviendo solo y callado a Castillos…
Como era un
disparate aprovechar solamente un pedazo de la carne de aquel pobre carpincho,
avisó a su patrón lo que había pasado y lo invitó a cenarlo asado, arriba, en
el parador hecho para los turistas.
A la puesta
del sol Terra encendió el horno de pan y poco rato después el patrón cayó con
su esposa. Entre conversaciones que le hicieron olvidar su vida solitaria,
metió el carpincho trozado en el horno y se fijó en el reloj para dejarlo
solamente una hora.
Un poco de
vino convirtió aquella pequeña reunión en un festejo y hubo planes para cuando
la pequeña estancia fuera un sitio de renombre para los ecoturistas.
Ya tarde en
la noche, la pareja se volvió a Castillos y como la noche era tibia para ser de
invierno, Terra se recostó contra la pared, al lado de la puerta, a escuchar la radio antes de acostarse.
El auto del
patrón estaría aun transitando los mas de mil metros de camino que había hasta
llegar a la carretera, cuando Terra sintió un fuerte tirón del pelo hacia atrás
y la punta de un cuchillo en su garganta.
¡Te tengo!
¿Sentís el cuchillo viejo de mierda? ¿Te crees el dueño del bañado, carajo?
Esta vez te
perdono la vida idiota, pero no me vuelvas a joder ¿Esta claro?
La mano que
lo sostenía por el pelo lo soltó primero, cosa que el cuchillo lo lastimara un
poco.
El maleante
se escabulló hacia atrás, evitando ser visto.
Terra
reconoció su voz y consiguió que al otro día el hombre fuera llamado a declarar
ante el juez de Castillos.
Lo que mas
le impactó a Terra no fue la sangre fría del delincuente, sino la del juez, que
no encontró motivos para dar seguimiento a su denuncia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario