martes, 25 de junio de 2013

Relato: Terra

Terra


Cuando a Terra le pidieron que cuidara los carpinchos no sospechó que la cosa iba a ser así.
El norte de la Laguna de Castillos, con sus pajonales, sarandizales y cañadones que cortan un monte denso, es un área en realidad muy silvestre donde es fácil perderse para quien no conozca el terreno.
Pero Terra, por haber sido durante años el nutriero de la Barra Grande, conocía muy bien todo aquello.
Montaraz por excelencia, tenía una barba que lo hacía parecer un cuadro de Blanes viviente.
Aprovechando la incipiente revalorización de lo nativo, los dueños del campo intentarían suerte con el turismo de naturaleza dado quel terreno era por demás pintoresco. Sin duda el gran ceibal sería un atractivo importante y ni que hablar de la abundancia de aves y de los enormes ombúes, que formaban una galería notable ya casi sobre el bañado.
A diferencia del Sur de la Laguna, donde los ombúes estaban casi solamente acompañados por coronillas, en la Barra Grande había mayor riqueza vegetal, resaltando la presencia de palmas pindó, que gallardas asomaban del monte, de higuerones, que angurrientos pretendían comerse algún ombú y de partes del monte atiborradas de barbas de viejo que le daban cierto misterio.
Si bien la caza de nutrias deja mucho que desear como una actividad inerme al ecosistema, si se pone cuidado en la instalación de las trampas se minimizan las capturas incidentales de nutrias jóvenes, garzas y otros animales. Y Terra ponía atención en cada trillo buscando atrapar solamente nutrias adultas.
A veces, para variar pedía un pedazo de capón, pero le gustaba la carne del roedor, la que comenzó a comer muchos años atrás, porque le parecía un desperdicio usar solo la piel del animal.
Pasaba todo el invierno viviendo en una minúscula choza de paja, al lado del puente colgante que cruzaba el arroyo en el monte. Armonizaban su interior un catre de palos y guascas, unas cobijas, una lata grande que usaba como brasero, una caldera tropera, una cómoda sillita de madera, mate y termo. Afuera se agregaba un cráneo de vaca, sillón inmejorable, situado al lado del fogón que casi cortaba el paso de la entrada de la chocita.
Hombre sano, no tenía nada que ocultar y cuando los primeros turistas  preguntaron que era ese ranchito, comenzó a disfrutar del placer de ser anfitrión y los invitaba a entrar, explicando que era cada cosa. Lástima que para algunos, mas que una cortesía, aquello  parecía un desafío dadas las dimensiones del habitáculo y también dada la extrañeza que suele dar a una persona el encuentro con algo tan distinto.
Durante toda la zafra de caza de nutrias, tras una larga mateada sentado si estaba lindo en el cráneo de vaca, o si llovía en la sillita de madera, Terra salía del monte y al llegar a la orilla del bañado comenzaba a buscar nuevos trillos de nutria, estudiándolos bien antes de colocar cada trampa.
Luego de recorrer caminando toda la orilla del bañado donde tenía permiso para colocar sus trampas, llegaba a su pequeña canoa hecha de tablas y se internaba en la vegetación alta del bañado.
Con sus idas y venidas en canoa, mantenía un estrecho canal, estando en el cual, las espadañas, totoras y juncos, solo dejaban ver una franja de cielo. Deambulando por allí horas todos los días, por las tardes al armar las trampas y por las mañanas cosechando las nutrias, llegaba a sentirse un habitante mas de ese reino mojado que le daba de comer.
No había dia que no encontrara al menos un carpincho muerto o herido. A veces muerto la noche anterior y siendo así recordaba haber oído vagamente el sonido de un disparo mientras dormía, u otras veces hinchado o podrido ya totalmente por errores de cazador furtivo.
Una mañana, mientras caminaba buscando trillos, vio al borde del bañado como un  carpincho hacía esfuerzos vanos para arrastrarse hacia el juncal.
Terra se aproximó despacio para no asustar al animal y constató que lo que le dificultaba moverse era que arrastraba un tronco y que lo ahorcaba un cable fino de acero, un poco mas con cada paso.
Cuando llegó al lado del carpincho, el animal se tumbó de lado, exhalando un extraño sonido al morir.
Uno menos para que vean los turistas pensó.
Quitó el cable de acero para que el furtivo no pudiera volver a usarlo, retiró también el tronco, llevándolo hasta su fogón donde lo usaría de trafoguero y luego regresó a buscar el carpincho, el que evisceró allí donde murió, para cargar menos peso.
Unos caranchos se llevaron el triperío peleándose en vuelo.
Estaba preocupado.
Con la protección que él mismo había estado dando a los carpinchos, la Barra Grande se fue tornando de a poco en una tentación para los furtivos de Castillos, de El Puente y de Diecinueve de Abril, si no es que venían también de los Suburbios de La Paloma y Rocha.
Estaba preocupado porque una cosa era que cazaran carpinchos por ahí y otra muy distinta que lo hicieran donde el vivía. Se sentía invadido y supo que tendría problemas.
Hacía un mes mas o menos lo había citado la Policía por la muerte de un hombre. Sin duda lo habían citado porque se sabía que el finado había sido cazador y que a Terra le habían dado la orden de cuidar que no se cazara y a alguno se le ocurrió que matar un furtivo podría haber sido la ecuación fácil para cuidar los carpinchos. Pero poco después se aclaró el asesinato: dos personas fueron a cazar y se separaron para cubrir un área mayor. Uno de ellos vio un movimiento, tiró al bulto, matando a su compañero y volviendo solo y callado a Castillos…
Como era un disparate aprovechar solamente un pedazo de la carne de aquel pobre carpincho, avisó a su patrón lo que había pasado y lo invitó a cenarlo asado, arriba, en el parador hecho para los turistas.
A la puesta del sol Terra encendió el horno de pan y poco rato después el patrón cayó con su esposa. Entre conversaciones que le hicieron olvidar su vida solitaria, metió el carpincho trozado en el horno y se fijó en el reloj para dejarlo solamente una hora.
Un poco de vino convirtió aquella pequeña reunión en un festejo y hubo planes para cuando la pequeña estancia fuera un sitio de renombre para los ecoturistas.
Ya tarde en la noche, la pareja se volvió a Castillos y como la noche era tibia para ser de invierno, Terra se recostó contra la pared, al lado de la puerta, a escuchar la radio antes de acostarse.
El auto del patrón estaría aun transitando los mas de mil metros de camino que había hasta llegar a la carretera, cuando Terra sintió un fuerte tirón del pelo hacia atrás y la punta de un cuchillo en su garganta.
¡Te tengo! ¿Sentís el cuchillo viejo de mierda? ¿Te crees el dueño del bañado, carajo?
Esta vez te perdono la vida idiota, pero no me vuelvas a joder ¿Esta claro?
La mano que lo sostenía por el pelo lo soltó primero, cosa que el cuchillo lo lastimara un poco.
El maleante se escabulló hacia atrás, evitando ser visto.
Terra reconoció su voz y consiguió que al otro día el hombre fuera llamado a declarar ante el juez de Castillos.
Lo que mas le impactó a Terra no fue la sangre fría del delincuente, sino la del juez, que no encontró motivos para dar seguimiento a su denuncia.


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