jueves, 13 de junio de 2013

Relato:Calibre 22 largo

Calibre 22 largo.
                                                                               
El Petiso se levantó a las 5, era marzo y no se necesitaba madrugar mas.
La zafra de camarón siempre había sido un momento muy productivo en su vida, porque todo el mundo estaba acostumbrado a las idas y venidas de las lanchas noche y día y sus movimientos no generarían sospechas.
Nadie dudaba de su capacidad de trabajo, pero era mas bien conocido tanto por su oportunismo como por su habilidad para valerse de lo ajeno.
Como tantos otros ladrones, al levantarse sintió una leve punzada de honestidad y para aplacarla buscó justificarse. “Si hay algo que no tiene dueño son los camarones”, había pensado.
La zafra dura poco y no había acertado en conseguir un buen lugar para sus trampas pese a que fue uno de los primeros en elegir lugar cerca de la naciente del Arroyo Valizas.
Pero para un hombre listo siempre hay oportunidades y la de él, era fijarse cual de los pescadores tenía mas suerte cuando llevaba el producto de su pesca nocturna al Puente a la llegada de los compradores mayoristas.
Hacía dos días que el que traía mas camarones era el Rulo y después de la siesta el petiso había tomado la decisión de cosecharle los bichos.
Solo tendría que llegar a las trampas antes que él.
No debía ser visto ni cerca de las mismas, porque ya tenía un problema no resuelto con ese hombre y no quería provocar al destino.
Si hay algo que tiene de bueno la pesca del camarón es que se hace de noche, pensó mientras iba esquivando redes y mas bien faroles que podrían iluminarlo mientras hacía los tres kilómetros arroyo arriba y otros dos por la laguna.
Al llegar cerca de su objetivo apagó el motor y se dispuso a escuchar. Esperó dos minutos, tiempo mas que suficiente para oir el susurro de unos remos, alguna tos, o para ver la lucecita de un cigarro.
Nada, tiempo de actuar.
Había una leve brisa del Oeste y decidió comenzar a abrir las bolsas de la serie de redes por ese mismo lado, asi, el bote iría acompañando sus movimientos sin necesidad de remar.
Cuando la caja de pescado recibió el granel de los camarones de la primera trampa, se felicitó por su iniciativa y supo que le iría bien.
Cuando hay viento, entre el movimiento de las hojas de los ombúes y de las olas de la laguna los demás sonidos se pierden, pero no asi con la brisa, que los transporta cientos de metros.
La carpa del Rulo no tenía ninguna otra cerca y estaba situada sobre la orilla a mitad de camino entre la boca del arroyo y El Cerrito y le pareció oir el sonido sordo de la descarga de pesca, ampliado por la caja de resonancia que en definitiva es el interior de un bote.
Se dio vuelta, porque dormía boca arriba y dirigió la mirada hacia sus trampas justo en el momento en que el Petiso era iluminado por el tercer farol.
Un arranque de furia lo sacó de la carpa y sin ponerse las botas tomó el rifle, le puso tres balas mas y conteniéndose, porque el corazón exigía mas acción, empujó el bote y remó en silencio los primeros metros para ganar la profundidad que le permitiera arrancar el motor. La maldita laguna jamás había estado tan baja y los tres minutos de remar despacio para que los toletes no chirriaran le parecieron horas.
Cuando pensó que la profundidad era suficiente bajó la pata del motor y le pegó un cordazo fuerte como para que arrancara de primera, la presa no podía escapar antes de que la reconociera…
El petiso sabía bien donde estaba la carpa de la que debía cuidarse y al oir el arranque repentino del motor, seguido por el sonido rabioso de su aceleración forzada se asustó.
Hasta ese momento había sido precavido y se acordó de que antes de salir se permitió justificar lo que iría a hacer, pero ahora tenía miedo.
Ahora eran dos corazones que latían salvajemente, uno de rabia, el otro de miedo.
Uno con la certeza de hacer justicia y el otro con la de tener un grave problema.
Hombre problemático, el petiso no podía permitirse un motor que no estuviera en perfectas condiciones y también el suyo arrancó del primer cordazo.
Comenzaba a clarear cuando el Rulo llegó a donde estaban sus trampas recién robadas y no podía creer la velocidad de la lancha del Petiso, que en lugar de irse acercando se alejaba cada vez mas.
Maldijo la lentitud de su motor y se sorprendió al notar que podía enojarse mas.
Había que matar a esa rata.
Cuando el petiso llegó a Puente, tanto los pescadores tempraneros como los compradores, se sorprendieron de que en vez de poner a la venta los camarones que había en las cajas, atracó chocando un bote y huyó hacia el caserío.
Poco rato después llegó el Rulo y como ya había mucha luz, su cara explicó el apuro del Petiso.
El Pupi, comprador de La Paloma, llamó la atención de el Polilla que estaba pesando sus camarones y le dijo. “Que raro, el petiso de nuevo en problemas…”.
El Polilla sin ser amigo de el Petiso, al ver que quien lo perseguía llevaba un rifle, prisa y mala cara, la peor combinación, dijo a su interlocutor: creo que hay que actuar.
¡Que pasó Rulo! Dijo mas como saludo que preguntando, mientras se interponía en su camino, ya casi a las puertas de la casa del que ya había sido sentenciado.
¡Apartate mierda!
¡Bueno che, que mierda no soy!
¡Correte te digo! Y el grito ya no fue de advertencia porque sonó el inconfundible disparo de un rifle 22.
Sorpesa.
Corrían los segundos y todos los presentes suponían que el tiro habría sido lanzado al aire o al suelo, pero no.
El Pupi se acercó al Polilla al ver que estaba parado y quieto con una mano en un flanco.
¿No me digas que te pegó un tiro? Le preguntó.
No, nada de eso, solo me duele aca, pero estoy bien, dijo mientras tomado de la mano del Pupi se sentaba sobre un bote dado vuelta.
¡El Rulo le pegó un tiro al Polilla! Surgió el grito y el herido fue rodeado tanto por los que habían presenciado la escena, como por los pescadores que seguían llegando.
Te llevo a Castillos, aguantá un poco que voy a encender el auto, dijo alguien. Mejor lo llevo yo que puedo ir mas rápido que vos, dijo otro.
No se preocupen que estoy bien, el tiro ese no era para mi, era para el Petiso, se ve que me pegó con el caño, porque siento un dolor acá.
No se sentía mal en verdad, un poco cansado quizás. Estaba bueno descansar un poco después de toda una noche de trabajo. En un rato estaría bien, volvería a pesar sus camarones y compraría algo rico para su esposa e hijos.
Cuando el tercero que se ofreció a llevarlo a Castillos vio desestimado su ofrecimiento todos regresaron a sus actividades, lo que duró menos de un minuto, porque el Polilla cayó muerto hacia atrás.


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