Calibre 22 largo.
El Petiso
se levantó a las 5, era marzo y no se necesitaba madrugar mas.
La zafra de
camarón siempre había sido un momento muy productivo en su vida, porque todo el
mundo estaba acostumbrado a las idas y venidas de las lanchas noche y día y sus
movimientos no generarían sospechas.
Nadie
dudaba de su capacidad de trabajo, pero era mas bien conocido tanto por su
oportunismo como por su habilidad para valerse de lo ajeno.
Como tantos
otros ladrones, al levantarse sintió una leve punzada de honestidad y para
aplacarla buscó justificarse. “Si hay algo que no tiene dueño son los
camarones”, había pensado.
La zafra
dura poco y no había acertado en conseguir un buen lugar para sus trampas pese
a que fue uno de los primeros en elegir lugar cerca de la naciente del Arroyo
Valizas.
Pero para
un hombre listo siempre hay oportunidades y la de él, era fijarse cual de los
pescadores tenía mas suerte cuando llevaba el producto de su pesca nocturna al
Puente a la llegada de los compradores mayoristas.
Hacía dos
días que el que traía mas camarones era el Rulo y después de la siesta el petiso
había tomado la decisión de cosecharle los bichos.
Solo
tendría que llegar a las trampas antes que él.
No debía
ser visto ni cerca de las mismas, porque ya tenía un problema no resuelto con
ese hombre y no quería provocar al destino.
Si hay algo
que tiene de bueno la pesca del camarón es que se hace de noche, pensó mientras
iba esquivando redes y mas bien faroles que podrían iluminarlo mientras hacía
los tres kilómetros arroyo arriba y otros dos por la laguna.
Al llegar
cerca de su objetivo apagó el motor y se dispuso a escuchar. Esperó dos
minutos, tiempo mas que suficiente para oir el susurro de unos remos, alguna
tos, o para ver la lucecita de un cigarro.
Nada,
tiempo de actuar.
Había una
leve brisa del Oeste y decidió comenzar a abrir las bolsas de la serie de redes
por ese mismo lado, asi, el bote iría acompañando sus movimientos sin necesidad
de remar.
Cuando la
caja de pescado recibió el granel de los camarones de la primera trampa, se
felicitó por su iniciativa y supo que le iría bien.
Cuando hay
viento, entre el movimiento de las hojas de los ombúes y de las olas de la
laguna los demás sonidos se pierden, pero no asi con la brisa, que los transporta
cientos de metros.
La carpa
del Rulo no tenía ninguna otra cerca y estaba situada sobre la orilla a mitad
de camino entre la boca del arroyo y El Cerrito y le pareció oir el sonido
sordo de la descarga de pesca, ampliado por la caja de resonancia que en
definitiva es el interior de un bote.
Se dio
vuelta, porque dormía boca arriba y dirigió la mirada hacia sus trampas justo
en el momento en que el Petiso era iluminado por el tercer farol.
Un arranque
de furia lo sacó de la carpa y sin ponerse las botas tomó el rifle, le puso
tres balas mas y conteniéndose, porque el corazón exigía mas acción, empujó el
bote y remó en silencio los primeros metros para ganar la profundidad que le
permitiera arrancar el motor. La maldita laguna jamás había estado tan baja y
los tres minutos de remar despacio para que los toletes no chirriaran le
parecieron horas.
Cuando
pensó que la profundidad era suficiente bajó la pata del motor y le pegó un
cordazo fuerte como para que arrancara de primera, la presa no podía escapar
antes de que la reconociera…
El petiso
sabía bien donde estaba la carpa de la que debía cuidarse y al oir el arranque
repentino del motor, seguido por el sonido rabioso de su aceleración forzada se
asustó.
Hasta ese
momento había sido precavido y se acordó de que antes de salir se permitió
justificar lo que iría a hacer, pero ahora tenía miedo.
Ahora eran
dos corazones que latían salvajemente, uno de rabia, el otro de miedo.
Uno con la
certeza de hacer justicia y el otro con la de tener un grave problema.
Hombre
problemático, el petiso no podía permitirse un motor que no estuviera en
perfectas condiciones y también el suyo arrancó del primer cordazo.
Comenzaba a
clarear cuando el Rulo llegó a donde estaban sus trampas recién robadas y no
podía creer la velocidad de la lancha del Petiso, que en lugar de irse
acercando se alejaba cada vez mas.
Maldijo la
lentitud de su motor y se sorprendió al notar que podía enojarse mas.
Había que
matar a esa rata.
Cuando el
petiso llegó a Puente, tanto los pescadores tempraneros como los compradores,
se sorprendieron de que en vez de poner a la venta los camarones que había en
las cajas, atracó chocando un bote y huyó hacia el caserío.
Poco rato
después llegó el Rulo y como ya había mucha luz, su cara explicó el apuro del Petiso.
El Pupi,
comprador de La Paloma, llamó la atención de el Polilla que estaba pesando sus
camarones y le dijo. “Que raro, el petiso de nuevo en problemas…”.
El Polilla
sin ser amigo de el Petiso, al ver que quien lo perseguía llevaba un rifle,
prisa y mala cara, la peor combinación, dijo a su interlocutor: creo que hay
que actuar.
¡Que pasó
Rulo! Dijo mas como saludo que preguntando, mientras se interponía en su camino,
ya casi a las puertas de la casa del que ya había sido sentenciado.
¡Apartate
mierda!
¡Bueno che,
que mierda no soy!
¡Correte te
digo! Y el grito ya no fue de advertencia porque sonó el inconfundible disparo
de un rifle 22.
Sorpesa.
Corrían los
segundos y todos los presentes suponían que el tiro habría sido lanzado al aire
o al suelo, pero no.
El Pupi se
acercó al Polilla al ver que estaba parado y quieto con una mano en un flanco.
¿No me
digas que te pegó un tiro? Le preguntó.
No, nada de
eso, solo me duele aca, pero estoy bien, dijo mientras tomado de la mano del
Pupi se sentaba sobre un bote dado vuelta.
¡El Rulo le
pegó un tiro al Polilla! Surgió el grito y el herido fue rodeado tanto por los
que habían presenciado la escena, como por los pescadores que seguían llegando.
Te llevo a
Castillos, aguantá un poco que voy a encender el auto, dijo alguien. Mejor lo
llevo yo que puedo ir mas rápido que vos, dijo otro.
No se
preocupen que estoy bien, el tiro ese no era para mi, era para el Petiso, se ve
que me pegó con el caño, porque siento un dolor acá.
No se
sentía mal en verdad, un poco cansado quizás. Estaba bueno descansar un poco
después de toda una noche de trabajo. En un rato estaría bien, volvería a pesar
sus camarones y compraría algo rico para su esposa e hijos.
Cuando el
tercero que se ofreció a llevarlo a Castillos vio desestimado su ofrecimiento
todos regresaron a sus actividades, lo que duró menos de un minuto, porque el
Polilla cayó muerto hacia atrás.
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