lunes, 1 de julio de 2013

Relato: Almacencito de montaña

Almacencito de montaña

Me invitan a formar parte de una expedición al Pico Duarte, la montaña mas alta del Caribe, en la República Dominicana.
Luego de las primeras tres horas de ascenso llegamos a orillas de un torrente que era límite del Parque Nacional Armando Bermúdez. Así como otros que ya habíamos visto andando por esas montañas, la claridad de su agua era tal, que se hubiera pensado provenía del deshielo de un glaciar. Esa claridad se hacía mas patente aun donde el agua alcanzaba una profundidad cercana a los tres metros, porque el fondo rocoso se veía nítidamente en las aguas celeste vidrio.
Como buenos habitantes del trópico, los dominicanos son dados a tener una merienda a media mañana y como del otro lado del arroyo- fuera del parque -había un almacencito, dejamos atadas las mulas y allá fuimos.
Mientras cruzábamos el torrente mediante un puentecito hecho de un solo tronco, de nuevo se hizo evidente la diferencia entre el parque, puro bosque espeso, y el exterior, totalmente deforestado. Pero pese a esa diferencia, también del otro lado seguía reinando la armonía. Las laderas, verde claro, al estar en gran medida cubiertas de pasto y no bosque, mostraban mas sus vertiginosas pendientes.
Se daba allí el típico paisaje montano del país: Delante nuestro y como colgadas de una ladera suave había tres casitas de madera, una rosada, otra lila y la otra amarilla, en medio de ellas un flamboyán, el árbol de flores rojas tan doméstico como los perros, pedía ser el centro de un cuadro. En la mayor paz, dos cerdos deambulaban por allí, dos mulas de carga y dos de silla estaban atadas a un palenque esperando para continuar viaje, el infaltable cultivo de tayota aportaba su verde vivo a la escena y algunas matas de café el verde oscuro, mientras unos niños chillaban correteando gallinas. Al aproximarnos el canto de un gallo pareció anunciar nuestra llegada.
La casita rosada era un colmado, nombre que reciben los almacenes en este país. Ya muchas veces había visto almacenes en los mas apartados lugares de Sudamérica y si bien este parecía producto de un desatino, estaba para atender a quienes subían o bajaban de la montaña.
Lo apartado de aquel comercio no había hecho necesarias mas de dos sillas hasta nuestra llegada y ambas ya estaban ocupadas por dos hombres que jugaban dominó.
Con el pequeño bullicio de nuestros saludos, tres mujeres asomaron del humeante enrejado de tablas que distingue a las cocinas rurales: una era anciana, otra de quizás treinta y una adolescente. La primera poseedora de esa ancianidad linda que provee la vida en el campo y las otras dos eran bellas mulatas.
Nos sentamos en unos rolos que había dentro, en un ambiente cargado del humo de la cocina de tierra y enseguida surgió el cruce de miradas de mutua curiosidad nacidas de encontrar gente distinta.
Al poco rato de acomodarnos la anciana apareció con la merienda: huevo frito con arroz y tayota hervida. El café fue molido por la treintañera en un gran mortero de madera y la adolescente echó a cada taza una raspadita de nuez moscada y la cantidad de azúcar que le gustaba a ella.
Mientras comíamos, una pareja de loros dio un vuelo en círculo y posó sobre un pino seco, dándonos una buena oportunidad de ver al ave mas buscada de la isla.
¿Cuanto debo? –dije cuando terminamos.
Deme lo que quiera señor- dijo con mirada sugestiva la de treinta. Miré a Julito…
Aquí es así- me dijo él- tu le pones el precio al servicio.
Le pagué, quizás mas de lo habitual, quizás también lo que se esperaba de un extranjero, pero me gustó que me hubiera mirado en forma sugestiva, porque es lindo sentirse atractivo de vez en cuando.


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