Almacencito de montaña
Me invitan a formar parte de una expedición al
Pico Duarte, la montaña mas alta del Caribe, en la República Dominicana.
Luego de las primeras tres horas de ascenso llegamos
a orillas de un torrente que era límite del Parque Nacional Armando Bermúdez.
Así como otros que ya habíamos visto andando por esas montañas, la claridad de
su agua era tal, que se hubiera pensado provenía del deshielo de un glaciar.
Esa claridad se hacía mas patente aun donde el agua alcanzaba una profundidad
cercana a los tres metros, porque el fondo rocoso se veía nítidamente en las
aguas celeste vidrio.
Como buenos habitantes del trópico, los
dominicanos son dados a tener una merienda a media mañana y como del otro lado
del arroyo- fuera del parque -había un almacencito, dejamos atadas las mulas y
allá fuimos.
Mientras cruzábamos el torrente mediante un
puentecito hecho de un solo tronco, de nuevo se hizo evidente la diferencia
entre el parque, puro bosque espeso, y el exterior, totalmente deforestado.
Pero pese a esa diferencia, también del otro lado seguía reinando la armonía. Las
laderas, verde claro, al estar en gran medida cubiertas de pasto y no bosque,
mostraban mas sus vertiginosas pendientes.
Se daba allí el típico paisaje montano del
país: Delante nuestro y como colgadas de una ladera suave había tres casitas de
madera, una rosada, otra lila y la otra amarilla, en medio de ellas un
flamboyán, el árbol de flores rojas tan doméstico como los perros, pedía ser el
centro de un cuadro. En la mayor paz, dos cerdos deambulaban por allí, dos
mulas de carga y dos de silla estaban atadas a un palenque esperando para
continuar viaje, el infaltable cultivo de tayota aportaba su verde vivo a la
escena y algunas matas de café el verde oscuro, mientras unos niños chillaban
correteando gallinas. Al aproximarnos el canto de un gallo pareció anunciar
nuestra llegada.
La casita rosada era un colmado, nombre que
reciben los almacenes en este país. Ya muchas veces había visto almacenes en
los mas apartados lugares de Sudamérica y si bien este parecía producto de un
desatino, estaba para atender a quienes subían o bajaban de la montaña.
Lo apartado de aquel comercio no había hecho
necesarias mas de dos sillas hasta nuestra llegada y ambas ya estaban ocupadas
por dos hombres que jugaban dominó.
Con el pequeño bullicio de nuestros saludos,
tres mujeres asomaron del humeante enrejado de tablas que distingue a las
cocinas rurales: una era anciana, otra de quizás treinta y una adolescente. La
primera poseedora de esa ancianidad linda que provee la vida en el campo y las
otras dos eran bellas mulatas.
Nos sentamos en unos rolos que había dentro, en
un ambiente cargado del humo de la cocina de tierra y enseguida surgió el cruce
de miradas de mutua curiosidad nacidas de encontrar gente distinta.
Al poco rato de acomodarnos la anciana apareció
con la merienda: huevo frito con arroz y tayota hervida. El café fue molido por
la treintañera en un gran mortero de madera y la adolescente echó a cada taza
una raspadita de nuez moscada y la cantidad de azúcar que le gustaba a ella.
Mientras comíamos, una pareja de loros dio un
vuelo en círculo y posó sobre un pino seco, dándonos una buena oportunidad de
ver al ave mas buscada de la isla.
¿Cuanto debo? –dije cuando terminamos.
Deme lo que quiera señor- dijo con mirada
sugestiva la de treinta. Miré a Julito…
Aquí es así- me dijo él- tu le pones el precio
al servicio.
Le pagué, quizás mas de lo habitual, quizás
también lo que se esperaba de un extranjero, pero me gustó que me hubiera
mirado en forma sugestiva, porque es lindo sentirse atractivo de vez en cuando.
No hay comentarios:
Publicar un comentario