Cambios
Hace ya
unos cuantos años el pequeño bote de un pescador atracó en la orilla y bajó un
hombre que a las claras no era un turista. Hacía calor y solamente vestía un
short de baño.
¿Puedo
entrar?
Por
supuesto, - le dije- pero le aconsejo
que se calce.
No es
necesario, yo nací acá y no tengo problemas con las espinas.
Me alegro
de conocerlo. ¿Eran unos cuantos hermanos no?
Doce.
Este lugar
está cambiado, dijo cuando comenzamos a caminar juntos. Señaló un sitio muy
cercano al arroyo y comentó: allí estaba el ombú mas grande de todos, pero se
secó unos años antes de que me fuera a vivir a Castillos. Era enorme y con mis
hermanos jugábamos a que era nuestra casa.
Caminábamos
despacio.
Bajo esta
coronilla encontramos enrollada la única crucera que vimos en treinta años.
Que
cambiado está esto… El monte está cerradazo. Cuando nosotros vivíamos, en
cambio, andábamos a caballo perfectamente por todos lados. A las coronillas les
íbamos sacando las ramas de abajo y esa era la leña que usábamos, mas alguna de
eucaliptus. Papá nunca dejó cortar una coronilla.
Se nota- Dije
yo- De entrada me di cuenta de eso porque si uno es atento los montes permiten
que uno lea su pasado.
Pero mire,
si hay hasta butiaceras creciendo…¿Quién iba a decir?
Una vez
terminado el sendero lo invité a seguir hasta la casa.
Veo que
plantó un limonero, muy bien. Y una butiacera, lindo tener una cerca.
¡Pero que
lagartazo! Dijo al ver que uno de poco mas de un metro entraba en el pozo donde
siempre he tirado la basura orgánica.
¡Cualquier
dia iba a haber un lagarto asi antes por acá! Los perros lo hubieran matado, o
lo hubiéramos comido nosotros…
Acá donde
está su casa estaba nuestro galpón; la casa estaba un poco mas ahí, cerca de
ese laurel y de ese ceibo que plantó un pariente nuestro de Aguas Dulces.
La tiene
linda la casa, me gustan sus adornos.
Lo invité
con té o café pero no quiso, pero si aceptó un vaso de agua. ¡Que rica que es!
Nosotros también juntábamos agua de lluvia, ¡Esto es agua! Le diría que el agua
fue lo primero que extrañé cuando me fui a vivir a Castillos, la de allá tiene
un gusto asqueroso hasta que uno se acostumbra.
Luego, ya
de vuelta en el arroyo, antes de volver a embarcar, me dio la mano y me dijo:
La verdad
que el lugar está tan distinto que si en vez de venir me hubieran mostrado
fotos no lo hubiera reconocido.
Está lindo.
En cierta forma Usté sigue cuidando nuestro campito. Lastima que pasaron tantos
años desde que papá se tuvo que ir hasta que vino Usté, porque la verdad es que
bien podría haber muerto aquí como el quería.
Cuando
vinieron a sacarlo se fue llorando.
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