Ata.
Tenía un
nombre mas largo, pero todos le decían Ata.
Lo crió el hambre,
era flaco y chiquito. Por eso me sorprendió una vez, cuando luego de años de
conocerlo supe su edad.
Nadaba muy
bien y rápido, atravesando el arroyo no importando lo avanzado del otoño.
Contribuyó mucho a criar a sus hermanos y como cualquier mojarrita servía,
cuando venía marea alta, era el primero en colocar su red (abandonada ya por
otro pescador) atravesada donde el Tapumen se une con el Valizas.
Tenía otra,
mas agujereada que aquella, que colocaba en el juncal de la boca de la laguna.
La cuestión, en este caso era pretender pescar, lo cual funcionó un par de
veces, pero cuando desconfié que se demoraba mucho en revisarla, noté que mas
bien lo que revisaba eran los nidos de las gallaretas. Una vez salí a su
encuentro en canoa. Lo atajé cuando ya había cruzado a la orilla de en frente,
en la naciente del arroyo donde dejaba su botecito y justo antes de emprender
el camino al Puente.
¿Pescaste
mucho?
Mas o
menos.
¿Me
muestras lo que sacaste?
Al abrir el
bolso había una lisa chica, y ocho huevos de gallareta.
No le dije
nada, simplemente lo miré a los ojos, pero eso fue suficiente; no volvió al
juncal.
Con los
años creció un poco mas y luego de una zafra de camarón lo dejé de ver.
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