Hacia las dunas
El Sargento
sabía que aquel muchacho no era buen jinete y casi a regañadientes fue a buscar
un caballo apropiado para el citadino.
Eligió el
zaino, porque era el que él mismo prefería, por ser andador, pero no airoso y
manso, aunque quizás no todo lo necesario que pensaba podría requerir la
situación. Entre los dos se metieron por
el bosque que primero era de pinos y después de eucaliptus y tras encontrar los
caballos comenzaron el arreo. Uno de los hombres se movía callado, el otro, con
silbidos y unas pocas palabras dichas en voz baja guió a toda la tropilla que
tenía el MGAP, no se sabe muy bien para que, en aquel predio cercano al Cabo
Polonio.
Luego de
encerrados en el piquete de palos, el Sargento separó fácilmente al zaino.
Mientras lo
ensillaba, porque daba por descartado que tendría que hacerlo, le tiró un poco
de la lengua al joven y así se enteró de que en vez de ir a la laguna, que era
lo esperable, iría a las dunas.
Al subir al
caballo, el joven vio con sorpresa que aquel veterano parecía sentir pena por
él.
“Usted suba
que yo le alcanzo el hacha” le dijo. Y una vez hecho eso agregó “Que le vaya
bien”.
“Hasta
luego” dijo el joven y se metió por el trillo bordeado de altos árboles que atravesaba
el bosque de la Reserva Forestal del Cabo Polonio.
Al rato,
los árboles fueron perdiendo altura y tras unas matas redondeadas de acacias
aparecieron los médanos libres ya de árboles.
Al caballo
pareció gustarle andar por la arena húmeda de la playa.
Cada tanto
levantaba vuelo una pareja de ostreros, los que al principio volaban siempre
hacia adelante, pero que cansados luego de ser espantados tomaron distancia del
jinete, adentrándose apenas en el mar y regresando hacia atrás.
Un par de
manchas oscuras a la distancia se revelaron después como sendos lobos marinos
muertos y al pasar frente al Cabo Polonio, el caballo miró hacia la derecha,
como preguntando si no deberían ir para allí.
Un buen
rato después ya estaba en la base del Cerro Buena Vista donde había dos pinos,
uno de ellos ya bastante grueso y tres grupos de acacias.
Nadie se
había encargado de cortarlos, ya fuera porque eran pocos o porque a nadie le
importaba. Quizás tampoco nadie sabía que si se los dejaba, las dunas en pocos
años quedarían cubiertas de árboles, habiéndose perdido uno de los paisajes mas
hermosos del Uruguay.
Estaba muy
contento, finalmente podría hacer efectiva una tarea de conservación de la
naturaleza. En aquel entonces, muy pocos podrían haber entendido que matar algunos
árboles que están fuera de lugar, que están comenzando a invadir un ecosistema
del que no son parte, era algo que debía hacerse.
Estuve
cuatro horas dando hachazos, pero cuando temblando de cansancio volví a subir
al caballo ya me sentía guardaparque.
Eso me pasó
a fines de agosto de 1986 y no sabía que aun faltaban cinco años para irme a
vivir al Monte de Ombúes.
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