martes, 25 de junio de 2013

Relato:Hacia las dunas

Hacia las dunas

El Sargento sabía que aquel muchacho no era buen jinete y casi a regañadientes fue a buscar un caballo apropiado para el citadino.
Eligió el zaino, porque era el que él mismo prefería, por ser andador, pero no airoso y manso, aunque quizás no todo lo necesario que pensaba podría requerir la situación.  Entre los dos se metieron por el bosque que primero era de pinos y después de eucaliptus y tras encontrar los caballos comenzaron el arreo. Uno de los hombres se movía callado, el otro, con silbidos y unas pocas palabras dichas en voz baja guió a toda la tropilla que tenía el MGAP, no se sabe muy bien para que, en aquel predio cercano al Cabo Polonio.
Luego de encerrados en el piquete de palos, el Sargento separó fácilmente al zaino.
Mientras lo ensillaba, porque daba por descartado que tendría que hacerlo, le tiró un poco de la lengua al joven y así se enteró de que en vez de ir a la laguna, que era lo esperable, iría a las dunas.
Al subir al caballo, el joven vio con sorpresa que aquel veterano parecía sentir pena por él.
“Usted suba que yo le alcanzo el hacha” le dijo. Y una vez hecho eso agregó “Que le vaya bien”.
“Hasta luego” dijo el joven y se metió por el trillo bordeado de altos árboles que atravesaba el bosque de la Reserva Forestal del Cabo Polonio.
Al rato, los árboles fueron perdiendo altura y tras unas matas redondeadas de acacias aparecieron los médanos libres ya de árboles.
Al caballo pareció gustarle andar por la arena húmeda de la playa.
Cada tanto levantaba vuelo una pareja de ostreros, los que al principio volaban siempre hacia adelante, pero que cansados luego de ser espantados tomaron distancia del jinete, adentrándose apenas en el mar y regresando hacia atrás.
Un par de manchas oscuras a la distancia se revelaron después como sendos lobos marinos muertos y al pasar frente al Cabo Polonio, el caballo miró hacia la derecha, como preguntando si no deberían ir para allí.
Un buen rato después ya estaba en la base del Cerro Buena Vista donde había dos pinos, uno de ellos ya bastante grueso y tres grupos de acacias.
Nadie se había encargado de cortarlos, ya fuera porque eran pocos o porque a nadie le importaba. Quizás tampoco nadie sabía que si se los dejaba, las dunas en pocos años quedarían cubiertas de árboles, habiéndose perdido uno de los paisajes mas hermosos del Uruguay.
Estaba muy contento, finalmente podría hacer efectiva una tarea de conservación de la naturaleza. En aquel entonces, muy pocos podrían haber entendido que matar algunos árboles que están fuera de lugar, que están comenzando a invadir un ecosistema del que no son parte, era algo que debía hacerse.
Estuve cuatro horas dando hachazos, pero cuando temblando de cansancio volví a subir al caballo ya me sentía guardaparque.
Eso me pasó a fines de agosto de 1986 y no sabía que aun faltaban cinco años para irme a vivir al Monte de Ombúes.


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