Talán
Ya te dije
que no usaras tanta leña Macaco.
¿Qué te
pasa viejo? Si se termina voy a buscar mas, el monte no queda tan lejos después
de todo.
¡Y también
ya te dije que no es por eso, atolondrao!
Siempre tan
cagón usté.
Cagón no
che, prevenido. Sabés bien que si nos descubren estamos jodidos.
¿Realmente
te parece que alguien pueda ver nuestro fuego?
¡Claro que
si, bobeta! En noches de calma como esta, el fuego, o el resplandor nomás
pueden verse desde muy lejos.
El Macaco y
el Talán vivaqueaban desde hacía dieciocho días en el Bañado del Chafalote, uno
de los mas extensos del país. Sus varios miles de hectáreas resistían las
canalizaciones, que pese a ser ilegales, no fueron sancionadas por el gobierno
de ningún color.
Al otro
día, contando ya con el mínimo de luz que les permitiría trabajar, los dos
hombres dejaron el terraplén del canal y subieron al estrecho botecito que
parecía menearse demasiado pese a sus leves movimientos. Enseguida penetraron
en el verdor de las espadañas, quedando inmersos en un paisaje sin horizonte. Aquel
bañado, lugar complicado, pero a la vez gran amigo de los desterrados, eran
miles de hectáreas donde con sigilo se podía conseguir el sustento.
Con un poco
de suerte mañana es el último día Macaco, dijo como al pasar el Talán.
¡Dios
quiera que si! Ya estoy harto de andar con las patas en el agua viejo. Y
también me duele un poco la espalda de dormir mal. Pero a ti no te he oido ni
una queja…Después de todo ¿Cuántos años tienes Talán?
Setenta y
cinco- contestó el viejo como al pasar.
¡Epa que
eres viejo che!¿Y cuando te piensas jubilar? ¡ja, ja!
Jubilao de
trabajar ya estoy che. Pasa que no da la plata.
Te pregunto
hasta cuando vas a estar nutriando o pescando camarón…
¿Y yo que
se?
Callate.
¿Qué pasa?
Cantó un
chajá.
La
reiteración de un sonido es lo que da la certeza de haber sido oído, por eso,
al volver a cantar el ave, el Macaco se paró lentamente sobre una de las
tablitas que hacían de asientos y con equilibrio logró asomar la cabeza por
entre las totoras. No vio nada, pero como el chajá continuó anunciando la
presencia de un hombre, ambos se quedaron en silencio. Tenían paciencia, la paciencia
verdadera que solo tienen quienes realmente la necesitan y mantuvieron el
silencio mientras los gritos del chajá se hicieron mas frecuentes. Sabían que
en pocos minutos se develaría el motivo de la alarma del ave y de la cautela de
ellos y asi fue.
Cuando el
chajá levantó vuelo, supieron que el hombre andaba ya muy cerca y hasta
tuvieron alguna pista de desde donde venía, porque los chajás se espantan hacia
el lado opuesto del que ven a la gente.
Ambos se
miraron, porque con su vuelo, el ave que tantas veces los delatara a ellos,
ahora delataba a su enemigo. Si, fuera quien fuera el que estaba aproximándose
sería su enemigo, porque en el bañado no hay colegas, solo hay competidores y
delatores.
Hicieron
silencio, como solo los furtivos saben hacerlo y escucharon el sonido de una
pértiga golpeando el agua, y el frotar se los juncos contra los costados de una
canoa.
Lo oyeron
acercarse y luego alejarse. Cuando se aseguraron de que el nutriero se había
ido reanudaron su trabajo pero se prometieron largarse de allí cuanto antes.
Al terminar
de revisar todas las trampas, cuerearon las catorce nutrias de esa mañana y las
metieron en los moldes de alambre para mantener estirada la piel. Luego
juntaron todas sus pertenencias, las que mantenían ocultas entre los sarandíes,
cada uno subió a su bote y partieron.
Al fin
dejarían el rústico imperio húmedo de los juncos y espadañas, territorio amigo
de quien tiene que desaparecer porque allí la Policía no entra, pero infernal
por las noches debido a la humedad y los mosquitos omnipresentes.
Unas
cuantas horas mas de remo y volverían a ver gente, volverían a sus mujeres, a
probar alguna nueva quizás.
Una vez
dejado el bañado entraron a la Laguna de Castillos por la Bolsa, donde debido a
su relativa estrechez los juncos paraban el viento, pero al doblar la Punta
Diamante los tomó un viento fuerte de costado que les complicó la retirada. El
que sopla de través es el mas cansador, porque el bote tiende a ponerse
perpendicular al viento y para corregir ese defecto, hay que remar haciendo
mucha fuerza del lado contrario y muy poca del otro.
No era
fácil irse. Como remate final a tantos días de vida rústica, tuvieron que
pelear su retirada ola tras ola. ¿Cuantas olas intentaban torcer el rumbo de
sus botes? ¿Mil? Por eso, al llegar a la boca de la laguna, donde nace el
arroyo largaron los remos y pudieron descansar las manos. Al amparo de los
juncos los botes casi no derivaban hacia el Este y la leve corriente del
incipiente arroyo los llevaba suavemente.
Vamo a
fumar un pucho antes de seguir- ordenó mas que propuso el Talán. Asi estamos
descansados antes de pasar frente a lo del barbudito, que hoy no tengo ganas de
que me saquen los cueros che.
Ta bien.
¿Pero no le estaremos errando al pasar por aca a pleno día viejo?
Puede ser
Macaco, pero ya no quiero esperar mas, estoy harto de tanta agua y mosquito,
esta noche me quiero acostar tempranito en mi catre.
Terminados
los puchos, los dos hombres vuelven a remar. Como van de espaldas hacia
adelante, no se han percatado de que alguien los está esperando parado en un
muellecito.
Los
sorprende una voz. Buenas tardes
caballeros ¿Vienen de pescar?
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