Dos cruces
En
Castillos tomaron el “rutas” de la tarde y se bajaron en el Puente.
Guille de
21 años, cargó las tres varas de eucaliptus para armar la carpa, la olla, el
arroz y las dos frazadas y dejó para que cargara Nico, su hermano de 12, lo mas
liviano de la impedimenta, o sea básicamente el nylon, un aparejo, la radio y
poco mas.
Caminaron algo mas de un kilómetro a campo traviesa
hasta llegar a su trampa de camarón, depositaron todo en el pasto y enseguida
se pusieron a trabajar.
Oscar se
alegró cuando tan avanzado el otoño vio aparecer un grupito de turistas que le
pidieron que los llevara a ver el Monte de Ombúes.
No tendría
problema en preparar sus trampas un poco mas tarde y por eso no desechó la
oportunidad de ganar unos pesos de la manera mas fácil que le había dado la
vida, como a veces decía. Es que al decir verdad, Oscar se sentía anfitrión en
el Monte, y sin dejar de caminar y de elogiar a aquella maravilla, se las
arreglaba para terminar el paseo rapidito sin que a nadie le pareciera corto.
Cuando
partió con los turistas arroyo arriba pasó por delante de cinco camaroneros que
distanciados, acomodaban sus trampas en el arroyo. Cerca de la zona mas
profunda, buen pesquero, Oscar saludó a Guille y Nico que estaban inclinados
sobre la borda del bote cosiendo una parte de la red.
Mas o menos
una hora después, al volver a pasar arroyo abajo solo estaba el bote.
“Pensé que
habrían ido a buscar leña al monte de los Olivera o algo asi”, dijo Oscar al
otro día cuando se notó la falta de los chicos.
Cuando ya
entrada la tarde siguiente se los dio por desaparecidos, la policía mandó a dos
milicos a que con ganchos de alambre buscaran sus cuerpos contra la barranca,
en las proximidades de donde habían quedado sus pertenencias.
Me extrañó
que con el paso de las horas se mantuviera la orden de seguir buscando los
cuerpos en ese lugar, porque el Valizas corría fuertemente, pero tanto el
comisario como Oscar me dijeron “ Los cadáveres se hinchan y quedan donde se
ahogó la gente, no importa la fuerza de la corriente”.
Por ampliar
la zona de búsqueda, estuve como tres horas arrastrando un gancho con la lancha
por el arroyo. Asi no los va a encontrar me dijo Oscar, y agregó- yo seguiré
intentando hasta mañana al mediodía.
Y fue él el
que enganchó al primero de los chicos. Los muertos me tocan a mi –comentaría
luego- no es el primero que saco del agua, ¿Se acuerda de los cadáveres que
aparecían en Rocha cuando la dictadura? ¡Que Coreanos ni nada! Al primero lo
encontré yo cerca de la Coronilla y ahora encuentro a este pobre gurí…
Unos
familiares de los chicos pusieron dos cruces de madera en el sitio exacto donde
iban a armar su carpa y durante unos años alguien ponía alguna flor de plástico
que a veces se llevaba una creciente invernal.
Una vez se
desprendió un trozo de la barranca llevándose a una de las cruces. La otra
pronto la acompañará y al suceder eso, los turistas dejarán de preguntar que
pasó allí y el Valizas se habrá tragado otro secreto.
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