Golfo
de los Mosquitos
Esa mañana casi no había nadie
en aquella larga playa panameña bordeada de selva siempreverde.
Apenas dos o tres pescadores
esperaban el pique a bordo de sus pequeñas canoas, que a veces quedaban ocultas
con el subir y bajar de las ondas.
Cerca de la punta rocosa que
ponía fin a la playa, unos treinta niños formaban un círculo sentados en la
arena.
Esos niños vivían en las
montañas, y si bien unos cuantos habían visto el mar desde lejos, varios nunca
habían llegado hasta la costa, o la habían visto siquiera. Y esto, a pesar de
que el Mar Caribe estaba a solo diecinueve kilómetros de su escuela. Sentados
entre ellos estaban Fermín y Vanesa.
¿Es todo igual el mar que
tenemos adelante? – preguntó el maestro- ¿Alguno ve una parte diferente?
¡La parte mas cercana es verde
y mas allá es azul! – gritó una niña delgada y de tez oscura, como la mayoría,
pero de pelo cobrizo.
¡Allá lejos hay olas grandes,
pero en otros lados no hay holas! – gritó un niño de clara ascendencia indígena.
Eso es. – aprobó el maestro-
¿y alguno tiene idea de por que allí lejos hay olas?
Los niños gritaron todos a la
vez, apurados por adivinar:
¡Porque hay mas viento!
¡Porque es mas hondo!
¡Porque es verde!
¡Porque es menos hondo!
Es por una mezcla de dos de
esas cosas que dijeron recién – dijo el maestro-.
El mar que tenemos delante es
muy profundo. Las olas vienen viajando desde lejos, muy lejos y de pronto
¡zas!, se encuentran con una pared que forma un fondo bajo y las olas crecen de
inmediato.
Ahora les pregunto: ¿Qué cosa
podrá haber producido ese fondo bajo?
Siguió un corto silencio. Esa
pregunta ya era mas difícil…
Entonces el maestro intervino:
¡Los corales! Miren,
cualquiera de nosotros puede ser empujado con facilidad si está parado solo
¿No? A ver, empújense un poco…
Los empujones y las risas no
se hicieron esperar, después de todo también había que divertirse.
Ahh… ¿Vieron? Pero si todos
nos quedamos parados juntos, no va a ser tan fácil que nos muevan.
¿Quién quiere probar a
movernos?
Tras las risas y varios
intentos de distintos niños de mover aquella masa humana, el maestro dijo:
Bueno, eso mismo hacen los
corales.
Presten atención: muchos,
muchísimos corales se juntaron hace muchísimo tiempo para vivir y crecer en
esta punta. Durante miles de años fueron creciendo y formando sus duros cuerpos
parecidos a rocas de muy diversas formas.
Si hará tiempo que están allí,
que crecen un milímetro por año y ya hay cuatrocientas hectáreas cubiertas por
ellos. ¿Se acuerdan de lo que es una hectárea no?
¡Siiiii! Gritaron todos.
Esa formación de la que hablo
se llama arrecife de coral y está viva, porque los corales son animales.
¡Llegó la hora de verlos!
El maestro dio las últimas
instrucciones:
Dejen todo acá, menos el agua
para beber y el sombrero. Vamos a caminar un poco mas hacia la punta porque
desde allí es mas fácil entrar al arrecife. Si alguno de ustedes quiere ayudar,
puede llevar alguna careta y patas de rana.
El lugar era sencillamente
hermoso, y ya desde el primer vistazo tenía el aspecto que la mayoría de las
personas dan al paraíso terrenal.
El sol parecía estar aun
saliendo del mar transparente y calmo. Una larga playa de arena blanca,
cocoteros, vegetación exuberante y atrás montañas verde oscuro cubiertas de
selva, con parches verde claro de plantaciones de banana.
A medida que avanzaban entre
los cocoteros y el límite de la selva, la playa se iba haciendo mas estrecha.
Cada tanto, tenían que pasar sobre una palmera que se había volcado hacia el
mar, manteniéndose viva.
Aquí y allá, algún basilisco
saltaba entre los troncos y, para perplejidad de Vanesa y Fermín, ¡uno de ellos
cruzó un arroyuelo corriendo sobre el agua!
Una familia de monos
capuchinos, negros y blancos, se les cruzó saltando entre los árboles y las
palmeras. Una hembra tenía abrazado a su bebé, un mono chiquito bajó un poco
para observar a los niños, mientras el macho vigilaba sus movimientos. Eso
fascinó tanto a los niños que el maestro no los apuró. Los dejó disfrutar del
momento, ya que a pesar de que todos vivían cerca de la selva, la mayoría de
ellos solo había visto monos en cautiverio.
Una niña gritó con asco al ser
tocada en la mano por algo húmedo, pero enseguida se calmó, mostrando a todos
una ranita transparente, de tres centímetros de largo. ¡Parecía de vidrio! , se
veían perfectamente sus huesos y vísceras. La miraron del lado de abajo y se
sorprendieron mas al ver que hasta se veía su corazón latiendo.
De pronto el senderito se
terminó, desembocando entre rocas semicubiertas por enredaderas de flores
violetas.
Una lancha los esperaba con
dos buzos a bordo. Ellos serían los encargados de la seguridad de los niños, y
de mostrarles la vida del arrecife.
El maestro los reunió y les
presentó a los buzos, quienes en realidad no tenían mas equipo que patas de
rata, careta y snorkel y dijo:
En la lancha no hay lugar para
ir todos a la vez, ni sería posible cuidarlos. Iremos en grupos de a ocho hasta
el sitio de observación.
Las patas de rana se ponen así
– dijo uno de los buzos mientras hacía la demostración- y la careta asi. El otro buzo les enseñó el
uso del snorkel y luego dijo:
Si no se animan a usarlo no
hay problema, toman aire y sumergen la cabeza de nuevo. Todos van a ir con
salvavidas y siempre van a estar acompañados por uno de nosotros. Aunque el
sitio no es para nada profundo y se podría hacer pie perfectamente, no intenten
pararse, porque al pisar podrían romper los corales, pues si bien son duros,
son muy frágiles.
Vanesa y Fermín quedaron
admirados de cómo aquellos niños, que en su mayoría nunca habían visto el mar,
aceptaban todas las indicaciones y practicaban el uso del snorkel antes de
subir al bote.
¡Vamos! 1Sale el primer grupo!
-Gritó el maestro.
Ocho niños subieron de prisa a
la lancha, que arrancó enseguida, deteniéndose a unos cuatrocientos metros de
la orilla.
Por cortesía, los niños
extranjeros fueron invitados a formar parte del primer grupo y junto con un
chico panameño fueron los primeros en lanzarse al mar.
Primero las patas de rana,
luego la máscara ¡Y al agua!
¡Que tibiecita!
Nuestros amigos iban a vivir
muchas emociones fuertes durante el desarrollo de su viaje por Latinoamérica.
Pero ( y en esto estuvieron de acuerdo cuando lo comentaron muchos años
después) el introducirse en esa agua tibia y verde, y ver por primera vez ese
mundo nuevo, constituyó una de las mas hermosas impresiones de sus vidas.
Iban nadando despacio sobre la
superficie, manteniendo la cabeza el mayor rato posible bajo el agua.
En los primeros instantes solo
vieron el fondo irregular de color grisáceo con algunas algas esparcidas, pero
enseguida apareció un enorme coral pardo amarillento que semejaba los cuernos
de un alce, rodeado de peces.
¡Y que peces!
Los mas abundantes eran de
unos diez centímetros de largo, amarillos, con la cabeza azul y un collar
blanco y negro. Un pez loro, verde, con rayas azules y rojas flotaba encima del
coral mordiéndolo. Bajo uno de “los cuernos” del coral, un pez bastante grande
y rojo parecía evitar la luz del sol. Entre los pequeños intersticios de la
parte baja del coral nadaban varios peces redondeados y negros, llenos de
puntos de un celeste brillante.
¡Que maravilla! ¡Cuánto color!
Tomaron aire – porque les
costaba permanecer usando el snorkel- y al volver a meter la cabeza bajo el
agua vieron que una mano del buzo les señalaba un abanico de mar, una especie
de coral blando, de color lila que se mecía suavemente.
Delante de ellos cruzó un gran
pez azul de largas aletas puntiagudas. Tomaron aire de nuevo y pasaron sobre un
coral “cerebro de mar” del tamaño de una mesa. Esponjas de color verde,
amarillo y rojo cubrían pequeñas superficies sobre las rocas.
Al detenerse un momento, se
les acercaron con curiosidad pequeños peces, unos amarillos con el dorso
violeta, otros alargados y de un verde limón, y otros mas chicos totalmente
amarillos.
Tras respirar un momento y al
volver a hundir la cabeza, vieron peces mariposa, a rayas amarillas y negras.
Es hora de volver- dijo el
buzo.
!Que suerte tuvimos! –dijo
Vanesa- Vimos de todo.
No es cuestión de suerte- sonrió el buzo- siempre
es así donde el coral
está vivo.
¿Cómo es eso, no está siempre
vivo? –Preguntó Fermín.
Ya verán. Es parte del paseo
de hoy.
Nuestros amigos subieron a la
lancha y los buzos y el maestro siguieron guiando al resto de los niños en su
buceo de bautismo.
De regreso a la embarcación,
las caras de los niños parecían transformadas por la fascinación de ver tanto
color y vida bajo el agua.
El colorido del arrecife, sin
duda, se parecía mas al mundo de sus dibujos que al real que habían visto hasta
entonces.
¡Vi una langosta enorme!
–gritaba uno.
¡Y yo un pez ángel! Gritaba
otro.
¡Y nosotros peces mariposa y
una morena! – gritaron otros, comentando al resto del grupo lo que mas les
había gustado.
Una vez que todos los niños
visitaron esa parte del arrecife, la lancha comenzó a llevarlos, también en
grupos de ocho, a otra parte distante unos mil metros.
¡De nuevo al agua!
Esta vez, Vanesa y Fermín que
quedaron esperando su turno. Cuando vieron volver a los tres primeros niños
algo les resultó raro. Ya no tenían el entusiasmo de la primera buceada.
¿Qué vieron? – preguntaron
todos.
Nada.
¿Nada? Van a ver como nosotros
les ganamos. – dijeron los siguientes en tirarse al agua.
Pero, increíblemente, a su
regreso también carecían de entusiasmo, e incluso se podría decir que estaban tristes.
¿Y ustedes que vieron? – fue
la pregunta general.
Nada, tampoco vimos nada…
Cuando llegó el turno de
Vanesa y Fermín, no lo podían creer.
Todo era de un gris pardusco.
Hasta el agua, que fuera tan clara, estaba ahora bastante turbia y había poca visibilidad.
Apenas algún pecesito
contorneaba los corales muertos, ya sin el color que habían tenido en vida.
Sin convencerse, nadaron un
rato mas por los alrededores de la lancha, pero no encontraron ni corales vivos
ni mas peces.
¿Qué pasó? – Preguntó Vanesa
al maestro cuando se quitó la máscara.
Ah, ¿Vieron como queda el
arrecife?- le contestó. ¿Está igual al que vimos primero?
Nooo… contestaron todos los
niños a la vez.
Sucede, - explicaron los
buzos- que esta parte del arrecife era igual a la otra hasta hace unos años,
pero aquí cerca desemboca un riachuelo. Este riachuelo viene de las montañas
donde se plantan bananas.
Han cortado mucha selva para
plantarlas y cada vez que llueve el riachuelo transporta mas tierra. Antes, esa
tierra no llegaba hasta el mar, porque las raíces de los árboles de la selva la
retenían, pero un bananal deja el suelo pelado, por eso hay tanta erosión.
La tierra que queda suspendida
en el agua de mar va tapando los poros de los corales y éstos se mueren. Y con
la muerte de los corales viene la de los peces, las esponjas, los caracoles,
las estrellas de mar y toda esa cantidad de seres que ellos protegían.
Ahí intervino el maestro:
Así, del mismo modo que al
cortar la selva se mata a los monos y a los demás animales, al dañarse los
corales muere todo ese mundo de color que vieron hace un rato.
Además- siguió uno de los
buzos- el riachuelo no solamente acarrea la tierra erosionada, también
transporta los agroquímicos que se usan para evitar las pestes de las bananas y
matar las malezas.
Eso también va matando al
arrecife.
¿Qué cantidad de Coral está
afectado? – preguntó Vanesa.
Bastante mas de la mitad- dijo
el otro buzo.
¿Tanto? Se sorprendieron los
niños.
¿Y si se lo protegiera, el
arrecife de coral podría volver a crecer?- Preguntó Fermín.
Sin duda que si- dijo uno de
los buzos- pero demoraría mucho en volver a ser como antes.
El maestro tomó la palabra:
Niños, los trajimos
expresamente para que vieran por sus propios ojos lo hermoso que es el arrecife
coralino. Es probable además, que sea el ecosistema mas viejo del planeta y así
como la selva es el ecosistema terrestre mas rico en especies de animales y
plantas, el arrecife es el mas rico en el mar. ¡Que país tenemos! ¿eh?
¡Siiiii!- gritaron todos los
chicos.
Y el maestro siguió:
El mar no es todo igual. Los
arrecifes como este existen solamente en unos cuantos sitios del mundo. El mar
es enorme, pero los sitios donde hay corales no son muy grandes. Además, los
corales por lo común están en lugares donde hay gente cerca, que los va
dañando. Esa gente muchas veces vive de pescar en el arrecife, o de llevar
turistas en lancha para que igual que ustedes disfrutes de verlos. Pero si el
arrecife se contamina se muere pronto. Y después ¿Que va a hacer esa gente?
Como Rodrigo y José, los
amables buzos que nos acompañaron hoy, que además son pescadores y guías de
turistas.
Niños, cuando lleguen a sus
casas hablen sobre esto con sus padres y con sus conocidos. Cuanto mas gente
sepa lo que está pasando al arrecife, va a ser mas fácil conservarlo y que se
mantenga esta belleza que nos da de comer.
Por la noche, una vez en el
alojamiento de la playa, Vanesa se aproximó a Fermín y le dijo:
Me encantó ver a los corales y
a los peces de colores. Creo que si viviera por aquí cerca bucearía un poco
todos los días. Se deben ver cosas distintas cada vez que uno se mete en el
agua.
Yo también creo eso- dijo
Fermín- ya había visto una película
sobre el arrecife, pero no pensé que tal abundancia de peces pudiera ser real.
¿Y que te parece si mañana temprano
vamos a la punta y buceamos un rato antes de que nos vengan a buscar. Vi una
canoa de las que usan los pescadores atada a un cocotero y la podríamos usar.
¿Te animarías?
Animarme, me animo – dijo
Fermín- ¿pero si antes nos vienen a buscar los cuates?
¡Solo quince minutos!-
prometió Vanesa.
El sol aun estaba bajo cuando
Vanesa y Fermín ya remaban apaciblemente en la calma absoluta del mar.
Sólo había olas allá lejos,
donde terminaba el arrecife, por el encontronazo del mar profundo con la
barrera de coral.
Era notorio que el fondo
estaba allí nomás, porque desde arriba de la canoa el contorno de los corales
se distinguía a la perfección en el agua totalmente transparente.
Bajemos por aquí. – Propuso
Fermín- y ambos se zambulleron a la vez.
En ese momento se dieron
cuenta de que la canoa no tenía ancla. Ya habían oído a los buzos decir que si
se tira el ancla en un arrecife, irremediablemente se rompen los corales. Sin
duda, el dueño de la canoa lo sabía y por eso la había quitado. Debían
permanecer al lado de la canoa.
El lugar no parecía muy
interesante, así que decidieron volver a subir y volver a remar un poco mas
hacia afuera. Sin embargo, descubrieron que no era nada fácil volver a subir a
la angosta canoa, que amenazaba darse vuelta a cada intento. Luego de mucho
fallar, lograron hacerlo subiendo a la vez y coordinadamente, cada uno por un
lado.
La tranquilidad de la mañana
hizo que le restaran importancia al hecho de los cocoteros cada vez se veían
mas chicos al mirar hacia atrás.
Era tan lindo ver las montañas
desde allí…
En determinado momento Fermín
rompió el silencio:
Vanesa, no creo que sea bueno
alejarnos mas, vamos a tirarnos aquí y después regresamos.
Y plaf, plaf, los dos al agua.
Esta vez había mayor
profundidad, imposible hacer pie. El lugar era visiblemente mejor que el
anterior, porque de entrada vieron corales de distintas formas y tamaños y
muchos peces. Entre ellos la Isabelita, grande y celeste con puntos amarillos,
un pez ballesta verde de cara rayada multicolor, peces damisela negros, de
aspecto aterciopelado, un pez loro turquesa de aletas amarillas y otros rojos
llamados catalanas.
Fermín estaba mirando una gran
anémona de mar cuando Vanesa le hizo
señas de seguir a un pequeño mero manchado de cuarenta centímetros. El pez
intentaba evadirlos, pero ellos lo seguían, aunque les costaba un poco volverlo
a encontrar después de subir a tomar aire.
Mientras nadaban, el piso de
los corales se alejó repentinamente bajo ellos, perdiéndose de vista y quedaron
flotando sobre aguas azul oscuro, de profundidad desconocida.
Muchos peces nadaban por allí,
mas que todos los que habían visto hasta entonces, y se asustaron al recordar
que la costa estaba lejos y que bajo el agua podría haber tiburones
observándolos. Tenían que volver a la canoa.
La buscaron, pero no estaba
donde la habían dejado, es decir, a su lado. Con gran nerviosismo alcanzaron a
ver que se iba alejando lentamente.
Había comenzado a soplar un
poco de viento y se la estaba llevando.
Comenzaron a nadar rápido,
pero la canoa parecía mantener distancia.
Nadaron y nadaron con la
velocidad que propician los sustos y tragando un poco de agua. Cuando por fin
la alcanzaron, casi la dan vuelta, olvidados por la ansiedad de que debían
abordarla los dos a la vez, uno por cada lado.
El alivio de ya estar allí se
disipó en parte cuando vieron que la canoa se había llenado de agua hasta la
mitad en el primer intento de abordaje.
Una gran nube negra se había
ido acercando sin que lo notaran y el viento ya estaba soplando mas fuerte…
Fermín empezó a remar,
mientras Vanesa achicaba el agua con un recipiente, que por suerte, no habían
sacado de la canoa al partir.
Pese al esfuerzo de ambos, la
canoa, pesada por el agua que cargaba, avanzaba muy lentamente.
Alarmados, vieron caer las
primeras gotas aisladas y enseguida se puso a llover en forma torrencial. En
pocos segundos se volvió a juntar agua en la canoa. Pese a que Vanesa sacaba
agua lo mas rápido que podía, la lluvia la reponía al instante y seguían casi
sin avanzar.
¡Cambiemos! – gritó Fermín en
medio del ruido de la lluvia y el viento.
No hay comentarios:
Publicar un comentario