lunes, 18 de mayo de 2015

La Misión de Vanesa...5



Golfo de los Mosquitos

Esa mañana casi no había nadie en aquella larga playa panameña bordeada de selva siempreverde.
Apenas dos o tres pescadores esperaban el pique a bordo de sus pequeñas canoas, que a veces quedaban ocultas con el subir y bajar de las ondas.
Cerca de la punta rocosa que ponía fin a la playa, unos treinta niños formaban un círculo sentados en la arena.
Esos niños vivían en las montañas, y si bien unos cuantos habían visto el mar desde lejos, varios nunca habían llegado hasta la costa, o la habían visto siquiera. Y esto, a pesar de que el Mar Caribe estaba a solo diecinueve kilómetros de su escuela. Sentados entre ellos estaban Fermín y Vanesa.
¿Es todo igual el mar que tenemos adelante? – preguntó el maestro- ¿Alguno ve una parte diferente?
¡La parte mas cercana es verde y mas allá es azul! – gritó una niña delgada y de tez oscura, como la mayoría, pero de pelo cobrizo.
¡Allá lejos hay olas grandes, pero en otros lados no hay holas! – gritó un niño de clara ascendencia indígena.
Eso es. – aprobó el maestro- ¿y alguno tiene idea de por que allí lejos hay olas?
Los niños gritaron todos a la vez, apurados por adivinar:
¡Porque hay mas viento!
¡Porque es mas hondo!
¡Porque es verde!
¡Porque es menos hondo!
Es por una mezcla de dos de esas cosas que dijeron recién – dijo el maestro-.

El mar que tenemos delante es muy profundo. Las olas vienen viajando desde lejos, muy lejos y de pronto ¡zas!, se encuentran con una pared que forma un fondo bajo y las olas crecen de inmediato.
Ahora les pregunto: ¿Qué cosa podrá haber producido ese fondo bajo?

Siguió un corto silencio. Esa pregunta ya era mas difícil…
Entonces el maestro intervino:
¡Los corales! Miren, cualquiera de nosotros puede ser empujado con facilidad si está parado solo ¿No? A ver, empújense un poco…
Los empujones y las risas no se hicieron esperar, después de todo también había que divertirse.
Ahh… ¿Vieron? Pero si todos nos quedamos parados juntos, no va a ser tan fácil que nos muevan.
¿Quién quiere probar a movernos?
Tras las risas y varios intentos de distintos niños de mover aquella masa humana, el maestro dijo:
Bueno, eso mismo hacen los corales.
Presten atención: muchos, muchísimos corales se juntaron hace muchísimo tiempo para vivir y crecer en esta punta. Durante miles de años fueron creciendo y formando sus duros cuerpos parecidos a rocas de muy diversas formas.
Si hará tiempo que están allí, que crecen un milímetro por año y ya hay cuatrocientas hectáreas cubiertas por ellos. ¿Se acuerdan de lo que es una hectárea no?
¡Siiiii! Gritaron todos.
Esa formación de la que hablo se llama arrecife de coral y está viva, porque los corales son animales.
¡Llegó la hora de verlos!
El maestro dio las últimas instrucciones:
Dejen todo acá, menos el agua para beber y el sombrero. Vamos a caminar un poco mas hacia la punta porque desde allí es mas fácil entrar al arrecife. Si alguno de ustedes quiere ayudar, puede llevar alguna careta y patas de rana.

El lugar era sencillamente hermoso, y ya desde el primer vistazo tenía el aspecto que la mayoría de las personas dan al paraíso terrenal.
El sol parecía estar aun saliendo del mar transparente y calmo. Una larga playa de arena blanca, cocoteros, vegetación exuberante y atrás montañas verde oscuro cubiertas de selva, con parches verde claro de plantaciones de banana.
A medida que avanzaban entre los cocoteros y el límite de la selva, la playa se iba haciendo mas estrecha. Cada tanto, tenían que pasar sobre una palmera que se había volcado hacia el mar, manteniéndose viva.
Aquí y allá, algún basilisco saltaba entre los troncos y, para perplejidad de Vanesa y Fermín, ¡uno de ellos cruzó un arroyuelo corriendo sobre el agua!
Una familia de monos capuchinos, negros y blancos, se les cruzó saltando entre los árboles y las palmeras. Una hembra tenía abrazado a su bebé, un mono chiquito bajó un poco para observar a los niños, mientras el macho vigilaba sus movimientos. Eso fascinó tanto a los niños que el maestro no los apuró. Los dejó disfrutar del momento, ya que a pesar de que todos vivían cerca de la selva, la mayoría de ellos solo había visto monos en cautiverio.

Una niña gritó con asco al ser tocada en la mano por algo húmedo, pero enseguida se calmó, mostrando a todos una ranita transparente, de tres centímetros de largo. ¡Parecía de vidrio! , se veían perfectamente sus huesos y vísceras. La miraron del lado de abajo y se sorprendieron mas al ver que hasta se veía su corazón latiendo.
De pronto el senderito se terminó, desembocando entre rocas semicubiertas por enredaderas de flores violetas.
Una lancha los esperaba con dos buzos a bordo. Ellos serían los encargados de la seguridad de los niños, y de mostrarles la vida del arrecife.
El maestro los reunió y les presentó a los buzos, quienes en realidad no tenían mas equipo que patas de rata, careta y snorkel y dijo:
En la lancha no hay lugar para ir todos a la vez, ni sería posible cuidarlos. Iremos en grupos de a ocho hasta el sitio de observación.
Las patas de rana se ponen así – dijo uno de los buzos mientras hacía la demostración-  y la careta asi. El otro buzo les enseñó el uso del snorkel y luego dijo:
Si no se animan a usarlo no hay problema, toman aire y sumergen la cabeza de nuevo. Todos van a ir con salvavidas y siempre van a estar acompañados por uno de nosotros. Aunque el sitio no es para nada profundo y se podría hacer pie perfectamente, no intenten pararse, porque al pisar podrían romper los corales, pues si bien son duros, son muy frágiles.

Vanesa y Fermín quedaron admirados de cómo aquellos niños, que en su mayoría nunca habían visto el mar, aceptaban todas las indicaciones y practicaban el uso del snorkel antes de subir al bote.

¡Vamos! 1Sale el primer grupo! -Gritó el maestro.
Ocho niños subieron de prisa a la lancha, que arrancó enseguida, deteniéndose a unos cuatrocientos metros de la orilla.
Por cortesía, los niños extranjeros fueron invitados a formar parte del primer grupo y junto con un chico panameño fueron los primeros en lanzarse al mar.
Primero las patas de rana, luego la máscara ¡Y al agua!
¡Que tibiecita!

Nuestros amigos iban a vivir muchas emociones fuertes durante el desarrollo de su viaje por Latinoamérica. Pero ( y en esto estuvieron de acuerdo cuando lo comentaron muchos años después) el introducirse en esa agua tibia y verde, y ver por primera vez ese mundo nuevo, constituyó una de las mas hermosas impresiones de sus vidas.
Iban nadando despacio sobre la superficie, manteniendo la cabeza el mayor rato posible bajo el agua.
En los primeros instantes solo vieron el fondo irregular de color grisáceo con algunas algas esparcidas, pero enseguida apareció un enorme coral pardo amarillento que semejaba los cuernos de un alce, rodeado de peces.
¡Y que peces!
Los mas abundantes eran de unos diez centímetros de largo, amarillos, con la cabeza azul y un collar blanco y negro. Un pez loro, verde, con rayas azules y rojas flotaba encima del coral mordiéndolo. Bajo uno de “los cuernos” del coral, un pez bastante grande y rojo parecía evitar la luz del sol. Entre los pequeños intersticios de la parte baja del coral nadaban varios peces redondeados y negros, llenos de puntos de un celeste brillante.
¡Que maravilla! ¡Cuánto color!
Tomaron aire – porque les costaba permanecer usando el snorkel- y al volver a meter la cabeza bajo el agua vieron que una mano del buzo les señalaba un abanico de mar, una especie de coral blando, de color lila que se mecía suavemente.
Delante de ellos cruzó un gran pez azul de largas aletas puntiagudas. Tomaron aire de nuevo y pasaron sobre un coral “cerebro de mar” del tamaño de una mesa. Esponjas de color verde, amarillo y rojo cubrían pequeñas superficies sobre las rocas.
Al detenerse un momento, se les acercaron con curiosidad pequeños peces, unos amarillos con el dorso violeta, otros alargados y de un verde limón, y otros mas chicos totalmente amarillos.
Tras respirar un momento y al volver a hundir la cabeza, vieron peces mariposa, a rayas amarillas y negras.
Es hora de volver- dijo el buzo.
!Que suerte tuvimos! –dijo Vanesa- Vimos de todo.
No es cuestión de suerte- sonrió el buzo- siempre es así donde el coral
está vivo.
¿Cómo es eso, no está siempre vivo? –Preguntó Fermín.
Ya verán. Es parte del paseo de hoy.
Nuestros amigos subieron a la lancha y los buzos y el maestro siguieron guiando al resto de los niños en su buceo de bautismo.

De regreso a la embarcación, las caras de los niños parecían transformadas por la fascinación de ver tanto color y vida bajo el agua.
El colorido del arrecife, sin duda, se parecía mas al mundo de sus dibujos que al real que habían visto hasta entonces.

¡Vi una langosta enorme! –gritaba uno.
¡Y yo un pez ángel! Gritaba otro.
¡Y nosotros peces mariposa y una morena! – gritaron otros, comentando al resto del grupo lo que mas les había gustado.

Una vez que todos los niños visitaron esa parte del arrecife, la lancha comenzó a llevarlos, también en grupos de ocho, a otra parte distante unos mil metros.
¡De nuevo al agua!
Esta vez, Vanesa y Fermín que quedaron esperando su turno. Cuando vieron volver a los tres primeros niños algo les resultó raro. Ya no tenían el entusiasmo de la primera buceada.
¿Qué vieron? – preguntaron todos.
Nada.
¿Nada? Van a ver como nosotros les ganamos. – dijeron los siguientes en tirarse al agua.
Pero, increíblemente, a su regreso también carecían de entusiasmo, e incluso se podría decir que estaban tristes.
¿Y ustedes que vieron? – fue la pregunta general.
Nada, tampoco vimos nada…
Cuando llegó el turno de Vanesa y Fermín, no lo podían creer.
Todo era de un gris pardusco. Hasta el agua, que fuera tan clara, estaba ahora bastante turbia y había poca visibilidad.
Apenas algún pecesito contorneaba los corales muertos, ya sin el color que habían tenido en vida.
Sin convencerse, nadaron un rato mas por los alrededores de la lancha, pero no encontraron ni corales vivos ni mas peces.

¿Qué pasó? – Preguntó Vanesa al maestro cuando se quitó la máscara.
Ah, ¿Vieron como queda el arrecife?- le contestó. ¿Está igual al que vimos primero?
Nooo… contestaron todos los niños a la vez.
Sucede, - explicaron los buzos- que esta parte del arrecife era igual a la otra hasta hace unos años, pero aquí cerca desemboca un riachuelo. Este riachuelo viene de las montañas donde se plantan bananas.
Han cortado mucha selva para plantarlas y cada vez que llueve el riachuelo transporta mas tierra. Antes, esa tierra no llegaba hasta el mar, porque las raíces de los árboles de la selva la retenían, pero un bananal deja el suelo pelado, por eso hay tanta erosión.
La tierra que queda suspendida en el agua de mar va tapando los poros de los corales y éstos se mueren. Y con la muerte de los corales viene la de los peces, las esponjas, los caracoles, las estrellas de mar y toda esa cantidad de seres que ellos protegían.
Ahí intervino el maestro:
Así, del mismo modo que al cortar la selva se mata a los monos y a los demás animales, al dañarse los corales muere todo ese mundo de color que vieron hace un rato.
Además- siguió uno de los buzos- el riachuelo no solamente acarrea la tierra erosionada, también transporta los agroquímicos que se usan para evitar las pestes de las bananas y matar las malezas.
Eso también va matando al arrecife.

¿Qué cantidad de Coral está afectado? – preguntó Vanesa.
Bastante mas de la mitad- dijo el otro buzo.
¿Tanto? Se sorprendieron los niños.
¿Y si se lo protegiera, el arrecife de coral podría volver a crecer?- Preguntó Fermín.
Sin duda que si- dijo uno de los buzos- pero demoraría mucho en volver a ser como antes.
El maestro tomó la palabra:
Niños, los trajimos expresamente para que vieran por sus propios ojos lo hermoso que es el arrecife coralino. Es probable además, que sea el ecosistema mas viejo del planeta y así como la selva es el ecosistema terrestre mas rico en especies de animales y plantas, el arrecife es el mas rico en el mar. ¡Que país tenemos!  ¿eh?
¡Siiiii!- gritaron todos los chicos.
Y el maestro siguió:
El mar no es todo igual. Los arrecifes como este existen solamente en unos cuantos sitios del mundo. El mar es enorme, pero los sitios donde hay corales no son muy grandes. Además, los corales por lo común están en lugares donde hay gente cerca, que los va dañando. Esa gente muchas veces vive de pescar en el arrecife, o de llevar turistas en lancha para que igual que ustedes disfrutes de verlos. Pero si el arrecife se contamina se muere pronto. Y después ¿Que va a hacer esa gente?
 

Como Rodrigo y José, los amables buzos que nos acompañaron hoy, que además son pescadores y guías de turistas.
Niños, cuando lleguen a sus casas hablen sobre esto con sus padres y con sus conocidos. Cuanto mas gente sepa lo que está pasando al arrecife, va a ser mas fácil conservarlo y que se mantenga esta belleza que nos da de comer.

Por la noche, una vez en el alojamiento de la playa, Vanesa se aproximó a Fermín y le dijo:
Me encantó ver a los corales y a los peces de colores. Creo que si viviera por aquí cerca bucearía un poco todos los días. Se deben ver cosas distintas cada vez que uno se mete en el agua.
Yo también creo eso- dijo Fermín-  ya había visto una película sobre el arrecife, pero no pensé que tal abundancia de peces pudiera ser real.
¿Y que te parece si mañana temprano vamos a la punta y buceamos un rato antes de que nos vengan a buscar. Vi una canoa de las que usan los pescadores atada a un cocotero y la podríamos usar. ¿Te animarías?
Animarme, me animo – dijo Fermín- ¿pero si antes nos vienen a buscar los cuates?
¡Solo quince minutos!- prometió Vanesa.

El sol aun estaba bajo cuando Vanesa y Fermín ya remaban apaciblemente en la calma absoluta del mar.
Sólo había olas allá lejos, donde terminaba el arrecife, por el encontronazo del mar profundo con la barrera de coral.
Era notorio que el fondo estaba allí nomás, porque desde arriba de la canoa el contorno de los corales se distinguía a la perfección en el agua totalmente transparente.
Bajemos por aquí. – Propuso Fermín- y ambos se zambulleron a la vez.
En ese momento se dieron cuenta de que la canoa no tenía ancla. Ya habían oído a los buzos decir que si se tira el ancla en un arrecife, irremediablemente se rompen los corales. Sin duda, el dueño de la canoa lo sabía y por eso la había quitado. Debían permanecer al lado de la canoa.
El lugar no parecía muy interesante, así que decidieron volver a subir y volver a remar un poco mas hacia afuera. Sin embargo, descubrieron que no era nada fácil volver a subir a la angosta canoa, que amenazaba darse vuelta a cada intento. Luego de mucho fallar, lograron hacerlo subiendo a la vez y coordinadamente, cada uno por un lado.
La tranquilidad de la mañana hizo que le restaran importancia al hecho de los cocoteros cada vez se veían mas chicos al mirar hacia atrás.
Era tan lindo ver las montañas desde allí…
En determinado momento Fermín rompió el silencio:
Vanesa, no creo que sea bueno alejarnos mas, vamos a tirarnos aquí y después regresamos.
Y plaf, plaf, los dos al agua.

Esta vez había mayor profundidad, imposible hacer pie. El lugar era visiblemente mejor que el anterior, porque de entrada vieron corales de distintas formas y tamaños y muchos peces. Entre ellos la Isabelita, grande y celeste con puntos amarillos, un pez ballesta verde de cara rayada multicolor, peces damisela negros, de aspecto aterciopelado, un pez loro turquesa de aletas amarillas y otros rojos llamados catalanas.
Fermín estaba mirando una gran anémona de mar  cuando Vanesa le hizo señas de seguir a un pequeño mero manchado de cuarenta centímetros. El pez intentaba evadirlos, pero ellos lo seguían, aunque les costaba un poco volverlo a encontrar después de subir a tomar aire.
Mientras nadaban, el piso de los corales se alejó repentinamente bajo ellos, perdiéndose de vista y quedaron flotando sobre aguas azul oscuro, de profundidad desconocida.
Muchos peces nadaban por allí, mas que todos los que habían visto hasta entonces, y se asustaron al recordar que la costa estaba lejos y que bajo el agua podría haber tiburones observándolos. Tenían que volver a la canoa.
La buscaron, pero no estaba donde la habían dejado, es decir, a su lado. Con gran nerviosismo alcanzaron a ver que se iba alejando lentamente.
Había comenzado a soplar un poco de viento y se la estaba llevando.
Comenzaron a nadar rápido, pero la canoa parecía mantener distancia.
Nadaron y nadaron con la velocidad que propician los sustos y tragando un poco de agua. Cuando por fin la alcanzaron, casi la dan vuelta, olvidados por la ansiedad de que debían abordarla los dos a la vez, uno por cada lado.
El alivio de ya estar allí se disipó en parte cuando vieron que la canoa se había llenado de agua hasta la mitad en el primer intento de abordaje.
Una gran nube negra se había ido acercando sin que lo notaran y el viento ya estaba soplando mas fuerte…
Fermín empezó a remar, mientras Vanesa achicaba el agua con un recipiente, que por suerte, no habían sacado de la canoa al partir.
Pese al esfuerzo de ambos, la canoa, pesada por el agua que cargaba, avanzaba muy lentamente.
Alarmados, vieron caer las primeras gotas aisladas y enseguida se puso a llover en forma torrencial. En pocos segundos se volvió a juntar agua en la canoa. Pese a que Vanesa sacaba agua lo mas rápido que podía, la lluvia la reponía al instante y seguían casi sin avanzar.
¡Cambiemos! – gritó Fermín en medio del ruido de la lluvia y el viento.



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