PLAYA
NANCITE
¡Que excitación! Acababan de
llegar a Jacó, un balneario situado en la costa del Océano Pacífico en Costa
Rica.
Desde hacía unos días, para
Vanesa y Fermín Jacó era sinónimo de tortugas marinas. ¡Irían a su rescate!
Poco después de presentarse,
Arturo, el encargado de los chicos en aquel país, les pidió que hicieran lo
posible por dormir de día.
-¿De día?- exclamaron al
unísono nuestros amigos.
-Si, de día. A las tortugas
marinas les afecta mucho el sol y deben salir a tierra a poner huevos luego de
que aquél se oculta, por eso debemos dormir todo lo posible durante el día, así
estaremos frescos toda la noche. Es un poco duro al principio, pero después uno
se acostumbra. ¡Pura vida!
-¿Tu haces eso?- Preguntó
Vanesa.
-Sí – contestó Arturo-, lo
hago desde hace varios años, cada temporada de postura de huevos dura cuatro
meses. Son cuatro meses durmiendo mal.
-Todo sea por salvar a las
tortugas.- Intervino Fermín.
-¿Pudieron dormir durante el
viaje? Es decir, ¿quieren empezar esta misma noche?
¡Claro! ¡Seguro!- respondieron
entusiasmados los chicos.
-Así me gusta- dijo Arturo-
Comenzamos bien, son buenos chicos. Entonces cenemos y después salimos.
Era una noche sin luna, muy
oscura. Las luces y el ruido del balneario habían quedado atrás. Ante ellos
estaba la extensa, muy extensa Playa Hermosa. Grupos de cocoteros se alineaban
sobre el borde de la playa y de tanto en tanto una casa interrumpía con
potentes focos la oscuridad.
Arturo, Vanesa y Fermín se
sentaron sobre uno de los muchos troncos que había acarreado el mar y mientras
terminaban de conocerse y contarse un poco sus vidas, esperaron que la pleamar
estuviera completa.
-¿Y porqué es tan importante
que esté crecido el mar? – preguntó Vanesa.
-¿Y como se dan cuenta las
tortugas de cuando está crecido? – Preguntó Fermín.
-Es importante que esté
crecido- contestó Arturo- porque así se ahorran muchos metros de caminata. Ya
van a ver que a las tortugas les cuesta arrastrarse y la diferencia entre
bajante y pleamar es de varias decenas de metros. Además, al salir con marea
alta, ya saben que si caminan bastante mas, el mar nunca va a llegar a inundar
su nido.
¿Y como se dan cuenta?-
prosiguió- En realidad no lo sé, pero los animales poseen algo que se llama
reloj biológico. No usarán relojes como los nuestros, pero tienen una idea muy
clara del paso del tiempo. Proviniendo de millones de generaciones en el mar, y
habiendo pasado todas sus vidas en él, las tortugas deben tener muy claro cada
cuantas horas hay cambio de marea ¿no les parece?
Bueno, basta de charla y a
trabajar, que la marea ya está completa.
Y salieron a caminar por la
orilla.
-Miren chicos, ya salió la
primera. ¿Ven esta huella que parece de rueda de tractor? Es de una tortuga.
-¿Realmente, es igualita?- se
sorprendió Fermín.
Los dibujos de afuera los
dejan las patas delanteras- explicó Arturo- y los de adentro las traseras.
Ahora la seguimos…la seguimos… y allá está- dijo, señalando con el dedo.-
-¡Si, allá está! Vanesa ahogó
un grito- ¡Mi primera tortuga marina!
-Venga esa mano, Vanesa –
Fermín le extendió la suya-. Creo que empezamos bien.
-Ahora, dos aclaraciones,
chicos- susurró Arturo-. Una: hay que hablar bien bajito. Y dos: hay que
encender la linterna lo menos posible. La tortuga todavía está buscando un buen
sitio para poner los huevos. No va a demorar mucho en encontrarlo. Tiene que
hacerlo rápido, porque si no, puede ser atrapada por un predador.
“Escuchen…ya no se oye nada,
ya no se arrastra mas. Está descansando un poco antes de hacer el pozo.
-¿Predadores dijiste, Arturo?
¿Hay animales tan grandes por acá como para que puedan matar a semejante
tortuga?- preguntó Fermín.
- Animales, animales hay
pocos, antes lo era el jaguar, pero ahora la cosa cambió, porque esta zona está
muy poblada.
Los predadores a los que me
refiero suelen ser bravos, no siempre se detienen a la voz de alto, por eso
traigo el rifle. Ya he cruzado algún tiro con los recolectores de huevos. Pero
no se preocupen, eso pasa rara vez.
Los chicos se miraron por un
instante, aunque a ninguno le quedó claro que lo hubiera hecho el otro, debido
a la oscuridad.
-¿Oyen?- preguntó Arturo- Ya
comenzó a cavar.
¡Ay, quiero ver! – exclamó
bajito Vanesa.
¡Ya dijo que no se puede! – la
reprendió bajito Fermín.
-Bueno, tampoco es tan así-
intervino Arturo- podemos iluminar un poco, para eso tengo esta linternita que
da luz roja, el foco está cubierto con un celofán de ese color. Como la
iluminaremos de atrás no podrá ver nada.
Mientras, la tortuga hacía un
movimiento rítmico con las patas de atrás. La hundía en la arena y, sacando
bastante cantidad a la vez, la depositaba a un lado. Primero con una pata y
luego con la otra, tomándole siempre el mismo tiempo.
-¿Hasta cuando va a seguir
cavando?- susurró Vanesa.
-Hasta que al hundir las patas
ya no saque arena – Contestó Arturo- Esa es la medida justa para la incubación
de los huevos.
Miren, ya no saca mas ¡Que
rápido hizo el pozo! –exclamó Fermín, excitadísimo, pero intentando no gritar.
-Ahora viene lo bueno, chicos-
dijo Arturo-. Ahorita uno de ustedes mantendrá la bolsa abierta mientras el
otro va juntando los huevos.
-¡Yo los junto!- saltó Vanesa.
-Bueno, pero después me toca a
mi- dijo Fermín.
Tras un corto descanso, la
tortuga comenzó a emitir unos bufidos muy leves, haciendo un esfuerzo para
comenzar la postura.
-
No me deja meter la mano en el pozo- se quejó Vanesa.
Cada vez que trato de hacerlo me lo tapa con una pata.
Esperá y vas a ver que al
poner los huevos extiende las patas por un instante- dijo Arturo- ese es el
momento que tenés que aprovechar cada vez para meter la mano.
-Ahí van- continuó el adulto-
cayeron los dos primeros huevos. Muy despacio Vanesa, sacá la mano que ya va a
poner otros.
Y efectivamente, cayeron tres
mas.
Ahora- dijo Arturo-
-Pah, que mojados están- se
sorprendió Vanesa.
- Pasa que con los huevos
también cae un mucus que los mantiene húmedos. -Así está muy bien, - aprobó
Arturo al ver que Vanesa ya le había agarrado la mano al trabajo.
Los huevos caían pesadamente
de a dos, de a tres y mas raramente también de a uno.
-Ahora me toca a mi- dijo
Fermín situándose rápidamente en el lugar que le había dejado Vanesa, mientras
ella ahora mantenía la bolsa abierta.
-Si querés, Fermín – le dijo
Arturo- podés hacer algo que a veces hago yo.
Mande- dijo Fermín.
-Ampliá un poco el pozo para
que, sin tocarle las patas a la tortuga, puedas mantener las manos allí. Ella
sin saberlo va a largar los huevos sobre tus manos.- explicó Arturo.
¡Tuc-tuc-tuc! Cayeron los
huevos sobre la mano de Fermín.
Que lindo esto, - dijo el
mexicanito- no me lo esperaba…
Luego de haber puesto unos
cuantos huevos, la tortuga se demoró un poco más y así Arturo supo que solo le
faltaba poner los últimos.
-Ahora retírense un poco
chicos, va a tapar el pozo creyendo que sus huevos están ahí.
Como si pudiera ver hacia
atrás, la tortuga retiró la arena que había depositado a cada lado del pozo. Lo
tapó con rapidez y luego, para sorpresa de los chicos, cuando la obra parecía
terminada, comenzó a ejecutar un movimiento que les pareció increíblemente
rápido, no solamente por la fama de lerdas que tienen las tortugas, sino por
los movimientos que la habían visto hacer.
Estaba apisonando la arena con
la misma rapidez con que podría hacerlo una mano, pero el animal lo hacía con
el peto, la parte de debajo de su caparazón, con rápidos movimientos de subir y
bajar alternadamente sus patas delanteras y traseras. Todo su cuerpo vibraba,
produciendo un “taca-taca-taca” al caer sobre la arena. También giraba,
ignorando a quienes habían ido a ayudar a que sobreviviera su prole y su
especie.
Cuando al girar así quedó
mirando hacia el mar, se detuvo un instante y emprendió el regreso a las olas
que quizás la llamaban.
Fermín preguntó – No creo que
esté bien, pero…? La puedo tocar un poquito?
Solo un poquito y en su
caparazón –cedió Arturo-
Fermín tocó, mas bien rozó con
sus dedos el carapacho, la parte dorsal del caparazón de las tortugas y le
dijo: buena suerte amiga.
-¿Ven, chicos? ¿Ven como en la
oscuridad total de la noche el mar es mas claro debido a la espuma? Es por eso
que no debemos usar mucho las linternas, porque su luz confunde a las tortugas.
-¡Como pesa la bolsa! –exclamó
Vanesa.
-Ya lo creo- Dijo Fermín-
conté sesenta y ocho huevos.
-Vamos a mantener separados
los huevos de cada postura- les explicó Arturo-. Si no, su propio peso los
puede romper. Los iremos metiendo en bolsas distintas.
¿Seguimos?
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