¡Chau Colo! -Vanesa y Fermín abrazaron al refugiero- ¡Cuida bien a esos
cóndores!
¡Chau Colo! Trataremos de volver cuanto antes- se despidieron los
guardaparques.
¡Chau amigos! Para festejar el fin del incendio hoy subiré a la cumbre.
Ese día, Vanesa y Fermín se sacaron las ganas de caminar por el bosque
nevado. Nunca olvidarían el placentero esfuerzo de bajar la pendiente hundiendo
las piernas hasta la pantorrilla en la nieve mullida.
El bosque parecía otro. El rojo y el naranja de las lengas resultaba
mucho mas intenso debido al maravilloso contraste con el blanco del suelo y el
depositado sobre las ramas. Aunque pareciera imposible, también el cielo estaba
mas diáfano que en los días anteriores, no pensaban que pudiera existir un
celeste así.
Tres cóndores descubrieron la patrulla y planearon un rato sobre ellos. Cuando
los caminantes se metieron en la profundidad del bosque de coihues
siempreverdes, los cóndores los perdieron de vista y ganaron altura.
Del libro de viaje de Vanesa:
Es increíble que algunas de
las personas que salen a disfrutar de caminatas por el bosque, sean quienes
apagan mal sus fogones. También es posible que el fuego haya sido provocado por
algún cazador furtivo. Creo que eso sería solucionado si hubiera un número de
guardaparques que permitiera atender al público en las zonas mas turísticas,
pero también realizar muchas recorridas por las zonas apartadas, sobretodo
donde hay alerces, porque como son árboles muy viejos, su pérdida sería atroz.
Estaría bueno que se
organizaran salidas al bosque con los escolares y estudiantes de secundaria
para que entendieran el problema y ayudaran a que cada vez haya menos incendios
y mas cóndores y huemules.
JABAO GOIANACA
(Hasta siempre, amigos)
De todos los lugares que Vanesa y Fermín recorrerían durante su misión
inspectiva, éste sería el mas apartado. Es fácil suponer eso, considerando que
visitarían una aldea de indios Wainomami.
Estarían con unos de los pocos seres humanos que aún viven en estado
primitivo, y eso sólo es posible en lugares muy alejados de las ciudades.
Primero tomaron un avión desde Caracas hasta Puerto Ayacucho. Allí los
esperaba Gustavo, quien se encargaría de ellos durante su estancia en
Venezuela. Desde Puerto Ayacucho volaron en avioneta hasta el pueblito
Capibara, situado a orillas del Río Casiquiare.
El vuelo en avioneta les gustó mucho a los adolescentes. Ya habían
viajado unas cuantas veces en avión, pero la avioneta volaba mucho mas bajo y
pudieron ver la vasta selva en todo su esplendor.
También habían visto, en varios puntos, grandes columnas de humo y
llamas. Los árboles aún verdes, cercanos a las llamas, no sabían que en pocos
minutos morirían quemados. Detrás iban quedando amplios espacios carbonizados.
Gustavo tenía cerca de cuarenta años y nació en Puerto Ayacucho. Había
comenzado a estudiar antropología, pero después se fue a la selva para conocer
a fondo la vida de las tribus del Sur de Venezuela. Se puso muy contento cuando
el Comité Latinoamericano de Organizaciones Ambientalistas seleccionó su
proyecto para ser visitado por Vanesa y Fermín, porque creía que de alguna
manera, la visita de los chicos podría servir para defender a los indios del
atropello de la civilización.
Había quedado muy contento si, sólo le preocupaba que esta visita era
algo mas riesgosa que las demás en las que se habían preparado para los
pequeños viajeros. Nunca imaginó que el mayor riesgo lo iba a correr él mismo.
Estaban en el puertito de Capibara, a orillas del Casiquiare.
No mas vuelos por unos días, - dijo Gustavo- ahora vamos a andar en
lancha.
Subió a una embarcación de unos siete metros de largo, a motor, que se
hallaba junto a un racimo de canoas de varios tamaños y comenzó a acomodar en
ella las tres mochilas.
¡Suban amigos! Navegaremos río arriba casi un día entero, luego, unos
Wainomami nos estarán esperando donde el Casiquiare se junta con un tributario,
el Río Siapa. La gente de la aldea Wainomami que visitaremos no quiere motores
en su territorio, por eso continuaremos viaje en su canoa.
¿Gustavo, estás seguro de que esos indios no son peligrosos? –preguntó
Vanesa.- quiero decir- dijo tratando de enmendar la frase al ver la cara que
había puesto Gustavo- ¿Por qué ese misterio con los motores?
Miren, chicos, me gustaría darles una respuesta con
lujo de detalles, pero se supone que lo interesante de que participen en esto
es que las conclusiones las saquen ustedes solos. Ése es el desafío. Por ahora,
lo único que les puedo decir es que los Wainomami no son peligrosos.
. Mas bien, son ellos los que se podrían preguntar si la presencia de
ustedes no será peligrosa para ellos.
El viaje por río constituyó la primer encuentro verdadero de los chicos
con la selva: la selva de la que tanto habían oído hablar, la selva que se va…
El ruido del motor, aparte de ser fuerte y monótono, sin duda espantaba
a los animales antes de que pudieran verlos, por eso, las novedades de aquel
día fueron, sobretodo, la altura y el grosor de los árboles y la frondosidad de
las orillas cargadas de enredaderas en flor.
En una playa del río se detuvieron dos horas para comer, estirar un poco
las piernas y también para descansar los oídos del ruido de la lancha.
En esa playa vieron por primera vez
gran cantidad de mariposas de colores atraídas por la humedad del barro.
Ese caleidoscopio natural cuyas imágenes mudaban constantemente al cambiar de
lugar las mariposas, sería una de las mas bellas imágenes que los chicos
recordarían al rememorar en años subsiguientes sus andanzas por la selva.
Mientras comían, siete guacamayos rojos cruzaron el río volando en
dirección a ellos. Toda una fiesta de color y gritos.
¡Que suerte, chicos! – dijo Gustavo- Los Wainomami dicen que los
guacamayos rojos traen suerte y alegría. Nos va a ir bien entre ellos.
Ya lo creo que traen alegría- dijo Fermín sonriendo- Yo me puse muy
contento al verlos. Son uno de los animales que mas quería ver y vinieron
justito hacia nosotros.
Como estaban bien de tiempo, Gustavo decidió buscar un pintoresco lugar
para pasar la noche, así que, de tarde, armaron la carpa en otra playa. Se
encontrarían con los Wainomami luego de navegar otro poco a la mañana
siguiente.
Chicos- dijo Gustavo- mientras armo el campamento, busquen por aquí
cerca huellas en la arena húmeda de la orilla y piensen de que animales son.
Después me llaman y vemos si acertaron.
Al ver la cantidad de huellas que había, algunas bastante grandes,
Vanesa y Fermín tomaron conciencia de que realmente la selva estaba muy poblada
de animales, aunque no los hubieran visto. Encontraron y acertaron a identificar
huellas de jaguar y de tortuga. Las de tatú, paca y tapir fueron explicadas por
Gustavo.
Gustavo se adelantó a una posible pregunta de los chicos y les aseguró:
No hay nada que temer cuando uno acampa en la selva. La mayoría de los
peligros son solamente exageraciones de las películas y libros de aventuras.
A la puesta del sol hubo mucho griterío y movimiento de pájaros, tucanes
y loros que cruzaban el río de aquí para allá.
La afirmación de Gustavo resultó ser cierta. Al menos esa noche no
apareció ningún animal peligroso.
Tal cual lo previsto, a la mañana siguiente, tras navegar dos horas,
vieron desde lejos y con toda claridad a cuatro hombres sentados en una larga
canoa que permanecía quieta en la mitad del río.
Eran los Wainomami.
Al mermar la distancia, los indios enfilaron hacia la orilla de su
territorio y Gustavo dirigió la lancha hacia el mismo punto.
A Fermín y a Vanesa les impresionó mucho ver a aquellos hombres de piel
oscura y de pelo negro y brillante que les caía recto hasta la nuca. Vestían
solamente taparrabos de fibra vegetal y
tenían pulseras de plumas rojas cerca de los hombros. De plumas de guacamayo
rojo, el ave que trae suerte y alegría.
Tres de los Wainomami sonreían a mas no poder, el otro, el mas joven,
había quedado serio.
Antes de los saludos en el idioma indígena, se cruzaron miradas de
interés.
Vanesa era linda, y a su edad, para los indios, ya era toda una mujer.
Guiraoa tendría quince años y había pedido ser uno de los remeros que
llevarían a “los amigos” hasta su aldea. La llegada de los chicos era esperada
con ansias desde que se supo de su visita, aunque solo unos pocos tenían claro
cual era su misión.
Luego de las presentaciones de rigor- que han sido importantes en todas
las culturas de todos los tiempos- las mochilas de “los amigos” pasaron a la
gran canoa india y la lancha fue escondida entre la vegetación de la orilla.
Se había planeado que los chicos pasaran siete días con los Wainomami,
pero se quedarían veintitrés. Los seres humanos no podemos hacer todo a nuestro
gusto.
Abandonaron el Río Casiquiare y se adentraron en la boca del Siapa. La
larga canoa se desplazaba rápidamente pese a que seguían en dirección opuesta a
la corriente.
Gustavo se puso a remar de entrada, porque sabía como mantener el ritmo
requerido.
Vanesa y Fermín, tras pelearse un poco por el último remo disponible, se
turnaron de a ratos, ejecutando paladas que, mas que ayudar, frenaban a los
remeros. Pero nadie les dijo nada, eran los invitados, hacían lo que podían y
además, pronto se cansarían.
Guiraoa se las arregló para ir justo atrás de Vanesa. Estando así podía
mirar su pelo, que lo fascinó desde el primer momento. ¡ pero que vestida que
estaba!
¿Será posible que llegue a verla de cuerpo entero? –pensó- ¿Los hombres
blancos evaluarán a sus mujeres solamente por su cara y sus brazos?
Un enorme caimán negro se lanzó al agua.
Una bandadita de tucanes coloreó un árbol.
Una familia de monos loa miró pasar.
Andar a remo era distinto.
A Fermín no se le escapó el interés que demostraba Guiraoa por su amiga.
También le dolió un poco la forma en que Vanesa, su compañera de tantos viajes,
trataba de comunicarse con aquel muchacho.
Lo increíble es que parecían entenderse o, si no lo hacían, al menos
asentían constantemente e intercambiaban risitas fingidas.
Fermín se daba cuenta de todo, pese a que ella estaba atrás suyo y por
tanto, para verlos debía dar vuelta la cara. Los temas parecían girar en torno
a los animales que iban viendo en las orillas y a la aparente inestabilidad de
la canoa.
Fue pensando en como hacer para vengarse, que a Fermín se le ocurrió que
quizás en la aldea pudiera ver mujeres desnudas.
La “venganza” fue fatal y mejor de lo que hubiera pensado: vio muchas
indias casi desnudas y comprobó lo distintos que pueden ser los cuerpos de las
mujeres.
Hicieron una parada para comer, la que previamente fue acompañada por
los impostergables baños en el río y llegaron a la aldea luego de ocho horas de
remo.
En la aldea Wainomami vivían unas cien personas, la mitad de ellas
menores de veinte años. Las chozas de hojas y troncos de palmera no se veían
desde el río, porque el puertito estaba a unos cien metros de las primeras
chozas. Esa distancia se reducía durante la estación de las lluvias, debido a
la crecida del río que inunda la selva marginal y se aproxima a la aldea.
La recepción no fue protocolar.
Todos los Wainomami, niños, adultos y viejos, se aproximaron formando
primero una pared y luego un círculo apretado que rodeaba a los recién
llegados, pero nadie tocó ni a Vanesa ni a Fermín.
Cuando la natural curiosidad mermó, Gustavo los sacó de aquel círculo de
grosor mermado y los presentó al jefe Take-é, que esperaba la oportunidad con
una paciencia paternal que poseen muy pocos jerarcas.
Por respeto a su cultura diferente, Take-é, dispuso que “los amigos
nuevos”, como ya les llamaban, se alojaran en una choza aparte, para que no se
vieran obligados a compartir todas las costumbres de los Wainomami.
Unos tucanes lloraron anunciando el fin del día…
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