lunes, 18 de mayo de 2015

La Misión de Vanesa y Fermín, 6



Vanesa tomó el remo y Fermín , rapidísimo se esforzó por achicar. Pero el agua parecía no mermar de nivel y aún faltaba bastante para llegar a la orilla.
Entonces a Fermín se le ocurrió que remar con un solo remo contra el viento los estaba demorando mas que el agua acumulada dentro de la canoa y decidieron remar los dos a la vez.
El viento había formado olas que amenazaban con invadir la canoa y los obligaba a balancear el cuerpo para evitar que la embarcación se diera vuelta.
Cuando mermó un poco la lluvia, alcanzaron a ver que ya se encontraban cerca de la costa y al grito de ¡mas fuerte! ¡mas fuerte!, llegaron a la orilla. No esperaron a que la canoa tocara tierra, se tiraron al agua y caminando con dificultad entre las olas llegaron a la arena y se abrazaron.
La sacaron barata chicos,- los sorprendió una voz que venía como desde arriba.
Era Rodrígo, uno de los buzos y dueño de la canoa. Había ido a embarcarse en ella y no la encontró, y había subido a un cocotero para ver si la encontraba.
Los chicos se soltaron en seguida, muertos de vergüenza mientras el hombre se bajaba.
¡Un poco mas y tengo que salir a buscarlos con el bote a motor!
Por suerte ya salió el sol de vuelta y mermó el viento…
Díganme ¿Por qué fueron solos? ¿Se dan cuenta de que les podría haber ido muy mal?
La verdad es que llegamos a pensar que no íbamos a poder volver- dijo Vanesa. Si, estuvimos mal y la pasamos mal, pero es que el arrecife nos cautivó. – agregó Fermín.
De eso mismo se trata chicos, por favor, no lo hagan nunca mas. Esa misma cautivación es lo que provoca la muerte de algunas personas que aman mucho al mar.

Del Diario de Viaje de Fermín:

No puedo creer las cosas divinas que tiene el mar. Primero tuvimos la experiencia con las tortugas marinas y ahora descubrimos el mundo del arrecife de coral. Pero una vez mas, lamentablemente, parte de la magia que vemos se desvanece al pensar que puede durar poco. Todos queremos comer bananas, pero habría que plantarlas de cierta manera, no en cualquier lado. Me parece que no es que no se sepa que hacer para solucionar el problema: contaminar menos y evitar la erosión. Me parece que hay gente que le quita importancia a esos problemas y deja para que los resuelvan otras personas.



Agricultores de montaña

El tren se desplazaba lentamente por las montañas del Sur de Perú.
Hasta hacía sólo unas horas a Vanesa y a Fermín el país no les había resultado muy diferente a los otros, pero ahora estaban encantados.
El primer cambio fue la gente. Ahora, la mayoría de las personas que veían eran indígenas que usaban ropa colorida. Los sombreros, chalecos, ponchos y polleras anchas, la manera de cargar a los bebés a la espalda, sujetos por telas muy coloridas, eran novedades para ellos.
También había llamas y alpacas de diversos tonos, muchas de ellas adornadas con pompones de lana roja en las orejas.
El señor Quispe invitó a los chicos a bajar del tren en Sicuani, donde tomaron un auto que los llevó hasta las tierras de la comunidad indígena a la que pertenecía. Pasaron por Macusani, poblado situado ya bien dentro de la Cordillera de Carabaya, el ramal mas al Este de Los Andes.
¡Que montañas enormes!- dijo de pronto Vanesa.
Aquella tiene nieve en la cima.- observó Fermín.
Si, son altos los cerros- comentó con familiaridad Quispe y señaló un pico-: aquel es el Ausangate, tiene mas de seis mil trescientos metros de altura.

Después de salir de Macusani, los chicos empezaron a notar que las únicas personas que veían eran indígenas y al escuchar sus conversaciones se dieron cuenta de que se trataba de un idioma que no podían comprender. Pero quizás por la compañía del señor Quispe, que era muy tranquilo, o por la armonía que aquella gente tenía con el lugar, tuvieron el presentimiento de que la iban a pasar bien.

La Comunidad Sumallacta estaba compuesta por unas sesenta casas construidas con grandes ladrillos de barro crudo y techo de paja.
Aquel sitio parecía separado del resto del mundo, impresión que no parecía descabellada tomando en cuenta las montañas que lo rodeaban.
No se trataba de montañas opresoras. Por el contrario, era tal la variedad de sus aspectos que aquello parecía una alegre colección.
Las había de diferentes alturas y formas, algunas verdes por el pasto, otras rocosas, unas empinadas y otras redondeadas, creciendo en altura con la distancia.
El camino no terminaba en Sumallacta, sino que seguía su curso por las montañas sirviendo a otras comunidades.
¿Y estando tan alejados, de que viven? – Preguntó Vanesa.
¿Alejados de que, niña? – devolvió la pregunta Quispe. ¿No estamos en las montañas que nos dan de comer? ¿No vivimos con nuestras familias y amigos?
Viendo el desconcierto de Vanesa agregó:
Aquí criamos vacas, ovejas, llamas y cuises y cultivamos la tierra.
Y venden lo que cosechan- agregó Fermín como ayudando a presentar el panorama.
Si, a veces- Contestó el señor Quispe-, pero generalmente lo que producimos es para nosotros. En la comunidad somos casi autosuficientes, como lo eran nuestros antepasados. Mañana, tempranito, van a ver como funciona esto.

Dijo tempranito, Don Quispe, pero todavía es de noche – protestaron nuestros amigos entre bostezos al ser despertados.
Así es, pero el camino es largo hasta las chacras y es mejor utilizar bien la mañana.

Recién clareaba cuando comenzaron a subir.
Formaban parte de una fila de comuneros: hombres, mujeres y niños, cargados con sus herramientas.
Cuando la Sierra de Carabaya dejó ver el sol, el sendero se dividió en tres y los agricultores se fueron separando siguiendo hacia distintas laderas.
Es la primera ver que veo gente que sube a una montaña para plantar.- Comentó Vanesa a Fermín.
Lo que yo no entiendo- contestó él – es por que no plantan cerca de las casas. ¡Si tienen lugar de sobra!

Ya se estaban cansando de subir, cuando apareció ante ellos un cerco de piedra que encerraba al cultivo para protegerlo de las llamas.
¿Esto es la chacra? – Preguntó Vanesa.
Pensé que iba a ser mucho mas grande…-comentó Fermín.
No, no, esto no es mas que la primera plantación de papas. ¿Me ayudan? –invitó Quispe.
Pasaron la siguiente hora quitando las malezas que crecían entre las plantas cultivadas.
Cuando terminaron, Quispe enterró la azada en la base de la planta y al levantar la tierra apareció una papita parda.
¡Que chica! –rieron nuestros aventureros- ¿Es mala la tierra?
En mi país las papas son mucho mas grandes – confesó Vanesa.
Y en el mío también – agregó Fermín.
Sin duda- contestó Quispe- En realidad a éstas les falta crecer un poco mas, pero sepan que la papa es originaria de aquí. Esta tierra no solo no es mala, sino que es la mejor para este cultivo. Las papas que ustedes conocían hasta hoy son casi artificiales. Son mas grandes si, pero crecen a fuerza de fertilizantes caros, y como se apestan fácilmente, las llenan de venenos para matar a los insectos que las atacan. 
 Nosotros en la comunidad no hacemos nada de eso. Abonamos con bosta de vaca y paja, plantamos, quitamos las malezas a mano o con la azada y si el tiempo es bueno cosechamos.
¿Solo si el tiempo es bueno? –Preguntó Fermín.
Si, solo si es bueno, porque aquí en Los Andes el tiempo cambia mucho.
¿Seguimos?
Y mientras continuaban el ascenso, Quispe les explicó:
Hay años lluviosos y años secos, años de mucha nieve y otros de poca, años de muchas heladas y de pocas, por eso tenemos distribuidos los cultivos de la comunidad en ciento cincuenta y cinco parcelas, todas mas o menos del mismo tamaño de la que dejamos recién.
Los ojos de los niños se agrandaron:
¿Ciento cincuenta y cinco chacritas? ¡Que trabajo! ¿Qué otras verduras cultivan?
¿Verduras? De hoja ninguna, pero tenemos unas sesenta variedades de maíz  y el resto son variedades de papas.
¿Cómo? – preguntaron mas sorprendidos aun Vanesa Y Fermín. ¿Hay tantas variedades? ¿Por qué no eligen la mejor y plantan solo ésa?
Llegamos de nuevo- los interrumpió Quispe-.
Frente a ellos había una parcela de igual superficie que la anterior, pero situada en una ladera con mas pendiente y donde no daba tanto el sol.
Esta vez, después de haber retirado las malezas, Quispe enterró la azada y al levantarla apareció una papa algo mayor que la otra y de un color amarillento.
Como les iba diciendo- prosiguió- cultivamos tantas variedades de papas porque cada una está adaptada a ciertas condiciones de altura, temperatura, humedad, cantidad de horas de sol y tipo de suelo. Pueden imaginar que es cansador subir todos los días a cuidar los cultivos. Por suerte requieren poco cuidado, pero como tenemos que atender a todas las variedades, siempre hay que estar subiendo a los cerros. Se hace necesario plantarlas a todas porque siempre perdemos la cosecha de unas cuantas parcelas.
¿Y por que se pierden Quispe? Preguntó Fermín.
Porque no se sabe como va a ser el año y, como dije, debemos  plantarlas a todas, para asegurarnos que siempre haya variedades que prosperen sea el año lluvioso o seco, frío o templado, y por eso mismo también, siempre habrá variedades que se pierdan.
Es cierto que hay papas mas grandes que éstas, que crecen en las laderas de mejor suelo, pero en ocasiones las hemos perdido y nos han salvado del hambre las pequeñas, las que por su tamaño serían despreciadas en los supermercados de las ciudades.
Y Quispe Agregó: ¿ Se sorprendieron por la cantidad de variedades que tenemos en Sumallacta? Pero les digo que no creo que nadie sepa cuantas variedades de papas hay, porque en las comunidades vecinas, mas cercanas al Ausangate, cultivan cientos que no prosperarían aquí. El Perú, en algún momento debió tener varios miles de variedades.
¿Bajamos, muchachos?
Antes de llegar a casa verán dos o tres parcelas de maíz.
Y así fue como bastante mas abajo, teniendo ya a la vista a la comunidad, visitaron las parcelas de maíz, las que también les guardaban una sorpresa.
     Al abrir las primeras mazorcas, que resultaron ser de unos cuarenta centímetros de largo, pudieron ver que eran de los colores mas insólitos.
Las había grises con algunos granos amarillos, negros y morados esparcidos, otras eran rojo oscuro con algunos granos violetas y blancos, otras eran del familiar color amarillo, pero con algunos granos negros y lilas…
No sabíamos que el maíz creciera tanto, ni que hubiera mazorcas tan coloridas – comentaron los chicos mientras las admiraban.
Sucede lo mismo que con las papas. ¿ No es así Quispe? – dijo Vanesa.
Efectivamente – asintió Quispe retomando el descenso. Había miles de variedades de estas plantas, - el maíz es originario de tu país Fermín- que eran las adecuadas para los distintos suelos de nuestra América y resistían “nuestras” enfermedades…
¿Por qué dijo había, en vez de hay? Preguntó Fermín mientras entraban en la comunidad.
Porque antes había muchas mas. Hay comunidades que ya no plantan su maíz o sus papas y como esas variedades eran propias de esos lugares, al entrar en desuso se perdieron. Hoy están extintas, luego de todo el tiempo que les llevó a nuestros antepasados conseguirlas, hoy ya no existen mas.
¿Pero que comen ahora en esas comunidades? - Preguntó Vanesa.
A veces muy poco. Fueron impresionados por la gente de afuera que les vendió semillas de muy lindo aspecto, pero que no sirven para la montaña. Ellos deben trabajar mas que nosotros, porque esas variedades se apestan frecuentemente y eso los obliga a comprar agroquímicos para “curarlas. Lo peor es que esa gente tiene que volver a comprar semillas cada año, porque al ser producidas artificialmente no dan buena semilla y en las comunidades hay poca platita…
Entonces Fermín preguntó:
¿Pero en esas comunidades no se dan cuenta de que esas variedades no les sirven?
No se, a veces a la gente le cuesta ver con claridad las cosas mas sencillas. ¿Acaso en tu ciudad, en la Ciudad de México la contaminación no es abrumadora y sigue llegando gente nueva cada día? -Contestó Quispe.




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