Vanesa tomó el remo y Fermín ,
rapidísimo se esforzó por achicar. Pero el agua parecía no mermar de nivel y
aún faltaba bastante para llegar a la orilla.
Entonces a Fermín se le
ocurrió que remar con un solo remo contra el viento los estaba demorando mas
que el agua acumulada dentro de la canoa y decidieron remar los dos a la vez.
El viento había formado olas
que amenazaban con invadir la canoa y los obligaba a balancear el cuerpo para
evitar que la embarcación se diera vuelta.
Cuando mermó un poco la
lluvia, alcanzaron a ver que ya se encontraban cerca de la costa y al grito de
¡mas fuerte! ¡mas fuerte!, llegaron a la orilla. No esperaron a que la canoa
tocara tierra, se tiraron al agua y caminando con dificultad entre las olas
llegaron a la arena y se abrazaron.
La sacaron barata chicos,- los
sorprendió una voz que venía como desde arriba.
Era Rodrígo, uno de los buzos
y dueño de la canoa. Había ido a embarcarse en ella y no la encontró, y había
subido a un cocotero para ver si la encontraba.
Los chicos se soltaron en
seguida, muertos de vergüenza mientras el hombre se bajaba.
¡Un poco mas y tengo que salir
a buscarlos con el bote a motor!
Por suerte ya salió el sol de
vuelta y mermó el viento…
Díganme ¿Por qué fueron solos?
¿Se dan cuenta de que les podría haber ido muy mal?
La verdad es que llegamos a
pensar que no íbamos a poder volver- dijo Vanesa. Si, estuvimos mal y la
pasamos mal, pero es que el arrecife nos cautivó. – agregó Fermín.
De eso mismo se trata chicos,
por favor, no lo hagan nunca mas. Esa misma cautivación es lo que provoca la
muerte de algunas personas que aman mucho al mar.
Del Diario de Viaje de Fermín:
No
puedo creer las cosas divinas que tiene el mar. Primero tuvimos la experiencia
con las tortugas marinas y ahora descubrimos el mundo del arrecife de coral.
Pero una vez mas, lamentablemente, parte de la magia que vemos se desvanece al
pensar que puede durar poco. Todos queremos comer bananas, pero habría que
plantarlas de cierta manera, no en cualquier lado. Me parece que no es que no
se sepa que hacer para solucionar el problema: contaminar menos y evitar la
erosión. Me parece que hay gente que le quita importancia a esos problemas y
deja para que los resuelvan otras personas.
Agricultores
de montaña
El tren se desplazaba
lentamente por las montañas del Sur de Perú.
Hasta hacía sólo unas horas a
Vanesa y a Fermín el país no les había resultado muy diferente a los otros,
pero ahora estaban encantados.
El primer cambio fue la gente.
Ahora, la mayoría de las personas que veían eran indígenas que usaban ropa
colorida. Los sombreros, chalecos, ponchos y polleras anchas, la manera de
cargar a los bebés a la espalda, sujetos por telas muy coloridas, eran
novedades para ellos.
También había llamas y alpacas
de diversos tonos, muchas de ellas adornadas con pompones de lana roja en las
orejas.
El señor Quispe invitó a los
chicos a bajar del tren en Sicuani, donde tomaron un auto que los llevó hasta
las tierras de la comunidad indígena a la que pertenecía. Pasaron por Macusani,
poblado situado ya bien dentro de la Cordillera de Carabaya, el ramal mas al
Este de Los Andes.
¡Que montañas enormes!- dijo
de pronto Vanesa.
Aquella tiene nieve en la
cima.- observó Fermín.
Si, son altos los cerros-
comentó con familiaridad Quispe y señaló un pico-: aquel es el Ausangate, tiene
mas de seis mil trescientos metros de altura.
Después de salir de Macusani,
los chicos empezaron a notar que las únicas personas que veían eran indígenas y
al escuchar sus conversaciones se dieron cuenta de que se trataba de un idioma
que no podían comprender. Pero quizás por la compañía del señor Quispe, que era
muy tranquilo, o por la armonía que aquella gente tenía con el lugar, tuvieron
el presentimiento de que la iban a pasar bien.
La Comunidad Sumallacta estaba
compuesta por unas sesenta casas construidas con grandes ladrillos de barro
crudo y techo de paja.
Aquel sitio parecía separado
del resto del mundo, impresión que no parecía descabellada tomando en cuenta
las montañas que lo rodeaban.
No se trataba de montañas
opresoras. Por el contrario, era tal la variedad de sus aspectos que aquello
parecía una alegre colección.
Las había de diferentes
alturas y formas, algunas verdes por el pasto, otras rocosas, unas empinadas y
otras redondeadas, creciendo en altura con la distancia.
El camino no terminaba en
Sumallacta, sino que seguía su curso por las montañas sirviendo a otras
comunidades.
¿Y estando tan alejados, de
que viven? – Preguntó Vanesa.
¿Alejados de que, niña? –
devolvió la pregunta Quispe. ¿No estamos en las montañas que nos dan de comer?
¿No vivimos con nuestras familias y amigos?
Viendo el desconcierto de
Vanesa agregó:
Aquí criamos vacas, ovejas,
llamas y cuises y cultivamos la tierra.
Y venden lo que cosechan-
agregó Fermín como ayudando a presentar el panorama.
Si, a veces- Contestó el señor
Quispe-, pero generalmente lo que producimos es para nosotros. En la comunidad
somos casi autosuficientes, como lo eran nuestros antepasados. Mañana,
tempranito, van a ver como funciona esto.
Dijo tempranito, Don Quispe,
pero todavía es de noche – protestaron nuestros amigos entre bostezos al ser
despertados.
Así es, pero el camino es
largo hasta las chacras y es mejor utilizar bien la mañana.
Recién clareaba cuando
comenzaron a subir.
Formaban parte de una fila de
comuneros: hombres, mujeres y niños, cargados con sus herramientas.
Cuando la Sierra de Carabaya
dejó ver el sol, el sendero se dividió en tres y los agricultores se fueron
separando siguiendo hacia distintas laderas.
Es la primera ver que veo
gente que sube a una montaña para plantar.- Comentó Vanesa a Fermín.
Lo que yo no entiendo-
contestó él – es por que no plantan cerca de las casas. ¡Si tienen lugar de
sobra!
Ya se estaban cansando de
subir, cuando apareció ante ellos un cerco de piedra que encerraba al cultivo
para protegerlo de las llamas.
¿Esto es la chacra? – Preguntó
Vanesa.
Pensé que iba a ser mucho mas
grande…-comentó Fermín.
No, no, esto no es mas que la
primera plantación de papas. ¿Me ayudan? –invitó Quispe.
Pasaron la siguiente hora
quitando las malezas que crecían entre las plantas cultivadas.
Cuando terminaron, Quispe
enterró la azada en la base de la planta y al levantar la tierra apareció una
papita parda.
¡Que chica! –rieron nuestros
aventureros- ¿Es mala la tierra?
En mi país las papas son mucho
mas grandes – confesó Vanesa.
Y en el mío también – agregó
Fermín.
Sin duda- contestó Quispe- En realidad a éstas les
falta crecer un poco mas, pero sepan que la papa es originaria de aquí. Esta
tierra no solo no es mala, sino que es la mejor para este cultivo. Las papas
que ustedes conocían hasta hoy son casi artificiales. Son mas grandes si, pero
crecen a fuerza de fertilizantes caros, y como se apestan fácilmente, las
llenan de venenos para matar a los insectos que las atacan.
Nosotros en la comunidad no
hacemos nada de eso. Abonamos con bosta de vaca y paja, plantamos, quitamos las
malezas a mano o con la azada y si el tiempo es bueno cosechamos.
¿Solo si el tiempo es bueno?
–Preguntó Fermín.
Si, solo si es bueno, porque
aquí en Los Andes el tiempo cambia mucho.
¿Seguimos?
Y mientras continuaban el
ascenso, Quispe les explicó:
Hay años lluviosos y años
secos, años de mucha nieve y otros de poca, años de muchas heladas y de pocas,
por eso tenemos distribuidos los cultivos de la comunidad en ciento cincuenta y
cinco parcelas, todas mas o menos del mismo tamaño de la que dejamos recién.
Los ojos de los niños se
agrandaron:
¿Ciento cincuenta y cinco
chacritas? ¡Que trabajo! ¿Qué otras verduras cultivan?
¿Verduras? De hoja ninguna,
pero tenemos unas sesenta variedades de maíz
y el resto son variedades de papas.
¿Cómo? – preguntaron mas
sorprendidos aun Vanesa Y Fermín. ¿Hay tantas variedades? ¿Por qué no eligen la
mejor y plantan solo ésa?
Llegamos de nuevo- los interrumpió
Quispe-.
Frente a ellos había una
parcela de igual superficie que la anterior, pero situada en una ladera con mas
pendiente y donde no daba tanto el sol.
Esta vez, después de haber
retirado las malezas, Quispe enterró la azada y al levantarla apareció una papa
algo mayor que la otra y de un color amarillento.
Como les iba diciendo-
prosiguió- cultivamos tantas variedades de papas porque cada una está adaptada
a ciertas condiciones de altura, temperatura, humedad, cantidad de horas de sol
y tipo de suelo. Pueden imaginar que es cansador subir todos los días a cuidar
los cultivos. Por suerte requieren poco cuidado, pero como tenemos que atender
a todas las variedades, siempre hay que estar subiendo a los cerros. Se hace
necesario plantarlas a todas porque siempre perdemos la cosecha de unas cuantas
parcelas.
¿Y por que se pierden Quispe?
Preguntó Fermín.
Porque no se sabe como va a
ser el año y, como dije, debemos
plantarlas a todas, para asegurarnos que siempre haya variedades que
prosperen sea el año lluvioso o seco, frío o templado, y por eso mismo también,
siempre habrá variedades que se pierdan.
Es cierto que hay papas mas
grandes que éstas, que crecen en las laderas de mejor suelo, pero en ocasiones
las hemos perdido y nos han salvado del hambre las pequeñas, las que por su
tamaño serían despreciadas en los supermercados de las ciudades.
Y Quispe Agregó: ¿ Se
sorprendieron por la cantidad de variedades que tenemos en Sumallacta? Pero les
digo que no creo que nadie sepa cuantas variedades de papas hay, porque en las
comunidades vecinas, mas cercanas al Ausangate, cultivan cientos que no
prosperarían aquí. El Perú, en algún momento debió tener varios miles de
variedades.
¿Bajamos, muchachos?
Antes de llegar a casa verán
dos o tres parcelas de maíz.
Y así fue como bastante mas
abajo, teniendo ya a la vista a la comunidad, visitaron las parcelas de maíz,
las que también les guardaban una sorpresa.
Al abrir las primeras
mazorcas, que resultaron ser de unos cuarenta centímetros de largo, pudieron
ver que eran de los colores mas insólitos.
Las había grises con algunos granos amarillos, negros y morados
esparcidos, otras eran rojo oscuro con algunos granos violetas y blancos, otras
eran del familiar color amarillo, pero con algunos granos negros y lilas…
No sabíamos que el maíz creciera tanto, ni que hubiera mazorcas tan
coloridas – comentaron los chicos mientras las admiraban.
Sucede lo mismo que con las papas. ¿ No es así Quispe? – dijo Vanesa.
Efectivamente – asintió Quispe retomando el descenso. Había miles de
variedades de estas plantas, - el maíz es originario de tu país Fermín- que
eran las adecuadas para los distintos suelos de nuestra América y resistían
“nuestras” enfermedades…
¿Por qué dijo había, en vez de hay? Preguntó Fermín mientras entraban en
la comunidad.
Porque antes había muchas mas. Hay comunidades que ya no plantan su maíz
o sus papas y como esas variedades eran propias de esos lugares, al entrar en
desuso se perdieron. Hoy están extintas, luego de todo el tiempo que les llevó
a nuestros antepasados conseguirlas, hoy ya no existen mas.
¿Pero que comen ahora en esas comunidades? - Preguntó Vanesa.
A veces muy poco. Fueron impresionados por la gente de afuera que les
vendió semillas de muy lindo aspecto, pero que no sirven para la montaña. Ellos
deben trabajar mas que nosotros, porque esas variedades se apestan
frecuentemente y eso los obliga a comprar agroquímicos para “curarlas. Lo peor
es que esa gente tiene que volver a comprar semillas cada año, porque al ser
producidas artificialmente no dan buena semilla y en las comunidades hay poca
platita…
Entonces Fermín preguntó:
¿Pero en esas comunidades no se dan cuenta de que esas variedades no les
sirven?
No se, a veces a la gente le cuesta ver con claridad las cosas mas
sencillas. ¿Acaso en tu ciudad, en la Ciudad de México la contaminación no es
abrumadora y sigue llegando gente nueva cada día? -Contestó Quispe.
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