Comenzaron a subir lentamente por una ladera de aquella gran montaña.
Cada tanto, oían el sonido seco producido al quebrarse un bloque de hielo y
luego de unos segundos, el “trueno” producido
al chocar contra las rocas de abajo.
Atravesaron un claro del bosque, anegado en parte, donde abundaba el
pasto y los árboles eran bajos y tortuosos. Allí levantaron vuelo unos
cauquenes, aves propias de la Patagonia, parecidas a gansos.
Donde el bosque comenzaba de nuevo, había unas altísimas coníferas que
sobresalían al menos veinte metros por encima de los otros árboles. Eran
alerces, los árboles mas longevos de América del Sur.
Su majestuosidad se veía realzada por el hecho de que no eran mas de
doscientos y estaban agrupados entre el claro y el bosque oscuro de coihues.
No habían visto alerces antes y no volverían a ver otros en toda la
caminata.
La mayoría de los alerces ya han sido cortados para hacer tejas de
madera.- explicó Andrea a los chicos-. Hoy se conservan casi únicamente en
algunos parques nacionales de Argentina y Chile.
Se acercaron a los mas grandes y tocaron sus rugosos troncos. Aquellos árboles
no podían ser mas rectos.
Tardan mucho en crecer.- dijo Sebastián mientras tomaba un palo del
suelo- Lo cortó para que quedara del largo de su brazo y se fue retirando del
árbol que parecía ser el mas alto.
Mantuvo el palo hacia arriba, en posición vertical, formando un ángulo
recto con su brazo estirado hacia adelante. Mientras así sostenía el palo, iba
caminando hacia atrás hasta que, a sus ojos, coincidieran la punta del árbol y
la del palo que sostenía. Marcó en el suelo donde estaba parado y se dirigió
hasta la base del alerce mientras iba contando los pasos de un metro que daba.
La distancia medida en pasos sería igual a la altura del árbol.
Tiene unos cuarenta y cinco metros de alto.- sentenció al llegar a la
base del árbol. ¡Y dos metros y medio de diámetro!- agregó Andrea- quien, con
los chicos, había medido el grosor del tronco con el uso de una cinta
diamétrica.
Debe tener unos mil seiscientos años. Estimó Sebastián.
¡Tantos años! –exclamaron sorprendidos los chicos.
Si, tantos, y sin duda es uno de los mas viejos que existen ahora- dijo
Andrea-, pero han sido cortados algunos de mas de dos mil años.
Es fácil decir “dos mil años”,- Sebastián miraba alternadamente a los
chicos, a Andrea y al árbol- pero ¿se imaginan como sería este lugar cuando
éste árbol tenía, digamos, un metro de altura?
Y sin esperar respuesta siguió: había mas hielo en las montañas, los
indios poblaban estos bosques, buscando siempre los mejores lugares para
habitar en las diferentes estaciones del año, había muchos mas animales
silvestres, la atmósfera del mundo era mucho mas límpida que ahora y no había
ni una bolsa de plástico en todo el mundo. Alguna vez vendré hasta aquí y me
quedaré bajo estos árboles, solo, para meditar sobre lo que acabo de decir.
Debería quedarme no menos de una semana, para poder compenetrarme con el lugar.
¿Y yo no podría acompañarte esa vez? -Preguntó algo melosa Andrea,
impresionada por ese romanticismo.
No se,- contestó inesperadamente Sebastián- Tu me traerías a la realidad
actual demasiado pronto.
¡Ejem! Hablando de todo un poco- interfirió Fermín- ¿aquello es humo o
una nube?
Parece humo,- dijo Sebastián incorporándose con rapidez- ¡Si, es humo!
Gritaron al unísono los guardaparques.
Parece salir de un lugar que no hemos recorrido ni nosotros ni ninguna
de las demás patrullas programadas- agregó Andrea.
Huemul llamando a cóndor…huemul llamando a cóndor. Sebastián llamaba a
la base.
Caramba, no me reciben. Las montañas interfieren con las ondas de radio,
subiré un poco mas, ustedes quédense aquí mismo.
Huemul llamando a cóndor…huemul llamando a cóndor ¿me copia?...
Sebastián repetía la llamada mientras seguía subiendo por la ladera del
Tronador.
Un incendio en el bosque de la Patagonia puede provocar daños que
demoren cientos de años en repararse, si se quemaran los alerces, por ejemplo.
Por eso, Sebastián corría hacia arriba esquivando ramas y saltando sobre rocas,
deteniéndose cada tanto para hacer otro intento de comunicación. Un padre
corriendo para salvar a su hijo no se hubiera desplazado con mayor rapidez.
¡Huemul llamando a cóndor! – repitió Sebastián, esta vez en tono de
queja, aunque bien sabía que no era culpa de cóndor que hubiera dificultad en
la transmisión.
Aquí cóndor- se escuchó por fin la respuesta- ¿Cómo anda huemul? Cambio.
Sebastián largó un gran suspiro de alivio.
Hay una fumarola aparentemente a quince kilómetros al suroeste del
López. Nosotros ya estamos en la ladera norte del Tronador. El viento irá
trayendo el incendio para acá. Cambio.
¡Uy! Suban hasta el refugio – ordenó cóndor- Desde allí podrán ver como
sigue el incendio y estarán a salvo. Mantenme al tanto de cómo va la cosa
mientras organizamos el combate. Abrazo para todos. Cambio y fuera.
Abrazo para ti también, Cambio y fuera.
Sebastián corrió por el bosque ladera abajo hasta reencontrarse con
Andrea y los chicos.
Pude lograr la comunicación. Tengo orden de que vayamos directo al
refugio. Desde allí iremos comunicando a cóndor hacia donde se dirige el
incendio.
Por primera vez apretaron la marcha. Ahora sí era necesario hacerlo.
¡Que lugar para un incendio! Se lamentó Andrea, ¿Se dan cuenta? Justo
amenaza a los pocos pudúes y alerces que quedan.
A las tres horas de caminar, durante las cuales solamente tomaron muy
breves descansos, llegaron al filo de una ladera.
Del lado opuesto al que ya conocían, se encontraba el mayor precipicio
que Vanesa y Fermín hubieran visto en sus aventureras vidas. Quedó así
inmediatamente explicada la magnitud de las aparentes explosiones del Tronador.
Los hielos perpetuos que cubrían gran parte de la montaña se rajaban en
enormes bloques al borde de una altísima pared de piedra. Parte del hielo se
derretía, formando dos finas y espléndidas cascadas de unos doscientos metros
de altura. Pero la mayor parte del hielo se desplomaba.
La brisa de los días anteriores se había intensificado y ya constituía
un viento moderado. Cosa nada buena, porque el viento expande el fuego con
rapidez.
La columna de humo era ahora mucho mas oscura, mas gruesa, por tanto mas
amenazadora y avanzaba hacia ellos.
Estaban por encima del nivel del incendio, algo nada recomendable si el
bosque continuara hasta allí, pero no era el caso.
A medida que subían, la lengas se iban haciendo mas y mas bajas. Era
interesante ver que la misma especie de árbol que alcanzaba veinticinco metros
de alto en los sitios que recorrieran hasta hacía dos horas, ahora alcanzaba
apenas uno, formando matorrales aislados aquí y allá.
Al rato, alcanzaban por segunda vez en el patrullaje la zona desnuda de
una montaña.
La faja de roca y pasto ralo se extendía por varios cientos de metros y
mas arriba estaba la inmensidad blanca de los glaciares que partían de la cima
de la montaña.
Ya se veía el refugio, una cabaña de madera situada en un lugar tan
insólito como pintoresco. Se hallaba sobre la roca y a escasos metros del frente del hielo.
Un hombre estaba ante la puerta y parecía observar con preocupación la
columna de humo.
¡Tenemos problemas Colo!- fue el saludo que dio Sebastián al cuidador
del refugio.
¡Hola barbudo!- fue el saludo de Andrea.
¡Uy, que linda visita! - contestó el refugiero, mientras abrazaba a los
guardaparques, zarandeándolos un poco con tierna rudeza. ¿Así que éstos son
Fermín y Vanesa? Gusto en conocerlos muchachos. Lamento que la fiesta se
termine- agregó, mirando en dirección al incendio.
¡Vamos para adentro! Los invito con una buena taza de chocolate
caliente.
Andrea le hizo una guiñada a Vanesa, mm, chocolate en una cabaña de
madera, te vas a querer quedar a vivir aquí.
Una vez sentados a la mesa y sintiendo el regocijo que nos da el
descanso luego de una caminata extenuante y mas si hay chocolate de por medio,
se inició la conversación.
Disculpen el pan- dijo el Colo- se me quemó un poquito hoy.
¿Estás loco, que va a estar quemado?- contestó Sebastián.
El fuego avanza rápido- dijo Vanesa-
Tuvimos suerte de que no se haya iniciado ayer- dijo Andrea- si no, no
se como estaríamos ahora.
Habríamos corrido- dijo Fermín.
Si, claro, se puede hacer eso- aclaró Sebastián- pero a veces, aunque
corras, el incendio puede atraparte.
¿Y como es posible eso?- preguntó el chico-
Primero porque te cansas, segundo porque corriendo es mas fácil
desorientarse o lastimarse al tropezar con una rama caída y tercero, porque
generalmente, en este tipo de bosque, saltan trozos de madera encendida, los
que pueden ir formando otros focos de incendio y dejarte encerrado por el
fuego.
Atento huemul…atento huemul…cóndor llamando…
Aquí huemul – contestó Sebastián.
¿Cómo va el incendio? Cambio
El fuego se sigue acercando. Ahora está ampliando su frente, cambio.
¿Podés estimar el ancho de la cabeza del fuego? Cambio.
Negativo cóndor, me tapa una ladera, pero no creo que tenga menos de dos
kilómetros. ¿van a mandar avión de reconocimiento? Cambio.
Negativo huemul, no lo he podido conseguir hasta ahora, pero seguiré
solicitando el vuelo. Cambio.
El problema es que es pleno bosque y en terreno muy quebrado, va a ser
casi imposible combatir el incendio con éxito si solamente mandas gente.
Necesitamos un avión hidrante. Cambio.
Lo sabemos huemul, por eso también he pedido el avión hidrante, no
podemos mandar a la gente aun combate tan peligroso y con tan pocas
probabilidades de éxito. Cambio.
El problema es que el viento sigue soplando fuerte y avivando el fuego.
No veo otra forma de combatir este incendio que con avión. Lo estaremos
esperando, asi que por favor cóndor sigue insistiendo con el pedido. Cambio y
fuera.- dijo Sebastián.
Los chicos habían simpatizado con el refugiero.
Para bajar la tensión del momento, el Colo invitó a todos a esconderse
dentro de la cabaña para que vieran como atraía a los cóndores.
Salió con un buen trozo de carne y lo zarandeó en el aire para llamar la
atención de dos cóndores que planeaban a cierta distancia.
Luego se sentó en una sillita que tenía al lado de una roca prominente,
a escasos metros del refugio y se quedó quieto.
No tuvieron que esperar mucho. Los cóndores comenzaron a bajar,
planeando en círculos y en menos de cinco minutos, uno de ellos, el macho, ya
estaba posado sobre la roca, pareciendo tener el mismo tamaño que el hombre que
estaba a su lado.
El Colo, muy despacito, extendió la mano ofreciéndole un trozo de carne.
El amo de las alturas lo tomó, tragándolo enseguida.
El segundo cóndor, la hembra, no aceptaba todavía la carne de manos del
hombre, pero si cuando el Colo la dejó sobre la roca.
Entonces, aun sentado, el Colo se dio vuelta mirando hacia el interior
de la cabaña y viendo a los chicos que lo observaban boquiabiertos dijo: a esta
ya la voy a domar.
Sebastián y Andrea se comunicaban con frecuencia con cóndor para pedir
noticias, pero no había novedad del avión que desde hacía horas podría haber
estado lanzando agua sobre el fuego.
Al caer la tarde no se sabía si los rojos del cielo se debían al
incendio o al propio atardecer.
La gran masa de humo se confundía con las nubes y por primera vez lo
olieron, haciendo mas vívida la sensación del desastre que sucedía en el
bosque.
Esa noche estuvo muy fría. No era para menos, estaban al borde del hielo
eterno, pero en realidad se agregaba otra razón.
Andrea no pudo dormir bien, debido a la preocupación por el bosque que
se quemaba mas y mas a cada minuto. Dio vueltas y vueltas en su sobre de dormir
hasta que ya de madrugada abrió la puerta de la cabaña y salió a la noche
gélida.
El corazón le dio un vuelco.
Todo estaba blanco y el viento había cesado. Grandes copos de nieve
caían como jugando, demorándose en tocar el suelo.
Nunca se había alegrado tanto de ver una nevada. Era muy probable que
aquel ejército silencioso de copos blancos estuviera apaciguando el incendio, y
si la nevada continuaba terminaría con él.
Volvió corriendo para despertar al también mal dormido Sebastián.
Seba, Seba, despertate, creo que se terminó.
¿Se terminó? ¿Qué cosa se terminó? Dijo él levantando la cabeza.
El incendio. Está nevando y mucho.
A la mañana siguiente reinaba el júbilo.
El ya espectacular paisaje que habían disfrutado el día anterior estaba
realzado por el blanco que reinaba sobre todas las cosas. Hasta donde alcanzaba
la vista todo estaba cubierto de nieve y la gran columna de humo ya no existía.
Pocas veces una nevada temprana había sido tan beneficiosa.
Vanesa pensó que la mamá pudú y su cachorrito se habrían salvado del
incendio y los imaginó a salvo en el cañaveral.
Las caras de alegría de aquellos cinco seres humanos no se encuentran
todos los días.
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