Al ver que Gustavo, su nexo con la civilización, estaba mal, Vanesa y
Fermín de pronto se sintieron solos, y quizás solo entonces tomaron conciencia
de que se encontraban en el centro de una interminable extensión de selva, muy
lejos de todo lo que les era familiar.
Pensaron mas en sus padres y se arrepintieron de haber aceptado ir hasta
allí.
Sí, ya no era lo mismo, el hombre que debía regresarlos al mundo parecía
muy enfermo, y tampoco contaban ya con un traductor que les permitiera
facilitar su comunicación con los indios.
Hubieran podido avisar por radio lo sucedido, de no haber sido que, para
mayor seguridad de los chicos, Gustavo había llevado la radio a la partida de
caza. Al volver, mientras cruzaban un pequeño arroyo por encima de un tronco,
la radío se había caído al agua. El incidente no había preocupado mucho a
Gustavo, convencido de que tal como estaba planificado se irían en dos días y
todo estaba saliendo tan bien…
Al notar lo nerviosos que estaban los chicos, Take-é, con su prodigiosa
facultad para hacerse entender, les indicó que todo estaría bien. Pero el
llanto incipiente de Vanesa sólo se acalló cuando Guiraoa se acercó con el
sigilo de quien se aproxima a un venado, y le tomó la mano.
Al presenciar eso, Fermín sintió una leve presión en el pecho. El joven
Wainomami había logrado consolarla antes que él.
¿Vanesa le gustaba desde antes y no se había dado cuenta? ¿Era solamente
su compañera de viaje o sentía por ella algo mas?
Fermín estaba aprendiendo que los momentos difíciles, los momentos
críticos, nos hacen liberar lo que tenemos enjaulado en el corazón.
¡Como no iba a quererla luego de todo lo que habían vivido juntos!
Vanesa, atendida por Guiraoa, tuvo un momento de calma y cosa curiosa,
lo dedicó a pensar en Fermín.
Si, sin duda Fermín estaba raro.
¿Pensará que quiero algo con Guiraoa? Se prometió que en cuanto pasara
el problema, que no bien se curara Gustavo, hablaría con él.
Jabotí arandú ya se había expedido: La planta medicinal que Gustavo
necesitaba, solamente crecía entre las rocas de una quebrada situada al otro
lado de la Sierra de Tapirapecó. Él ya estaba viejo y podría no regresar, por
eso debían acompañarlo.
El chamán lamentó no contar en su choza- que constituía toda una
farmacia- con unas hojas secas de esa planta. Había creído ya desaparecida esa
extraña enfermedad y no recordaba cuando había atendido por última vez a un
Wainomami que la padeciera. El anciano aprovecharía la expedición para
conseguir otras plantas propias de la lejana quebrada. Con ello, aumentaría el
legado que dejaría en manos de su ñieta Ariñarí, quien lo sucedería en su
chamanismo.
Quizás ésta sea mi última gran caminata- pensó Jabotí arandú y rió al
ocurrírsele que no sabía si había llegado a ser sabio, pero que pronto ya
caminaría como una tortuga. Pero como generalmente hacen con sus pensamientos
los curanderos o chamanes, no lo comentó con nadie.
Ya de chico, Fermín siempre se había sentido atraído por la forma del
mapa de Sudamérica, pero lo que mas le gustaba era la gran región de la
Amazonia, que aparecía de color verde
claro. Había aprendido los lindos nombres de la mayoría de sus ríos y el de sus
pocas sierras. Estando acostado sobre la alfombra de su cuarto había sentido
que lo atraía lo ignoto. También había sentido, mas de una vez, que en aquella
selva había una promesa de aventuras que no debería perder.
Quizás por eso, el ver los preparativos de los indios para ir en busca
de la planta salvadora, le ayudó a olvidar que el problema de Gustavo era
también el suyo y el de su querida amiga.
Sabía que no podía ir.
Por un instante, sólo un instante, sintió que se le escurría por los
dedos la aventura mas grande de su vida, la posibilidad de recorrer, junto a
sus ya entrañables Wainomami, las cumbres y quebradas de una de las sierras mas
apartadas del mundo.
¡Quien sabe que ocultas picadas de la selva caminarán quienes acompañen
al sabio Jabotí arandú!- pensó Fermín casi con la nostalgia de quien ya ha
andado por ahí.
En él, vida adulta comenzaba a abrirse paso de a momentos, pero todavía
predominaba la infancia. Se consoló pensando que quizás, mejor dicho, sin duda,
dentro de pocos años podría regresar a la aldea y participar en una expedición
similar a la sierra.
Lo que ni Fermín ni Vanesa imaginaron, fue que aún para los Wainomami el
emprendimiento era un desafío. El otro lado de la sierra quedaba fuera de su
territorio y pertenecía a otra tribu, enemistada con ellos desde el inicio de
la memoria de los hombres. Pero estaba en juego la vida de un hombre, la del
amigo Gustavo que tanto quería protegerlos. Ahora, ellos, los Wainomami
intentarían protegerlo a él.
Guiraoa, consternado por la triste expresión de Vanesa, se presentó ante
Take-é y en un lenguaje de enamorado, que se salía de las normas habituales que
la tribu tenía para hablar con su jefe, le pidió que le permitiera ser parte de
la expedición.
Take-é, ignoró la arrogancia del jovencito, pero recordando su propia
necesidad de demostrar hombría y valor ante la mujer que había elegido, le
concedió el permiso.
Cuando estaban por partir, Guiraoa buscó a Vanesa y
le tocó un hombro en señal de despedida.
. La miró a los ojos y le dijo unas palabras que ella jamás entendió y
que nunca olvidaría. La expresión de Guiraoa era de esperanza y comenzó a
quererlo.
De modo que los dos amigos quedaron en la aldea acordando velar a
Gustavo por turnos, aunque en realidad se lo pasaban juntos.
Fue en uno de esos momentos que Vanesa sacó el tema de Guiraoa.
Para su sorpresa, a diferencia de otras veces, Fermín la dejó hablar,
quedando expectante en el par de silencios que Vanesa efectuó para elegir
palabras. Cuando ella pareció haber terminado la abrazó.
Fue uno de esos abrazos largos, francos, esperados y no medidos, que se
dan pocas veces en la vida, pero que la mayoría de las personas quisiera gozar
mas a menudo.
Un beso suave se abrió paso y quedó guardado para siempre.
No tenían idea de cuanto podía demorar el regreso de la expedición
trayendo la planta de la esperanza. Por eso Fermín se acercó a la choza de
Take-é y, al verlo salir, extendió un brazo en la dirección a donde habían ido.
El jefe comprendió de inmediato. Agachándose, dibujó siete rayitas en el
suelo, dándole a entender que cada una representaba un día de viaje.
Gustavo seguía débil y dormía mucho, pero cada tanto podía hablar con
lucidez y beber algo. Le costaba tragar comida y su organismo solamente
aceptaba pequeños trozos de pescado.
¡Esto si que está bueno!- había dicho lentamente en una oportunidad-
Probar en carne propia la necesidad de mantener los conocimientos que tienen
los indígenas sobre las plantas medicinales… ¿Que casualidad no?
Yo quise traerlos hasta aquí para que vieran como vive esta gente. Para
que contaran al mundo lo felices que son, lo bien alimentados que están y la
buena medicina que practicas ¡ y me toca a mi enfermarme!
¿Cómo estás Gustavo?- preguntó Vanesa entrando a la choza una mañana-
Contento.
¿Contento?- se sorprendieron los chicos-
Sí, estoy contento ¡que vaina! – dijo con voz suave- Si me muero, este
es el lugar que hubiera elegido y a ustedes los propios Wainomami los sacarían
de aquí. Y si me salvo, habré nacido de nuevo gracias a la antigua cultura de
esta maravillosa tribu.
La séptima raya ya había sido borrada del suelo y el atardecer llegó sin
los esperados expedicionarios. El octavo día parecía desarrollarse mas
lentamente que los anteriores.
A media mañana una mujer gritó y en seguida, la aldea entera se dirigió
a una de las picadas de acceso. Habían vuelto.
Sin reparar en su cansancio, Jabotí arandú entró en su choza sagrada
para preparar rápidamente la poción.
Salió luego de media hora, con la prometedora medicina en un cuenco y se
la dio “al amigo”, que yacía durmiendo.
Guiraoa, algo alejado, observó como Vanesa y Fermín daban muestras de
agradecimiento al sabio anciano y a cada uno de los expedicionarios, hasta que
se acercaron a él y le tocaron un hombro cada uno y a la vez.
Luego de eso, Fermín se retiró.
Guiraoa quedó frente a la mujer que tanto lo había inspirado durante la
caminata y le tendió una bolsa de fibra vegetal, indicándole con un ademán que
la abriera.
Un arrebato de ternura embelleció mas la cara de Vanesa- un premio
esperado por Guiraoa-. La bolsa contenía un pichón de guacamayo rojo que no
tardaría en volar. El joven había arriesgado su vida al trepar por el tronco
decrépito del árbol, donde en lo alto, se encontraba el hueco que constituía el
nido.
Al encontrar el nido, le había parecido que un pichón del ave de la
alegría sería el mejor regalo para la chica que ocupaba su corazón y su mente a
toda hora.
Tras el primer golpe de alegría, Vanesa sintió lástima por aquel gran
pichón y se propuso cuidarlo y alimentarlo hasta que Gustavo estuviera sano.
Luego le pediría que éste le explicara a su pretendiente que el lugar del ave
era la selva. Que el ave de la alegría debía estar alegre ella misma, volando y
gritando en la inmensidad del cielo amazónico.
Con el paso de los días Gustavo fue mejorando.
Los chicos ya estaban contentos de nuevo y se divertían en el río junto
a los demás. A Fermín le enseñaron a tirar con arco y ya había cazado iguanas
que estaban sobre los árboles a la vera de la huerta.
Por su parte, Vanesa acompaño muchas veces a los niños y mujeres a
cosechar las diferentes frutas y verduras y le enseñaron a hacer vasijas de
cerámica.
Una mañana Gustavo se sintió mejor que nunca en la vida- según dijo- y
decidió partir sin mas aprontes.
Debían ganar tiempo, porque habían estado incomunicados durante muchos
días y los padres de los chicos estarían muy preocupados. Por suerte esta vez
irían río abajo o sea, mucho mas rápido.
No quiso dar a conocer mucho la partida, porque las despedidas le parecían
tristes (lo mismo que a los Wainomami) y confiaba en la espontaneidad de los
saludos rápidos.
Subieron a la canoa que los llevaría de vuelta hasta el Casiquiare. Por
supuesto, Guiraoa estaba de nuevo entre los remeros.
Esta vez hubo menos risitas fingidas durante el viaje, pero hubieron mas
miradas. Las manos de Guiraoa y de Vanesa se las arreglaron para tocarse en la
borda de la canoa mas de una vez.
Luego de varias horas de río, coloreadas por hermosas aves, mariposas y
flores, llegaron a donde habían dejado
escondida la lancha.
Aparecieron lágrimas en varios pares de ojos.
Vanesa se contrarió por no haber aprendido mas que unas pocas palabras
aisladas en el idioma Wainomami y tener que pedir que se expresaran por ella.
Fue así que Gustavo tradujo por última vez:
Ella dice que siempre te recordará con mucho cariño. Te pide que
continúes criando al pichón y que lo liberes cuando crezca.
Luego de escuchar al joven, Gustavo tradujo:
Dice que así lo hará y que te
recordará cada vez que vea pasar volando una pareja de guacamayos rojos.
Las últimas palabras fueron de Vanesa: ¡Jabao goianaca! Gritó no bien se
separaron ambas embarcaciones.
Del libro de viaje de Fermín:
Esta fue sin duda la mejor
aventura. Me encantaron los indios, algún día voy a volver. Cuando Gustavo cayó
enfermo me sentí desvalido y por primera vez en la misión sentí que había sido
un error aceptar venir al corazón de la selva.
Pero lo extraño es que no bien
se curó y estábamos seguros de poder volver a casa, me dieron ganas de haberme
quedado con los Wainomami unos días mas.
Descubrí que me gusta mucho
Vanesa y como ya nos besamos, creo que pese a que nuestro viaje ya termina
volveremos a encontrarnos. Me encantaría, hasta tanto la extrañaré mucho.
¡menos mal que existe el mail!
No se como pero hay que parar
definitivamente la tala de la selva. Voy a terminar mis estudios y me prometo
que al igual que Gustavo voy a luchar por la selva y sus indios.
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