Acá vamos a parar un rato- dijo Sebastián- Hay que aprovechar bien cada
patrulla. Los guardaparques no somos muchos y cada vez se nos hace mas difícil
organizar bien las recorridas.
Sebastián anotó las especies de pájaros que habían visto y el número de
ejemplares de cada una. Andrea explicó a los chicos que debían estar atentos a
todo, porque la misión del parque nacional era proteger toda la naturaleza en
forma integral.
¿Por qué anotar datos sobre las aves? Porque los pájaros influyen sobre
el bosque, el bosque sobre ellos y la gente sobre los dos, había dicho.
Para proteger mejor el bosque debemos estar atentos a muchas cosas-
siguió Sebastián- observar las aves, los otros animales, ver si hay rastros de
cazadores o caminantes, o si dejaron desperdicios…
Al ir subiendo se habían estado acercando al bosque de color morado, el
que ahora se veía mucho mas prometedor.
En diez minutos estarían allí.
Una curva cerrada del sendero disimuló un poco el hecho de que ya dejaban
atrás a los últimos cohiues y de buenas a primeras ingresaron en el bosque de lengas.
¡Que colorido!
Muchos de estos grandes árboles de troncos rectos tenían todas las hojas
rojas, otros las tenían naranjas, otros amarillas y otros doradas. Aun había pocas
hojas caídas.
Un gran pájaro carpintero negro, de cabeza y copete rojos, les dio la
bienvenida al nuevo paisaje. Picoteó con fuerza una rama delante de ellos, como
para asegurarse de que lo habían visto e inmediatamente, como arrepentido, giró
sobre la misma rama para ocultarse.
Allí, la abundancia de ramas secas y troncos caídos era mayor que en el
bosque de abajo y cada tanto se cruzaban sobre el sendero.
Un pequeño curso de agua facilitó la acampada para la primera noche.
Buscaron un sitio llano, donde no hubiera necesidad de cortar ninguna
planta y encontraron uno pequeño, sin rocas en el suelo, y eso es importante
para que no molestaran al dormir. Retiraron las ramas secas que había y armaron
la carpa para sentirse en casa. El fuego lo hicieron a varios metros de la
carpa y en el centro de un círculo libre de ramas y hojarasca. Inmediatamente
fueron a buscar agua, para el té, para cocinar y para tenerla a mano por si el
fuego no se comportaba debidamente.
¡Atento cóndor! ¡Atento cóndor!- Sebastián estaba reportándose por
radio.
¡Huemul llamando a cóndor!...
Aquí cóndor, ¿Cómo anda huemul? Cambio- fue la respuesta.
Todo bien. Acamparemos cerca de la cumbre del Cerro López, tal cual lo
planeado. Cambio.
Me alegro, dale mis saludos a Andrea, a Vanesa y a Fermín. Que pasen
bien la noche. Cambio y fuera- contestó cóndor.
Luego de cenar apagaron el pequeño fogón. Primero restregaron los palos
encendidos contra la tierra. Luego los rociaron con el agua de sus
cantimploras. ¡Si todo el mundo hiciera lo mismo!
A la mañana siguiente completaron la subida al Cerro López. Cuando el
bosque ya no pudo crecer debido a la altura, dejó paso al pedregal y al poco
rato de caminar por él, Vanesa y Fermín pisaron nieve por primera vez.
Una guerrilla había sido fríamente planificada un rato antes por las
chicas, y por eso, no bien llegaron, a Fermín le acertaron dos suculentas
bombas de nieve en la cabeza y a Sebastián una en la espalda.
Las risas y el espontáneo júbilo llegaron al colmo cuando en su apuro
por hacer mas bombas de nieve, Vanesa resbaló en la pendiente nevada. Primero
un metro, luego dos. Pero al ver que la niña seguía resbalando, todos dejaron
de reir.
¡Abrí los brazos y las piernas! –le gritaron los guardaparques.
Al hacerlo, Vanesa generó mas roce en la nieve, comenzó a deslizarse mas
despacio y finalmente se detuvo.
Sebastián le lanzó una cuerda y mientras Sebastián la sostenía, Andrea
fue al rescate.
Cuando ambas volvieron a subir, Andrea y Sebastián se miraron sin decir
nada.
Si la niña hubiera seguido resbalando quince metros mas, habría salido
despedida por una rampa de hielo que la habría lanzado al precipicio.
Entre ellos hablarían sobre el tema mas tarde: La confianza suele ser
peligrosa en las montañas. En adelante tendrían que ser mas precavidos.
Todas las montañas tienen un lado por donde es mas fácil subir y por él
llegaron a la cima.
El gran bloque de hielo del Tronador, la montaña mas alta de la zona,
sobresalía magnífico. A lo lejos, ya en Chile, podía verse el volcán Osorno
formando un cono perfecto.
Estando allí vieron el primer cóndor. El ave ya había completado su
desarrollo, pero si bien era enorme, Sebastián dijo que era muy joven. Era muy
curioso y planeó un rato observando al grupo.
Ahora si que empieza la patrulla- dijo Andrea.
¿Cómo? ¿Recién ahora?- se admiró Vanesa.
Es un decir- dijo Sebastián- Sucede que a nosotros
nos gusta recorrer los
Es un decir- dijo Sebastián- Sucede que a nosotros nos gusta recorrer
los sitios mas apartados y lamentablemente no lo podemos hacer muy seguido.
¿Por qué no?- preguntó Fermín.
Porque cada año llegan mas visitantes y como la mayoría de ellos se
queda en las cercanías de Bariloche, la mayor parte de los guardaparques
tenemos que quedarnos para atenderlos. Eso trae problemas, miren ¿ven esas
laderas sin árboles? Hasta hace tres años los tenían, pero unos caminantes
inconscientes dejaron mal apagado un fogón y el incendio duró cinco días.
¿Y como hicieron para apagarlo? –Preguntó Fermín.
Lo combatimos guardaparques y voluntarios- contestó Andrea- uno de estos
últimos murió quemado al querer evitar que el fuego tomara otra ladera. Nos
faltó equipo y gente. Sobretodo faltó la prevención, o sea, entre otras cosas
recorrer el bosque en busca de acampantes en lugares no habilitados. Una vez
que se crea un incendio es muy difícil combatirlo.
Andrea y Sebastián quedaron pensativos un momento.
Sigamos, dijeron luego.
Poca gente conocía los pasos de montaña que comenzaban a transitar
ahora. Al ser poco usados, los senderos no eran fáciles de seguir, porque a menudo
se desvanecían en el bosque, reapareciendo a veces y perdiéndose definitivamente
otras. Por eso, con frecuencia Sebastián tomaba el machete y se perdía de vista
por un rato, reapareciendo luego con el camino ya marcado para continuar.
Estas interrupciones se hicieron mas frecuentes al tercer día de
caminata, ya cerca de la base del Tronador.
Habían penetrado en un bosque totalmente distinto a los ya recorridos.
Éste, aparte de los árboles, tenía un espeso cañaveral de tres metros de
altura.
Iban cruzando el barrial que a veces forman en sus orillas los
torrentes, cuando Sebastián se detuvo:
Miren, ¡miren!- dijo pareciendo muy concentrado- Hay huellas de pudú…
¿Qué es un pudú?- preguntaron Vanesa y Fermín-.
Es un pequeñisimo ciervo coloradito- contestó Andrea- Solo viven en
estos bosques y son muy raros. Muchos de los guardaparques de la zona nunca los
han visto en libertad y yo soy una de ellos.
Y yo lamentablemente soy otro.-dijo Sebastián.
Yo también quisiera ver uno- deseó Vanesa.
¿Te contentarías con tener flores bonitas a la vista mientras paramos
para almorzar? – Le preguntó Sebastián.
¿Y de donde me las vas a traer?- dijo Vanesa, quien ya se veía
recibiendo un ramillete.
No pienso traerte ninguna.?Te olvidaste de que los guardaparques no
arrancamos flores?
Sebastián siguió el curso del torrente, guiando la patrulla por unos
cien metros mas. Allí, a ambos lados del agua, había muchos arbustos
atiborrados de flores de intenso color rosado y violeta.
¡Cuantas Fucsias!- exclamó Andrea.
Ya veo a que flores te referías- dijo Vanesa, mirando a Sebastián-
estuvo bueno salirse del sendero para llegar hasta aquí.
¡Miren! – señaló Fermín- Allí hay un picaflor de cabeza roja.
¡Que lindo! Y allá hay otro- dijo Vanesa.
Y allá otro mas- observó Andrea.
A los guardaparques les gustaban cada vez mas esos chicos. Mantenían el
entusiasmo a toda hora y disfrutaban de los pequeños regalitos que dan las
caminatas. ¡Y estaban haciendo un gran
trabajo al recorrer todo el continente!
Sebastián se acercó a Andrea.
Señorita: ¿Le habría gustado acompañarme en una misión como la que están
haciendo estos chicos?
¿Contigo? Por supuesto, sería lo máximo.- contestó ella.
Si bien en esa región hace bastante frío en otoño, era mediodía y hacía
bastante calor, y como no se puede caminar todo el día, la patrulla aprovechó
para tomarse una siesita de media hora después de comer.
Vanesa decidió aprovechar el descanso retirándose un poco de los demás y
se acostó boca arriba bajo los lazos de una Fucsia.
Cada tanto, el zumbido de un picaflor delataba al avecilla de
resplandeciente frente rubí, que libaba las flores sin percatarse de la niña
que la miraba desde el suelo.
De pronto Vanesa sintió un ruidito como a cinco metros de ella y al
mover la cabeza en esa dirección, vio una cabecita oscura asomando lentamente
entre las cañas.
¡Era el ciervito que deseaba ver! Y como le ha sucedido a tantos
naturalistas, jóvenes o viejos, nóveles o experimentados, cuando se encuentran
ante un animal muy buscado, también Vanesa sintió el torrente de la sangre en
sus venas.
El animalito dio unos pasos,
admirándose ella de la gracia de la silueta y de la cadencia de los movimientos
del pudú. El ciervito olfateó el aire en dirección del fogón, se acercó al
torrente y se detuvo unos segundos con la cabeza en alto.
Vanesa estaba loca de emoción y pensaba que su corazón podía explotar,
pero tal emoción crecería.
Enseguida apareció un cuerpito colorado lleno de manchitas blancas. Si
se había enternecido al ver al pudú, Vanesa casi se derrite al ver a la cría
que se juntó con su madre. Ésta bebió un trago de agua y seguida por su cría, dio
dos saltitos y desapareció atravesando la pared verde del cañaveral.
Todo pasó en escasos segundos.
Como todo viajero que ha visto un animal raro, Vanesa no pudo contener
las ganas de comunicar a los demás lo que había visto, así que despertó a sus
compañeros.
Ya era tarde para que pudieran ver a los pudúes, pero quería hacerlos
participar de su privilegiado avistamiento, al menos compartiría con ellos su
emoción.
¿No lo habrás soñado? – dijo Fermín.
¡Soñado! ¿Crees que estaría tan contenta si lo hubiera soñado?
Bueno, perdón, pero hay sueños muy vívidos.- retrucó él.
¡Que suerte tuviste Vanesa! Gritaron Andrea y Sebastián
¿Ves Fermín? Ellos me creen.
Miren, -dijo Sebastián- hay huellas muy claras, ¡No lo puedo creer, me
lo perdí!
Un excelente registro Vanesa.- La felicitó Andrea.- ojalá algún dia me
toque a mi ver algo así.
Uy, yo también los quería ver.- se quejó Fermín.
Estaban preparándose para continuar cuando oyeron un gran estruendo.
Se aproxima una tormenta- presagió Vanesa.
No, no, ese ruido lo produce el Tronador- dijo Sebastián- cada tanto se
despeñan grandes bloques de hielo de sus glaciares y caen por el precipicio. Ahora
ya saben por que se llama así.
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