lunes, 18 de mayo de 2015

La Misión de Favesa y Fermín, 10



Acá vamos a parar un rato- dijo Sebastián- Hay que aprovechar bien cada patrulla. Los guardaparques no somos muchos y cada vez se nos hace mas difícil organizar bien las recorridas.
Sebastián anotó las especies de pájaros que habían visto y el número de ejemplares de cada una. Andrea explicó a los chicos que debían estar atentos a todo, porque la misión del parque nacional era proteger toda la naturaleza en forma integral.
¿Por qué anotar datos sobre las aves? Porque los pájaros influyen sobre el bosque, el bosque sobre ellos y la gente sobre los dos, había dicho.
Para proteger mejor el bosque debemos estar atentos a muchas cosas- siguió Sebastián- observar las aves, los otros animales, ver si hay rastros de cazadores o caminantes, o si dejaron desperdicios…

Al ir subiendo se habían estado acercando al bosque de color morado, el que ahora se veía mucho mas prometedor.
En diez minutos estarían allí.
Una curva cerrada del sendero disimuló un poco el hecho de que ya dejaban atrás a los últimos cohiues y de buenas a primeras ingresaron en el  bosque de lengas.
¡Que colorido!
Muchos de estos grandes árboles de troncos rectos tenían todas las hojas rojas, otros las tenían naranjas, otros amarillas y otros doradas. Aun había pocas hojas caídas.
Un gran pájaro carpintero negro, de cabeza y copete rojos, les dio la bienvenida al nuevo paisaje. Picoteó con fuerza una rama delante de ellos, como para asegurarse de que lo habían visto e inmediatamente, como arrepentido, giró sobre la misma rama para ocultarse.
Allí, la abundancia de ramas secas y troncos caídos era mayor que en el bosque de abajo y cada tanto se cruzaban sobre el sendero.
Un pequeño curso de agua facilitó la acampada para la primera noche.
Buscaron un sitio llano, donde no hubiera necesidad de cortar ninguna planta y encontraron uno pequeño, sin rocas en el suelo, y eso es importante para que no molestaran al dormir. Retiraron las ramas secas que había y armaron la carpa para sentirse en casa. El fuego lo hicieron a varios metros de la carpa y en el centro de un círculo libre de ramas y hojarasca. Inmediatamente fueron a buscar agua, para el té, para cocinar y para tenerla a mano por si el fuego no se comportaba debidamente.

¡Atento cóndor! ¡Atento cóndor!- Sebastián estaba reportándose por radio.
¡Huemul llamando a cóndor!...

Aquí cóndor, ¿Cómo anda huemul? Cambio- fue la respuesta.
Todo bien. Acamparemos cerca de la cumbre del Cerro López, tal cual lo planeado. Cambio.
Me alegro, dale mis saludos a Andrea, a Vanesa y a Fermín. Que pasen bien la noche. Cambio y fuera- contestó cóndor.


Luego de cenar apagaron el pequeño fogón. Primero restregaron los palos encendidos contra la tierra. Luego los rociaron con el agua de sus cantimploras. ¡Si todo el mundo hiciera lo mismo!

A la mañana siguiente completaron la subida al Cerro López. Cuando el bosque ya no pudo crecer debido a la altura, dejó paso al pedregal y al poco rato de caminar por él, Vanesa y Fermín pisaron nieve por primera vez.
Una guerrilla había sido fríamente planificada un rato antes por las chicas, y por eso, no bien llegaron, a Fermín le acertaron dos suculentas bombas de nieve en la cabeza y a Sebastián una en la espalda.
Las risas y el espontáneo júbilo llegaron al colmo cuando en su apuro por hacer mas bombas de nieve, Vanesa resbaló en la pendiente nevada. Primero un metro, luego dos. Pero al ver que la niña seguía resbalando, todos dejaron de reir.
¡Abrí los brazos y las piernas! –le gritaron los guardaparques.
Al hacerlo, Vanesa generó mas roce en la nieve, comenzó a deslizarse mas despacio y finalmente se detuvo.
Sebastián le lanzó una cuerda y mientras Sebastián la sostenía, Andrea fue al rescate.
Cuando ambas volvieron a subir, Andrea y Sebastián se miraron sin decir nada.
Si la niña hubiera seguido resbalando quince metros mas, habría salido despedida por una rampa de hielo que la habría lanzado al precipicio.
Entre ellos hablarían sobre el tema mas tarde: La confianza suele ser peligrosa en las montañas. En adelante tendrían que ser mas precavidos.

Todas las montañas tienen un lado por donde es mas fácil subir y por él llegaron a la cima.
El gran bloque de hielo del Tronador, la montaña mas alta de la zona, sobresalía magnífico. A lo lejos, ya en Chile, podía verse el volcán Osorno formando un cono perfecto.
Estando allí vieron el primer cóndor. El ave ya había completado su desarrollo, pero si bien era enorme, Sebastián dijo que era muy joven. Era muy curioso y planeó un rato observando al grupo.

Ahora si que empieza la patrulla- dijo Andrea.
¿Cómo? ¿Recién ahora?- se admiró Vanesa.
Es un decir- dijo Sebastián- Sucede que a nosotros nos gusta recorrer los 


Es un decir- dijo Sebastián- Sucede que a nosotros nos gusta recorrer los sitios mas apartados y lamentablemente no lo podemos hacer muy seguido.
¿Por qué no?- preguntó Fermín.
Porque cada año llegan mas visitantes y como la mayoría de ellos se queda en las cercanías de Bariloche, la mayor parte de los guardaparques tenemos que quedarnos para atenderlos. Eso trae problemas, miren ¿ven esas laderas sin árboles? Hasta hace tres años los tenían, pero unos caminantes inconscientes dejaron mal apagado un fogón y el incendio duró cinco días.
¿Y como hicieron para apagarlo? –Preguntó Fermín.
Lo combatimos guardaparques y voluntarios- contestó Andrea- uno de estos últimos murió quemado al querer evitar que el fuego tomara otra ladera. Nos faltó equipo y gente. Sobretodo faltó la prevención, o sea, entre otras cosas recorrer el bosque en busca de acampantes en lugares no habilitados. Una vez que se crea un incendio es muy difícil combatirlo.
Andrea y Sebastián quedaron pensativos un momento.
Sigamos, dijeron luego.

Poca gente conocía los pasos de montaña que comenzaban a transitar ahora. Al ser poco usados, los senderos no eran fáciles de seguir, porque a menudo se desvanecían en el bosque, reapareciendo a veces y perdiéndose definitivamente otras. Por eso, con frecuencia Sebastián tomaba el machete y se perdía de vista por un rato, reapareciendo luego con el camino ya marcado para continuar.
Estas interrupciones se hicieron mas frecuentes al tercer día de caminata, ya cerca de la base del Tronador.
Habían penetrado en un bosque totalmente distinto a los ya recorridos. Éste, aparte de los árboles, tenía un espeso cañaveral de tres metros de altura.
Iban cruzando el barrial que a veces forman en sus orillas los torrentes, cuando Sebastián se detuvo:
Miren, ¡miren!- dijo pareciendo muy concentrado- Hay huellas de pudú…
¿Qué es un pudú?- preguntaron Vanesa y Fermín-.
Es un pequeñisimo ciervo coloradito- contestó Andrea- Solo viven en estos bosques y son muy raros. Muchos de los guardaparques de la zona nunca los han visto en libertad y yo soy una de ellos.
Y yo lamentablemente soy otro.-dijo Sebastián.
Yo también quisiera ver uno- deseó Vanesa.
¿Te contentarías con tener flores bonitas a la vista mientras paramos para almorzar? – Le preguntó Sebastián.
¿Y de donde me las vas a traer?- dijo Vanesa, quien ya se veía recibiendo un ramillete.
No pienso traerte ninguna.?Te olvidaste de que los guardaparques no arrancamos flores?
Sebastián siguió el curso del torrente, guiando la patrulla por unos cien metros mas. Allí, a ambos lados del agua, había muchos arbustos atiborrados de flores de intenso color rosado y violeta.
¡Cuantas Fucsias!- exclamó Andrea.
Ya veo a que flores te referías- dijo Vanesa, mirando a Sebastián- estuvo bueno salirse del sendero para llegar hasta aquí.
¡Miren! – señaló Fermín- Allí hay un picaflor de cabeza roja.
¡Que lindo! Y allá hay otro- dijo Vanesa.
Y allá otro mas- observó Andrea.

A los guardaparques les gustaban cada vez mas esos chicos. Mantenían el entusiasmo a toda hora y disfrutaban de los pequeños regalitos que dan las caminatas. ¡Y  estaban haciendo un gran trabajo al recorrer todo el continente!
Sebastián se acercó a Andrea.
Señorita: ¿Le habría gustado acompañarme en una misión como la que están haciendo estos chicos?
¿Contigo? Por supuesto, sería lo máximo.- contestó ella.

Si bien en esa región hace bastante frío en otoño, era mediodía y hacía bastante calor, y como no se puede caminar todo el día, la patrulla aprovechó para tomarse una siesita de media hora después de comer.
Vanesa decidió aprovechar el descanso retirándose un poco de los demás y se acostó boca arriba bajo los lazos de una Fucsia.
Cada tanto, el zumbido de un picaflor delataba al avecilla de resplandeciente frente rubí, que libaba las flores sin percatarse de la niña que la miraba desde el suelo.
De pronto Vanesa sintió un ruidito como a cinco metros de ella y al mover la cabeza en esa dirección, vio una cabecita oscura asomando lentamente entre las cañas.
¡Era el ciervito que deseaba ver! Y como le ha sucedido a tantos naturalistas, jóvenes o viejos, nóveles o experimentados, cuando se encuentran ante un animal muy buscado, también Vanesa sintió el torrente de la sangre en sus venas.
 El animalito dio unos pasos, admirándose ella de la gracia de la silueta y de la cadencia de los movimientos del pudú. El ciervito olfateó el aire en dirección del fogón, se acercó al torrente y se detuvo unos segundos con la cabeza en alto.
Vanesa estaba loca de emoción y pensaba que su corazón podía explotar, pero tal emoción crecería.
Enseguida apareció un cuerpito colorado lleno de manchitas blancas. Si se había enternecido al ver al pudú, Vanesa casi se derrite al ver a la cría que se juntó con su madre. Ésta bebió un trago de agua y seguida por su cría, dio dos saltitos y desapareció atravesando la pared verde del cañaveral.
Todo pasó en escasos segundos.
Como todo viajero que ha visto un animal raro, Vanesa no pudo contener las ganas de comunicar a los demás lo que había visto, así que despertó a sus compañeros.
Ya era tarde para que pudieran ver a los pudúes, pero quería hacerlos participar de su privilegiado avistamiento, al menos compartiría con ellos su emoción.
¿No lo habrás soñado? – dijo Fermín.
¡Soñado! ¿Crees que estaría tan contenta si lo hubiera soñado?
Bueno, perdón, pero hay sueños muy vívidos.- retrucó él.
¡Que suerte tuviste Vanesa! Gritaron Andrea y Sebastián
¿Ves Fermín? Ellos me creen.
Miren, -dijo Sebastián- hay huellas muy claras, ¡No lo puedo creer, me lo perdí!


Un excelente registro Vanesa.- La felicitó Andrea.- ojalá algún dia me toque a mi ver algo así.
Uy, yo también los quería ver.- se quejó Fermín.

Estaban preparándose para continuar cuando oyeron un gran estruendo.
Se aproxima una tormenta- presagió Vanesa.
No, no, ese ruido lo produce el Tronador- dijo Sebastián- cada tanto se despeñan grandes bloques de hielo de sus glaciares y caen por el precipicio. Ahora ya saben por que se llama así.

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