lunes, 18 de mayo de 2015

La Misión de Vanesa y Fermín, 13



El canto lúgubre del urutaú daba motivos para creer en los espíritus de la selva, que ya estaba negra. A los chicos les costaba un poco no sentirse nerviosos.

Pero la vida entre los Wainomami resultó hermosa.
Como a quinientos metros de la aldea había cultivos de boñato o batata dulce, maíz, mandioca y zapallo, entre las verduras conocidas por “ los amigos nuevos”. Pero creciendo entre ellas había otras verduras y frutas que nunca habían visto.
A diferencia de las plantaciones que habían visitado hasta ahora, las diferentes variedades no estaban separadas, sino que la chacra parecía un gran entrevero, una especie de pequeña selva.
Aquí y allá algunos árboles y palmeras daban sombra a los cultivos: eran frutales propios de la selva, que simplemente no habían sido talados al hacer el claro. El cuidado de la chacra comunal correspondía a las mujeres, asi como también las cosechas, en las que también ayudaban los niños.
Debido a la abundancia de alimento en la chacra, algunos animales prosperaban en su límite con la selva. Por eso era muy fácil cazar pacas, agutíes, monos y algunas aves, sin tener que caminar mucho. Esos animales constituían la primera experiencia de caza de los varones pequeños.
Los recursos alimentarios de los Wainomami eran muy variados: gran variedad de frutas y verduras, peces, tortugas, iguanas, huevos diversos, mamíferos de muy variado tamaño, caracoles, insectos, arañas y raíces.
La bebida era menos variada, pero a Vanesa y a Fermín les gustaron los jugos de frutas machacadas.
Los baños en el río Siapa eran la diversión mas popular y casi a toda hora había una multitud de niños chapoteando o saltando desde una canoa. Un árbol inclinado sobre el río proporcionaba una liana que hacía posibles otros excitantes lanzamientos al agua.
La vida era tan linda que al cuarto día de estar allí Vanesa y Fermín se preguntaron cuál sería el problema ambiental que debían encontrar.
Fermín llegó a sospechar que se trataba de una trampita y que no había tal problema, y que solamente los habían llevado como una prueba, para ver si no era que encontraban problemas en todos lados y sin razón alguna.

La mañana del quinto día, Gustavo preparó una mochila pequeña y, sin mucho apronte, los tres se juntaron con una partida de caza compuesta por catorce hombres.
Guiraoa quedó en la aldea, muy contrariado. Él había querido demostrarle a Vanesa que sabía cazar, o sea, que la podría sustentar en caso de que ella aceptara quedarse allí y casarse con él, pero Take-é, sólo quería en esa partida a sus mas experimentados guerreros y cazadores.
Gustavo explicó a los chicos que los Wainomami tenían dos territorios de caza, uno para la estación seca y otro para la lluviosa. Irían al primero de ellos, que distaba unas cuatro horas de caminata, pero que era muy extenso.

Se caminaba rápido.
Cada tanto veían algún agutí que se cruzaba en la picada, pero era ignorado por los cazadores. Gustavo dijo a los chicos que en realidad esos animales no eran ignorados, sino que eran dejados para poder contar con algún alimento en las cercanías de la aldea.
Las partidas de caza se organizaban cada tanto, así que convenía tener al alcance de la mano, (o mejor dicho, de poco rato de caminar) algo de caza menor para consumir entre una y otra.

A las tres horas de andar, notaron que comenzaban a aparecer algunas rocas y el terreno se convirtió en un leve repecho. Se estaban acercando a las estribaciones de la antiguamente temida Sierra de Tapirapecó.
Era cerca del mediodía, que es muy largo en los trópicos, y Tempe, el jefe de la partida, colgó su hamaca de red entre dos árboles y se hizo un fuego para asar a los cinco monos que habían cazado por el camino una hora antes.
Vanesa, al principio se opuso a perpetrar lo que para ella era una suerte de canibalismo, pero el apetito fue un argumento fulminante y terminó por comer algo de carne de mono. Fermín, en cambio, si bien no adoraba la idea de comer lo que parecían hombrecitos asados,, sintió curiosidad de entrada por probar su sabor.
Luego de la comida apareció el té.
Gustavo sabía de la pasión de los seres humanos por la bebida y quería hacer lo posible por proteger a los Wainomami de la afición a las bebidas alcohólicas. Por eso, cada vez que iba a la aldea les llevaba abundante té y azúcar, aunque sabía que el consumo de ésta no era tan bueno.
Como todos los pueblos nativos de las Américas, los Wainomami tenían su propia bebida alcohólica, el “masata”, tan típico de la Amazonia, como lo son el pisco en Chile y la chicha en Perú, pero sólo la tomaban durante las fiestas.
Luego de haraganear largo rato, Tempe se acercó a los chicos, y mientras les decía un torrente de cosas incomprensibles, les tendió sendos machetes.
De todo lo que les dijo- explicó Gustavo- rescato que para formar parte del círculo de caza que haremos luego, deben estar armados al menos con un machete. Dijo que nunca se sabe que animales serán encerrados por el círculo de cazadores. Dijo, además, que nunca antes se le había permitido a una mujer formar parte de una partida de caza, y esperaba que los dioses que habían hecho a Vanesa tan linda, les fueran favorables en la procura de su sustento.
Vanesa se limitó a poner una exagerada cara de sorpresa ante aquellas palabras, no sabiendo si tomarlas o no como un halago. Nunca se habían fijado tanto en ella como en los últimos días y llamar tanto la atención no le gustaba mucho. Su adolescencia aún tenía muchos momentos de infancia para ella.

El sol había bajado y la temperatura era agradabilísima cuando retomaron la caminata en  silencio, formando fila.
Al llegar al pie de un gomero de tamaño espectacular, llamativo aún allí, en plena selva, los cazadores se fueron separando.
La indicación dada a “Los amigos nuevos” era que debían mantener a Tempe siempre a la vista, pues, de otra manera, seguramente no sabrían como ocupar sus sitios en el enorme círculo que describirían y que debía ir reduciéndose paso a paso. Era necesario ir gritando constantemente para ir guiando a los animales hacia el centro.


A la media hora de ir caminando despacio y haciendo mucho ruido, se comenzaron a oir los gritos de los componentes de la partida mas alejados.
Cuando un rato después el griterío era enloquecedor,Tempe lanzó un grito largo y penetrante y nadie avanzó mas: el círculo mortal ya estaba completo. Cada uno de los Wainomami debía cazar a los animales que tuviera a la vista.
Vuelto el silencio, Vanesa y Fermín oyeron el zumbido de varios flechazos, seguido por los quejidos de algunos animales.
Los sobresaltó un fuerte crujido de ramas y cañas rotas, y al momento vieron un gran tapir huyendo despavorido, seguido de su acebrada y hermosa cría.
¡Se escapan! Gritaron Vanesa y Fermín, pero nadie prestó atención a tal advertencia.
Un momento después retornó el griterío, pero esta vez no era producido para asustar a los animales, sino que era la algarabía propia de un festejo, la mejor manera de dar por terminada la faena.
En los cinco minutos que duró la cacería en el encierro final, habían obtenido cinco pecaríes, un jaguar y habían liberado al tapir hembra con su cría.
Tempe se acercó a Fermín y con ademanes de gran elocuencia, le agradeció el haber señalado a los tapires que huían y le dio a entender que los Wainomami cuidaban a sus animales.
Nunca mataban hembras con cría o visiblemente preñadas. El mañana era largo para su tribu y tan importante como el presente o el pasado, concepto que como agregó después Gustavo, se nos suele escapar a los “civilizados”.

El “perdón” que merecieron la hembra de tapir y su cría liberó a los chicos del pesar de haber almorzado mono asado, algo que no les había resultado nada fácil.
El círculo atrapó mas animales de todos los que habíamos visto hasta ahora. –Observó Vanesa.
Fermín asintió.
-Si, chicos- dijo Gustavo, y Vanesa se alegró de seguir siendo considerada una chica, al menos por alguien- Eso mismo debería ser estudiado por los científicos: en los territorios de caza de algunas tribus hay mas animales que en el resto de la selva. Quizás eso de deba a que estamos entre la selva de llanura y la selva de la sierra, que son diferentes y a los animales les gustan los bordes de los ecosistemas. También puede ser que al cazar mas machos que hembras, el macho que queda fecunda mas hembras y la población aumenta o al menos se mantiene pese a la caza.

Para evitar que pumas o jaguares robaran las presas, hicieron un buen fuego que mantuvieron toda la noche y como la cacería había sido exitosa emprendieron el regreso a la mañana siguiente.
Cada cazador tenía derecho a quedarse con la mitad de la presa que había cazado. Pese al entrevero en el círculo de caza, sabían perfectamente quien era el dueño de cada animal, porque cada cazador tenía un código de color diferente en las plumas de sus flechas.
La otra mitad estaba destinada al resto de la aldea, y Take-é sería el encargado del reparto.

Un indio buen cazador podía tener todas las mujeres que lo aceptaran como marido, pero debía alimentarlas a ellas y a sus hijos. Por eso, si bien varios tenían dos mujeres, a menudo hermanas, todos los demás tenían una. Cazar mucho no es tan fácil.
Había un par de hombres que no estaban casados, pero eso no parecía importarles, quizás porque entre amigos era lícito prestarse la canoa, el arco y hasta a veces la mujer, si ella consentía eso.
La mayoría femenina podría deberse a los peligros de la caza o quizás también a los asesinatos perpetrados por los buscadores de oro que solían matar al primer indio que veían, cuando éstos se alejaban de la aldea.

La tarde que regresaron de la cacería Gustavo empezó a sentirse débil. No tenía fiebre, pero al anochecer ya no podía caminar, y vomitó el té sin azúcar que le había servido Ararí, la primera esposa de Take-é. Éste, preocupado, mandó llamar al viejo y respetado curandero Jabotí arandú
(tortuga sabia), quien había salvado la vida de tres de cada cuatro enfermos que había tratado a lo largo de su vida.


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