Tal como pronosticó Arturo, a
poco de reemprender la marcha vieron al borde de otro pozo en la huella, al
sapo mas grande que pudieron haber imaginado.
En determinado momento el
camino transcurría por una zona muy baja y anegadiza cercana a un manglar.
Arturo se bajó del jeep para elegir por donde pasar, ya que había dos
posibilidades. Ninguna de las dos parecía muy segura.
¡Bueno, todo sea por
mostrarles la playa! - les gritó a los chicos, mientras el jeep se metía en un
barrial que tapaba la mitad de las ruedas.
Pudieron salir, no sin
dificultad y pasando nervios, porque en caso de quedar allí hubiera sido muy
difícil conseguir un tractor que lo sacara.
Cuando mas aceleraba el motor
para terminar de salir del barrial, cruzó rápidamente frente a ellos un venado
de cola blanca.
Veinte minutos mas tarde
llegaron al final del camino.
¿Y ahora? – preguntaron los
chicos al ver que la selva se había cerrado frente a ellos.
Ahora a caminar – dijo Arturo-
el mar ya está cerca.
Cada uno cargó su mochila y,
abandonando el vehículo, se metieron por una picada que se hundía en la selva.
Al rato comenzaron a subir una cuesta que se fue haciendo mas y mas empinada.
Los árboles iban perdiendo altura, dejando lugar a arbustos bajos.
La picadita era ahora un
simple sendero hecho por las pisadas, en el que abundaban las piedras, y cada
vez mas zigzagueante.
Cada tanto Arturo detenía la
marcha para darle un respiro a los chicos, y los tres aprovechaban para
observar los cambios en el panorama. Cada vez se veían mejor las colinas.
Tras un último tirón
completaron el ascenso y se quitaron las mochilas.
Por un largo rato contemplaron
casi en silencio, - lo cual no es poca cosa para nuestros amigos- el hermoso
paisaje que tenían ante ellos.
Se encontraban en la cumbre de
un cerro empinado, pero de forma redondeada. A sus espaldas había una serie de
colinas cubiertas por la selva, la que ocultaba el camino que los había
conducido hasta allí.
Hacia adelante se abría el
mar.
El cerro donde estaban se
alzaba en el extremo de una extensa y hermosísima playa en forma de media luna,
que, del lado opuesto, llegaba hasta un acantilado. Era una playa sin igual.
En medio del agua, a varios
cientos de metros mar adentro, se erguía La Roca Bruja, una gigantesca roca
redondeada, que dividía en dos a las larguísimas olas que la golpeaban.
Mirando hacia el otro lado del
cerro se veía otra playa, diminuta, también en forma de media luna y también
limitada por cerros.
Mamá diría que este paisaje es
surrealista- dijo Vanesa luego de contemplarlo largamente.
Y papá habría tenido la
oportunidad de tomar muy buenas fotos- dijo Fermín- cumpliéndose en ambos
chicos eso tan humano de recordar a nuestros seres mas queridos cuando estamos
ante un paisaje memorable.
Se nos hizo un poco tarde- se
lamentó Arturo- pero al menos veremos desde aquí el atardecer.
Esa playita que está allá,
hacia donde se pone el sol es Playa Nancite. ¿No les parece raro que siendo tan
chica sea la playa elegida por cien mil tortugas para anidar?
¿Cien mil? –preguntaron
sorprendidos los chicos.
Si, cien mil o mas.
Una vez que el sol hubo
desaparecido en el mar, comenzaron el descenso hacia el otro lado del cerro.
Debieron usar sus linternas para poder seguir el caminito. Ya entrada la noche,
se introdujeron de nuevo en la selva: estaban otra vez a nivel del mar.
No tuvieron que caminar mucho
mas para llegar al puesto de vigilancia donde se hospedarían. Durante la cena,
comentaron con el guardaparque del lugar todo lo vivido en los últimos días.
¿Y ya vieron tortuguitas
recién nacidas? Les preguntó él.
Todavía no – contestaron los
chicos.
Pronto las van a ver.
Y después de la cena, de nuevo
salieron a la noche…
Caminaron por una picada en
medio de la selva, ésta mucho mas húmeda y de árboles mas altos que los
dominantes en el bosque seco.
Cada tanto, la picada estaba
cubierta por una decena de metros de tablas colocadas a lo largo, dispuestas
así para no pisar el barro. A los cinco minutos de salir oyeron el murmullo del
mar. En la pequeña playa encajonada entre dos cerros, al mar sonaba diferente,
algo mas grave.
Un sentimiento profundo, como
de respeto, invadió a los chicos. Estaban en una de las playas mas remotas de
América Central. No había ni una luz, aparte de las estrellas. Algo mágico
debía tener aquella playa para atraer a tantas tortugas marinas.
De pronto Fermín se topó con
la primera tortuga, o mejor dicho, con sus restos, pues solo quedaba su
caparazón. Evidentemente había salido a poner huevos, pero nunca pudo regresar
al mar.
A esta la comió un jaguar-
explicó el guardaparque-
¡Uy! ¿Hay jaguares acá? –
Preguntaron los chicos.
¡Claro! Para eso sirven los
Parques Nacionales, para proteger hasta a los grandes predadores.
Vanesa se aferró de Fermín y
al notarlo, el guardaparque le dijo- Tranquila niña, tu no tienes cara de
tortuga.
Acá hay otro caparazón- dijo
Vanesa- ¿tantas comen los jaguares?
No, esta murió atrapada entre
las raíces del manglar.
¿Y por que no la ayudaron?
Preguntó Fermín.
Porque aquí solo defendemos a
las tortugas de los seres humanos- contestó el guardaparque- No interferimos en
los asuntos de la naturaleza. Esta tortuga sirvió de alimento a los cangrejos y
durante un buen tiempo va a servir de abono al mismo mangle donde quedó
atrapada.
Quedémonos un momento sentados
a esperar. Es muy posible que nos pasen por al lado algunas tortuguitas recién
nacidas en su caminata hacia el mar. Debemos permanecer en silencio.
Al ratito de haber quedado
callados, observando aquel cielo estrellado como nunca antes lo habían visto
nuestros amiguitos, (dado que ambos eran oriundos de ciudades grandes), notaron
que algo se movía en la rompiente de la ola. Ese “algo” iba hacia ellos…
Prestaron mas atención y
notaron que en la claridad de la espuma había en realidad unos cuantos cuerpos
que avanzaban.
Ya vienen – dijo el
guardaparque en un susurro, pero sin ocultar su excitación-. Ustedes tienen
muuucha suerte chicos, hoy tenemos una arribada.
¿Qué es una arribada? Preguntó
Vanesa.
Esto – dijo Fermín casi
boquiabierto- mira lo que es estooo.
Mientras intercambiaban esas
pocas palabras la playa se había transformado. Lo que hasta un momento antes
había sido solamente agua y arena, ahora, de pronto, tenía otro componente
igual de importante, omnipresente: tortugas.
Tortugas y mas tortugas iban
saliendo del mar y avanzaban hacia arriba por la playa. Los caparazones mojados
brillaban, delatando la presencia de cientos de animales. Fermín contuvo unas
lágrimas en sus ojos, las primeras lágrimas de alegría que tímidas,
atestiguarían sin caer, algunas maravillas de nuestra América.
¿P-p-p-pero cuantas habrá?
–Preguntó nuestro amigo-
¡Y todavía siguen saliendo
mas! –Gritó Vanesa- olvidando momentáneamente que debían mantener silencio.
Bueno…- dijo el guardaparque-
la playa tiene unos novecientos metros de largo y parece haber por lo menos una
por metro por todo el ancho. Ya debe haber unas mil.
Fueron hasta la parte alta de
la playa, o sea a la zona de postura.
Ya había una tortuga junto a
la otra, pero seguían llegando mas.
Unas iban arrastrándose playa
arriba, otras estaban cavando el pozo, otras estaban poniendo huevos, otras ya
lo estaban tapando y las primeras en haber llegado ya iban playa abajo regresando
al mar.
Todas estaban en la tarea de
perpetuar su especie.
Al rato, algunas comenzaban a
cavar su nido donde ya había sido excavado otro y lo rompían involuntariamente,
cosa que daba pena a los chicos. Pero era hermoso ver como salían muchas tortugas
a la vez, las que eran muy evidentes aun desde lejos, por el brillo de sus
caparazones mojados que aunque levemente, reflejaban la luz de las estrellas.
Los chicos estaban anonadados.
¡Con que así era una playa
donde se las dejaba tranquilas!
Esa noche, en cuatro horas,
salieron del mar unas nueve mil quinientas tortugas.
Cuando ya se volvían para ir a
dormir, escucharon un ruido y vieron un mapache que estaba cavando un nido y
devorando los huevos.
Si, amigos - dijo Arturo
adelantándose a la posible pregunta de los chicos- En Playa Nancite hay huevos
suficientes para perpetuar a las tortugas que vienen a anidar aquí. Y además
hay otros, como los rotos por las propias tortugas que llegan mas tarde y los
que come este mapache, que alimentan a muchos otros animales. ¿No es perfecto?
Al otro día, ya con el sol
bastante alto, al volver a la playa vieron como unos coatíes salían a toda
carrera.
Los chicos se acercaron y en
el sitio donde habían estado vieron que algunas tortuguitas emergían de la
arena. Sin duda los coatíes ya se habrían comido a varias.
Totalmente cubiertas de arena,
las tortuguitas salían con dificultad del pozo e inmediatamente encontraban la
dirección del mar.
Tras es esfuerzo de abrir el
huevo y traspasar la sepultura de arena que las había incubado, debían ahora
atravesar la playa.
Algunas fueron atrapadas por
urubúes o jotes, otras fueron raptadas por los cangrejos rojos que las
arrastraban inexorablemente hacia dentro de sus cuevitas, pero muchas mas
llegaron al agua.
Sin duda esta vez llegaron mas
que de costumbre, porque los niños no pudieron evitar defenderlas de los
cangrejos y jotes.
Al verlas tan chiquitas, y tan
tenaces en su búsqueda del mar protector, inconscientemente se acordaron de que
también ellos eran chicos y de que estaban en una misión que quizás y solo
quizás, ayudase a perpetuar la vida sobre La Tierra.
Del cuaderno de viaje de
Vanesa:
…”y
es así como en Playa Hermosa hay gente que no piensa ni en su propio futuro ni
en el de los demás. No solamente no les importa que dentro de unos años ya no
queden mas tortugas. ¿No se dan cuenta de que si en vez de robar todos los
huevos de una nidada tomaran solamente algunos para comer todos ganarían, tanto
las tortugas como la gente?
Por
suerte en Playa Nancite el caso es bien distinto. Me dio mucha felicidad ver
que allí las tortugas son muy abundantes y que sus predadores son solamente los
animales propios de ese ecosistema.
Pero
pienso que los indios también comían huevos de tortuga y no las exterminaron.
Tendríamos que aprender de ellos.
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