Una piedra brillante y parda se movió al costado del camino…
¡Miren, una mulita! Señaló Verónica.
Frenó la camioneta y bajaron apuradamente. No fue difícil atraparla
entre los tres.
Es un armadillo- dijo Fermín.
¡Que mansito!- se enterneció Vanesa-
Lindo verlo vivo, porque hasta ahora solo habíamos visto sus caparazones
en los charangos.
Al ser liberada, la mulita dio una serie de saltos y se perdió en el
pastizal.
Cada tanto y a los lejos se veía blanquear alguna casa rodeada de
árboles. De árboles plantados por el hombre, porque en aquella región, la
naturaleza solo se permite árboles en las márgenes de los ríos y en las laderas
de algunos cerros. Cada casa constituía el asentamiento humano de una estancia,
fincas donde se cría ganado casi en libertad.
Pintorescos letreros, con nombres mas pintorescos aun, indicaban los
caminos de acceso a las diferentes estancias: El Diablillo, Mate Amargo, El latigazo,
Salsipuedes…, uno de ellos decía “El cencerro”. Estaba apoyado sobre una rueda
de carreta de dos metros de diámetro que perteneciera a los legendarios carros
tirados por bueyes que surcaran el Uruguay en el pasado.
Llegamos- dijo Verónica.
Un caminito llevaba hasta el caserón, situado a un kilómetro de
distancia.
Un hombre y una mujer maduros estaban parados a la puerta de la casa.
Si es proverbial la bienvenida que se da a cualquier desconocido que
llega a una estancia, imaginen la satisfacción que mostraban las caras de
aquella pareja de anfitriones.
Algo de timidez también había en sus rostros. Sabían de la fama bien
ganada de aquellos chicos y no querían parecer torpes.
¡Permítanme que los abrace niños! -Dijo la señora y agregó: ¡Nos son tan
escasas las oportunidades de conocer gente nueva viviendo aquí!
La confianza siempre se abre paso entre corazones semejantes y al rato
Vanesa y Fermín ya eran hijos adoptivos.
Doña Elisa les mostró sus habitaciones y Don Ramón no ocultó su alegría
porque al menos dos de los once cuartos del caserón volverían a estar ocupados
por unos días.
Sesenta años atrás, antes de que la gente se fuera yendo para la ciudad,
los cuartos habían llegado a ser insuficientes para la cantidad de gente que
habitaba la casa.
Las ventanas estaban protegidas por gruesas rejas de hierro, tan
necesarias en el siglo XIX, y la azotea tenía un muro con pequeños espacios
para facilitar la defensa armada durante los asaltos, nada raros en aquel
entonces.
Cenaron una ensalada de verduras, de las cultivadas al costado de la
casa, con huevos duros de ñandú y oveja asada, acompañada con pan casero. Iban
a comer lo mismo durante tres días.
Los dos peones de la estancia, no mucho mayores que nuestros amigos
viajeros y al principio tímidos, se encargaron de hacer divertida aquella
velada.
A la mañana siguiente, tres caballos criollos ensillados, (uno de ellos
pardo claro con rayas negras en las cuatro rodillas) aguardaban pacientes que
se requiriera de sus servicios.
¿Saben montar a caballo? –Preguntó Verónica.
¡Si, aprendimos hace poco! Contestaron los chicos.
Salieron al trote.
Desde lo alto del caballo el pastizal se veía mejor.
A lo lejos, una cinta verde oscura señalaba el bosque ribereño del
Arroyo Arerunguá.
Un grupo de ovejas recién esquiladas les abrió el paso al llegar a una
portera que permitía el paso entre dos grandes potreros.
¿Ven? – Dijo Verónica mientras bajaba del caballo para abrir la portera.
Acá todavía hay ovejas, como en gran parte del país. Pero ahora vamos a entrar
a este otro potrero, que es donde está la mayoría de los últimos venados de
campo del Uruguay. En él hay vacas, pero no ovejas.
¡Así que de venados se trataba! ¡Que lindo! – dijeron los chicos.
Ante ellos se extendía un espléndido pastizal. El pasto era mas alto del
que habían visto hasta entonces y al mecerse con el viento se parecía a un trigal.
Y en efecto, se veían vacas.
¡Chicos!- Gritó Verónica. Les apuesto un helado cuando volvamos a
Tacuarembó, a que vemos el primer venado antes de cinco minutos.
¡Hecho! – Aceptaron el desafío ellos.
Verónica volvió a montar y bajaron al paso por una leve pendiente que
definía los contornos de dos colinas redondeadas.
¡Allá hay uno! – Gritó Vanesa. ¡Que lindo es!
¡Y allá hay dos mas!- dijo Fermín.
Yo veo siete en aquella cima- dijo Verónica y agregó: Ya podrán tomar
helados gratis en otra oportunidad.
¿No conviene detenernos? No deberíamos espantarlos. –Dijo Fermín.
¿Espantarlos? No, no es tan fácil espantar a estos venados, Andando a
caballo nos podemos acercar mucho, porque están acostumbrados a las recorridas
de los peones que vienen a trabajar con las vacas.
El potrero resultó no tener mucho ganado y desde donde estaban ahora no
veían ni una vaca. Se encontraban en un vallecito y girando entorno suyo
contaron veintitrés venados que pastaban en las colonas.
Los mas próximos los miraban con una atención que parecía mas próxima a
la curiosidad que al miedo.
Eran de color bayo y mas bien pequeños, mas o menos de la altura de las
ovejas. Los machos llevaban con elegancia cornamentas de tres puntas, que nunca
crecían mucho. Sus ojos grandes, tiernos y brillantes, incrementaron en Vanesa
y Fermín la compasión que puede sentirse por una especie que se extingue.
Subieron y bajaron varias colinas, viendo mas y mas grupos de venados.
A cada momento, unos hermosos pájaros pardos, de pecho rosado intenso y
largas cejas blancas, surgían del pastizal, a veces, apenas unos momentos antes
de ser pisados por los caballos. Eran pechos colorados grandes, una especie que
no soportó a los cambios que la actividad del hombre llevó al pastizal y, por
eso, también amenazados de extinción.
Y allí estaban, junto a los venados, llenando de puntos rojos el color
pajizo de la pradera, defendiendo a su manera, el paisaje que vio nacer al
país.
Verónica contó a los niños que la falta de desconfianza de los venados
facilitó las matanzas de que fueron objeto. Un solo hombre, a principios del
siglo XX, había matado a tres mil quinientos en empresas que mas que cacerías
constituyeron fusilamientos. Los venados no se espantaban ante los disparos
creyendo que solamente se trataba de truenos.
Muchos otros fueron arreados a caballo y conducidos a corrales donde
eran matados a palazos.
Ese exterminio se efectuó para que el pasto solo pudiera ser comido por
el ganado.
Verónica también les contó que cosas parecidas habían sucedido en otras
partes del mundo donde también hay pastizales buenos para la ganadería.
En América del Norte habían casi exterminado a los bisontes, en
Australia a los grandes canguros y en África a cebras y antílopes. Pero en
todos esos lugares, los gobiernos, arrepentidos de la crueldad del pasado, se
habían ocupado de revertir el daño y cuidaban con celo a los animales antes tan
perseguidos…pero eso no estaba pasando en Uruguay.
De pronto Verónica dejó de hablar.
Había detenido su caballo y con sus binoculares miraba con atención a un
venado que no estaba lejos.
¿Por qué lo miras tanto? Preguntó Fermín.
Es una hembra, chicos. Y está sola. – continuó hablando sin apartar la
mirada de la venada. Miren como sigue comiendo pasto sin mirarnos. Se hace la
distraída, creo que tiene a su cría por allí cerca. Vamos.
Desmontaron y se acercaron caminando. Cuando estaban a unos cincuenta
metros el animal se retiró con una corta carrerita y se detuvo a mirarlos.
Allí, en esa mata de paja tiene que estar su cría. ¿Saben? Las amamantan
unas pocas veces al día y luego las dejan escondidas el resto del tiempo.
Ayúdenme a buscar- dijo Verónica- metan las manos con cuidado.
¡Acá está!- dijo Fermín visiblemente complacido.
Oculta en el centro de la mata de paja se encontraba, echadita, la linda
cría de venado. Era rojiza y tenía dos filas de manchitas blancas en el lomo.
Verónica se adelantó:
No la toquen. Nuestro olor podría hacer que luego su madre no la
reconociera. Los conservacionistas tenemos que aprender a que no todo se puede
tocar, una vez que se entiende eso se disfruta mas de todo.
Según censos de Verónica, en El Cencerro quedaban en ese momento
ochocientos cincuenta venados. Por ley estaba prohibido cazarlos desde hacía
muchos años, pero a veces ingresaban cazadores al amparo de la noche. Si aun
existían allí era solamente por la buena voluntad de Doña Elisa y Don Ramón,
así como lo había sido antes por la de sus padres y abuelos. En esa estancia
jamás se habían permitido atropellos a la moral como los que Verónica había
relatado.
Los dueños del campo no podrían controlar dia y noche que nadie entrara
a cazar, pero al menos les permitían vivir exiliados en su propia tierra.
Nadie estimó nunca cuantos venados de campo habría en América del Sur
antes de la introducción del ganado, pero en Uruguay difícilmente fueran menos
de tres millones.
El regreso a la casona fue mas rápido, como siempre ocurre si se anda a
caballo. Los caballitos criollos, de pelaje colorido, tenían prisa por llegar a
la casa y dejar el trabajo.
Luego de apearse, los chicos vieron un lagarto overo, de un metro de
largo, extendido a la entrada de la cocina, corazón de cada estancia.
Vanesa se detuvo en la puerta.
Adelante, niña- sonrió Doña Elisa- Éste es Beto, cada mediodía viene a
pedir comida.
En los días siguientes, durante las largas recorridas a caballo, Vanesa
y Fermín ayudaron a Verónica con los conteos de venados, anotando cuantos
machos, cuantas hembras y crías había en las manadas. Cada tarde, luego del
trabajo, iban a zambullírse en las clarísimas aguas del Arerunguá. Vieron una
pareja de águilas moras planeando lentamente y ñandúes seguidos de sus muchos
charabones, mas parecidos a diminutos dinosaurios que a verdaderas aves.
Como buenos adolescentes, aprendieron rápido a galopar muy bien,
ayudados por la ausencia casi total de alambrados. El andar a la carrera y
gritando les resultó tan excitante como la mejor música fuerte.
¿Pero porque los venados no cruzan el alambrado y
se van del potrero?
No hay comentarios:
Publicar un comentario