lunes, 18 de mayo de 2015

La Misión de Vanesa y Fermín,9



¿Pero porque los venados no cruzan el alambrado y se van del potrero? Había preguntado Vanesa una vez.
Simplemente- contestó Verónica- porque del otro lado hay ovejas. No se sabe bien por qué , pero los venados evitan convivir con ellas.
Quizás sea porque las ovejas dejan el pasto muy corto y a los venados les gusta mas alto. Así que mas que el alambrado en sí, lo que los retiene aquí es que están rodeados de ovejas.

Cuando llegó el momento de que Vanesa y Fermín dejaran la estancia, Doña Elisa y Don Ramón les hicieron un humilde regalo. Se trataba de dos astas, de las que los venados pierden naturalmente todos los años. Tenían grabadas a cuchillo las siguientes palabras: “En El Cencerro siempre se los recordará”.
Gracias por permitirnos venir- Dijo Vanesa.
Y también gracias por cuidar de los venados- dijo Fermín.
¡Sigan manteniendo este campo en estado silvestre! Gritó Vanesa mientras subía a la camioneta.
¡Buen viaje y cuídense mucho! –saludaron los anfitriones agitando sus manos.

Del diario de viaje de Fermín:

Entiendo que antes los venados hayan sido muy cazados y que eso los haya puesto en peligro de extinción. Pero en la Estancia El Cencerro no se vive mal, allí han logrado criar ganado y mantener a muchos venados en libertad. Si hubiera muchos estancieros como Doña Elisa y Don Ramón, si todos aceptaran tener venados en sus campos, la especie podría recuperarse y volverían a haber miles y miles de venados. Habría que invitar a los estancieros a que no tuvieran ovejas en una parte de sus campos, que llevaran unas parejas de venados y sin duda éstos se quedarían y prosperarían. Todos los estancieros deberían estar orgullosos de tener venados en sus campos y a muchos turistas les gustaría ir a verlos.




Incendio en El Tronador



La pareja de jóvenes uniformados estaba parada a la puerta del hermoso edificio de piedra situado casi sobre la costa del enorme y brillante lago.
Andrea tenía unos veinticinco años, era alta, enérgica y, aun siendo muy femenina, imponía autoridad. Sebastián tendría unos treinta y a primera vista no irradiaba tanta energía, aunque algo en su porte lo delataba como un típico guardaparque.
Allá viene el bus- dijo ella.
¡Al fin llegan! – dijo él- Bueno, vamos a ver que pasa.
El bus se detuvo y cuando volvió a arrancar allí estaban nuestros viajeros, quienes giraron sobre sus pies apreciando el lugar, quedando un momento de cara al lago.
Una montaña alargada se veía al otro lado del gran espejo de agua. A lo lejos mas cumbres, algunas nevadas, alternándose el tono claro de las zonas rocosas con el oscuro de los extensos bosques.
El cielo resplandecía y el enjardinado de la ciudad aportaba rojos y amarillos.
¡Que lugar mas hermoso! –dijo Vanesa.
De veras que si- concordó Fermín.
Estaban en Bariloche, en el Sur de Argentina.
¿Podría haber problemas en un lugar tan lindo?

Los guardaparques salieron a su encuentro y tras los saludos entraron a la oficina del Parque Nacional Nahuel Huapi.
Ya han andado mucho, deben ser buenos caminadores- Dijo Sebastián a los chicos, mientras los medía con la mirada.
Sí, hemos andado mucho, pero sobre todo a caballo, en canoa, en avioneta, en jeep…-empezó a enumerar Vanesa.
Y en mula, camión, lancha ¡Y hasta en llama! –agregó Fermín- Pero ahora nos gustaría caminar por la nieve.
Entonces bárbaro- dijo Andrea tomando la palabra- Básicamente queremos que tomen conocimiento de la problemática que enfrenta en bosque, y para ello no hay nada mejor que caminar por sus senderos.
Estos bosques del Sur de los Andes son muy particulares- prosiguió- Aquí hay pocas especies de árboles, como siempre sucede en las regiones frías. Se trata de bosques maduros, de los que hay cada día menos en La Tierra. Les mostraremos árboles muy viejos, que si se pierden ya no se podrán recuperar mas.
Aquí en Nahuel Huapi hay alrededor de trescientos kilómetros de senderos, la mayoría transcurren por bosques, así que tuvimos bastante para elegir en el momento de trazar nuestro derrotero.
Sebastián comenzó a explicar el recorrido: comenzaremos la caminata en la base del Cerro López, luego iremos siguiendo una picada que lleva hasta las laderas de El Tronador, pasaremos una noche en un refugio de alta montaña, cerquita del hielo eterno y luego bajaremos hasta el puesto de guardaparques mas cercano. Desde allí regresaremos en vehículo.
La caminata durará cinco días. Ustedes van a cargar sobretodo comida, de esa forma, la mochila les pesará cada día menos.
Y Andrea prosiguió: Hemos querido que participen de una patrulla ahora, porque durante esta semana se da el mayor movimiento turístico del año y mucha gente sale a caminar y a acampar siguiendo los senderos no permitidos para el público.
O lo hace en los permitidos,- intervino Sebastián- pero sin avisarle al guardaparque de la zona.

Era otro día de sol. Ni una nube a la vista y una agradable brisa invitaba a caminar.
Algo llamó la atención de los chicos: Los bosques que cubrían las montañas, muchas veces de arriba abajo, eran claramente de dos tipos. Eso era evidente aun desde lejos, porque los árboles de distintos colores estaban separados por una línea perfecta que cortaba a las montañas mas o menos a la mitad de su altura. El bosque de la mitad inferior era verde oscuro y el de la mitad superior, morado.
No se veía un solo árbol morado por debajo de aquella línea, ni uno verde por encima.
¿Cómo sería caminar dentro de un bosque morado?

Tal cual habían previsto los guardaparques, no estaban solos. Durante la primera hora de caminata, mientras subían por un sendero ancho y bastante empinado, vieron grupos de personas que iban en la misma dirección que ellos. La mayoría andaba sin ninguna carga, señal de que estaban acampando cerca. Sebastián y Andrea se acercaron a cada grupo de paseantes para darles recomendaciones sobre cómo hacer un campamento responsable.
El bosque verde, por donde andaban ahora, estaba compuesto exclusivamente por coihues. Esos árboles, mas o menos todos iguales, eran gruesos, altos y de copa verde oscuro brillante. En amplios sectores del bosque había muchas ramas y troncos caídos, que invitaban a los acampantes a hacer grandes fogones, no permitidos, por supuesto.

Como a la hora de andar, el camino de ascenso se fue haciendo mas angosto, clara señal de que por allí transitaba menos gente.
La brisa mecía las hojas de los árboles, cuyas copas dificultaban ver el cielo y cada tanto se oía el susurro de un pequeño torrente que transcurría unos cientos de metros valle abajo.
Debido a la caminata los pulsos se habían acelerado.
¿Cómo van, chicos?- preguntó Sebastián- ¿pesa la mochila no?
No tanto- dijo Vanesa.
Todo bien- dijo Fermín.
Seba, ¿si me canso me llevas a caballito? –bromeó Andrea
Mejor que no te canses- contestó Sebastián.

No hay comentarios:

Publicar un comentario