martes, 30 de julio de 2013

Relatos sobre jaguares

Veo al Dios Jaguar

Ya de regreso en el destacamento y a eso de las cinco de la tarde, pasaron por la oficina del parque un pescador y su hijo. Habían salido río Cuiabá arriba en procura de peces para cenar, pero venían con las manos vacías.
Sin embargo traían una muy buena noticia:
Acababan de ver un gran jaguar macho acostado sobre la orilla del río a pocos kilómetros.
La lancha voló a casi sesenta kilómetros por hora. Faltando ciento cincuenta metros para llegar al cañaveral indicado por el pescador, Benjamín, el mas veterano funcionario del parque aminoró la marcha…
A nuestras espaldas el sol se ponía…
Comenzamos a buscar al rey con no disimulada inquietud…
Ya estábamos frente al cañaveral, era de altísimas cañas muy gruesas…
Lo pasamos y al momento lo vimos, todos lo vimos a la vez.
El enorme jaguar macho de quizás ciento cuarenta kilos, estaba tan visible como el lucero, ni una rama, ni una hoja impedía ver algún detalle de su cuerpo.
Su color muy claro, las grandes rosetas, su porte y estado físico, me enseñaron lo que no pudieron demostrarme decenas y decenas de charlas y discusiones: Dios existe.
Si, el gran jaguar del pantanal, con frecuencia el doble de grande que los de otras partes de su distribución, es un dios al que hay que venerar.
Lo observé un instante a ojo desnudo, disfrutando de esa revancha de la vida que me dio esta selva, porque nunca pude ver uno en todo el tiempo que viví en la Amazonia.
Él se levantó, adelantó su cabeza redonda y enorme con curiosidad y dignidad de rey, hizo unos movimientos elegantes y solo pareció dudar de seguir quedándose allí cuando lo tuvimos a quince metros.
Alguien ahogó una exclamación, le pasé mis viejos binoculares a Florencio, quien me los devolvió casi enseguida. Lo miré de nuevo con ellos, para no perder la oportunidad y tras unos segundos de volver a mirarlo a ojo desnudo, opté por invertir los sin duda pocos segundos que nos quedaban en tomarle unas fotos.
El sol acababa de ponerse y era improbable que sin flash las fotos sirvieran para apoyar nuestra memoria, pero tenía que probar.
La falta de luz me obligó a intentar tomarlas a velocidad baja y pedí a Benjamín que apagara el motor porque producía una vibración.
Mi error fue pedir eso y lamentablemente el hombre me hizo caso…
El venerable animal, el mas hermoso y sin duda el que mas he buscado en su ambiente natural, el que mas me ha impactado y el que me emocionó mas encontrar, dio una vuelta sobre sí , dio dos pasos a un lado, dudó un poco, dio también dos al otro y se fue muy lentamente.

Mi segundo jaguar

Navegábamos por el Río Miranda.
Iguanas, carpinchos, yacarés, pavas de monte, lapachos rosados, tucanes, enredaderas floridas, río y selva.
Algo de color claro llama mi atención, está situado delante de nosotros, sobre la barranca izquierda del río.
Es un jaguar que está sentado y desde lejos nos observa. La embarcación aminora la marcha; al aproximarnos el jaguar se para sin dejar de mirarnos, de mirarme diría yo, pero al seguir reduciéndose la distancia que nos separa, con parsimonia se dirige hacia las enredaderas y desaparece.
Miro el reloj: las cuatro de la tarde, exactamente un año atrás moría mi padre.


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