Veo al Dios Jaguar
Ya de regreso en el destacamento y a eso de las
cinco de la tarde, pasaron por la oficina del parque un pescador y su hijo.
Habían salido río Cuiabá arriba en procura de peces para cenar, pero venían con las
manos vacías.
Sin embargo traían una muy buena noticia:
Acababan de ver un gran jaguar macho acostado
sobre la orilla del río a pocos kilómetros.
La lancha voló a casi sesenta kilómetros por
hora. Faltando ciento cincuenta metros para llegar al cañaveral indicado por el
pescador, Benjamín, el mas veterano funcionario del parque aminoró la marcha…
A nuestras espaldas el sol se ponía…
Comenzamos a buscar al rey con no disimulada
inquietud…
Ya estábamos frente al cañaveral, era de
altísimas cañas muy gruesas…
Lo pasamos y al momento lo vimos, todos lo
vimos a la vez.
El enorme jaguar macho de quizás ciento
cuarenta kilos, estaba tan visible como el lucero, ni una rama, ni una hoja
impedía ver algún detalle de su cuerpo.
Su color muy claro, las grandes rosetas, su
porte y estado físico, me enseñaron lo que no pudieron demostrarme decenas y
decenas de charlas y discusiones: Dios existe.
Si, el gran jaguar del pantanal, con frecuencia
el doble de grande que los de otras partes de su distribución, es un dios al
que hay que venerar.
Lo observé un instante a ojo desnudo, disfrutando
de esa revancha de la vida que me dio esta selva, porque nunca pude ver uno en
todo el tiempo que viví en la Amazonia.
Él se levantó, adelantó su cabeza redonda y
enorme con curiosidad y dignidad de rey, hizo unos movimientos elegantes y solo
pareció dudar de seguir quedándose allí cuando lo tuvimos a quince metros.
Alguien ahogó una exclamación, le pasé mis
viejos binoculares a Florencio, quien me los devolvió casi enseguida. Lo miré
de nuevo con ellos, para no perder la oportunidad y tras unos segundos de
volver a mirarlo a ojo desnudo, opté por invertir los sin duda pocos segundos
que nos quedaban en tomarle unas fotos.
El sol acababa de ponerse y era improbable que
sin flash las fotos sirvieran para apoyar nuestra memoria, pero tenía que
probar.
La falta de luz me obligó a intentar tomarlas a
velocidad baja y pedí a Benjamín que apagara el motor porque producía una
vibración.
Mi error fue pedir eso y lamentablemente el
hombre me hizo caso…
El venerable animal, el mas hermoso y sin duda
el que mas he buscado en su ambiente natural, el que mas me ha impactado y el
que me emocionó mas encontrar, dio una vuelta sobre sí , dio dos pasos a un
lado, dudó un poco, dio también dos al otro y se fue muy lentamente.
Mi segundo jaguar
Navegábamos por el Río Miranda.
Iguanas, carpinchos, yacarés, pavas de monte,
lapachos rosados, tucanes, enredaderas floridas, río y selva.
Algo de color claro llama mi atención, está
situado delante de nosotros, sobre la barranca izquierda del río.
Es un jaguar que está sentado y desde lejos nos
observa. La embarcación aminora la marcha; al aproximarnos el jaguar se para
sin dejar de mirarnos, de mirarme diría yo, pero al seguir reduciéndose la
distancia que nos separa, con parsimonia se dirige hacia las enredaderas y
desaparece.
Miro el reloj: las cuatro de la tarde,
exactamente un año atrás moría mi padre.

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