De Patrullaje
Haríamos una patrulla a caballo de dos días de
duración.
Contábamos con cuatro de ellos, porque íbamos
Florencio, Benjamín y yo y el restante para cargar la carpa, comida y poco mas.
Hacía mucho tiempo que no montaba un caballo y la sensación de subir al animal
fue muy vivificante. A fuerza de andar tanto tiempo en lancha, algo inanimado,
no me acordaba de como se siente bajo uno al animal y me pareció que jinete y
caballo de alguna manera pasan a ser un único ser...
Tomamos el café con pan que ya era mi rutina de
cada mañana ?Quien dijo que no hay rutinas hermosas? Subimos a nuestros
caballos y salimos al paso !que deleite!
El sol apenas había acabado de salir y los
gritos de los monos aulladores parecían augurar una feliz recorrida.
Al principio nos metimos por un túnel abierto
entre palmeras y arbustos, para luego salir a un pastizal muy extenso, donde el
pasto daba por la panza a los caballos y se veían aquí y allá manchones de
monte. Los lapachos estaban en flor y hacia donde uno mirara había uno de esos
elegantes y altos árboles manchando de rosado algún punto del paisaje.
Por allí se nos cruzó un tatú peludo y momentos
después una pareja de guacamayos rojos anunció su presencia sobre un árbol, sin
espantarse por nuestro paso.
Al transitar por una zona donde los caballos
comenzaron a chapotear, levantaron la cabeza tres espléndidos ciervos de pantano,
uno de ellos un macho de gran cornamenta, los que primero demostraron interés
en nosotros, optando luego por huir hacia la selva que bordeaba el claro cuando
consideraron que nos acercamos demasiado.
También nosotros entramos a la selva y tras
unos minutos volvimos a salir a un claro. En ese entonces tomé cabal idea del
paisaje donde estábamos inmersos: Aquella zona del Pantanal era una sucesión de
lagunas redondeadas, situadas en el centro de pastizales o palmares, los que
estaban separados entre sí por angostas e irregulares superficies de selva.
Atravesamos aquel espacio abierto y al llegar a
su centro, apareció una laguna circular de quizás trescientos metros de
diámetro donde había un grupo de unos cincuenta carpinchos y quizás cien
yacarés tendidos en la orilla, muy cerca unos de otros.
!Cuantos yacarés! Dije yo.
Esto no es nada, ya va a ver lo que es de tarde
cuando salgan a tomar el sol – comentó sonriente Florencio.
Mientras orillábamos aquella pacífica escena,
otro animal hizo su aparición: un lobito de río con su tan particular andar de
lomo arqueado, se metió en el agua lentamente. A escasos treinta metros de él
dos coatíes hurgaban en el barro de la orilla, buscando quizás huevos de
tortuga.
Al apretar el sol procuramos un sitio bien
sombreado, desensillamos los caballos y nos aprontamos para pasar el mediodía.
Yo fuí a buscar leña, Florencio sacó agua de la
que cargaba el caballo y la puso a calentar en una parrillita y Benjamín
aprontó el mate.
Estuvimos mas de una hora hablando mientras
compartíamos el cimarrón, solo después nos pusimos a cocinar.
Tras la siesta obligatoria debido al calor,
volvimos a ensillar los caballos y otra vez iríamos a atravesar pastizales,
palmares, monte y a bordear lagunas.
Tal como dijeron los muchachos, al llegar a la
primera laguna había una cantidad increíble de caimanes. Se me ocurrió que
aquello parecía un “estadio de yacarés”. Digo eso, porque no se me ocurre
imagen mas parecida: Bordeando toda la laguna, sus barrosas orillas estaban
prácticamente tapadas por cientos de yacarés, casi todos mirando hacia el agua.
Dudo que allí hubiera menos de mil doscientos de esos animales.
La pregunta que me vino a la mente fue ?que
comen?
!Nada! Rieron Benjamín y Florencio. Ya se
comieron todos los peces y caracoles, ahora solo pueden esperar que el comienzo
de las lluvias traiga peces de nuevo, al crecer el río e inundar esta zona.
El lugar elegido para pasar la noche fue un
hermoso palmar situado frente a una laguna.
Al borde de esta también pastaban a nuestra
llegada dos ciervos de pantano, y no bien nos pusimos a armar la carpa llegaron
a una palmera cercana cuatro guacamayos azules, gloria del pantanal.
Del otro lado de la laguna merodeaban varias
cigueñas jabirú y garzas, pero la nota del día la dieron cinco nutrias gigantes,
que al notar nuestra presencia, se dedicaron buen rato a observarnos elevando
cabeza, cuello y parte delantera de sus cuerpos por encima de la superficie del
agua, dando a veces la impresión de que bailaban, porque balanceaban sus
cuerpos a derecha e izquierda mientras emitían sus extraños y agudos maullidos.
Una vez armada la carpa, me hice un té y salí a
caminar unos metros por el monte para desentumecer un poco las piernas tras
tantas horas de cabalgata.
En doscientos metros de andar despacito entre
los árboles, vi un guazubirá que me miró apacible, un coatí que estaba
sobre un árbol, una familia de
monos aulladores, un pájaro carpintero de cabeza roja y una pareja de la
grandes pavas de monte mutum. !Increíble!
Con los últimos rayos de sol se produjo un
alegre tráfico de aves que se retiraban a sus dormideros.
Las garzas y las cigueñas se fueron, loros,
cotorras y papagayos pasaron todos en la misma dirección. Los pájaros
comenzaron a cantar despidiéndose del día y poco después las ranas una vez mas
tomaron la posta del sonido.
Esa noche, ante el fogón, mis colegas me
contaron lo difícil que había sido pacificar el Pantanal, porque cuando ellos
comenzaron a trabajar hacía ya muchos años, había muchos y peligrosos cazadores
furtivos y traficantes de cueros.
Luego apagamos el fuego y nos dispusimos a
dormir.
Varias veces durante la noche pude oir
jaguares. Al menos andaban por allí dos, considerando de donde provenían los
rugidos.
A la mañana siguiente, al entrar en una franja
de monte nos cruzamos con un bandito de pecaríes y al salir del monte y entrar
en un palmar pude ver un aguará-guazú, bellísimo y elegante animal que pensé ya
no vería nunca en mi vida.
Ya cerca del mediodía, tuve el regalo de tener
delante nuestro a otro de los animales mas llamativos y también mas amenazados
de Sudamérica: un oso hormiguero grande.
El muy particular animal deambulaba lentamente
inspeccionando un pajonal y permitió que nos acercáramos a unos diez metros con
nuestros caballos. En cierto momento se detuvo, levantó su larga cabeza para
olfatear el aire y tuvimos que contener la risa, porque solo al tenernos tan
cerca desconfió que estaba siendo observado.
Lo miramos un momento mas hasta que su larga y
peluda cola desapareció entre las pajas.

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