lunes, 29 de julio de 2013

Relato: De Patrullaje

De Patrullaje

Haríamos una patrulla a caballo de dos días de duración.
Contábamos con cuatro de ellos, porque íbamos Florencio, Benjamín y yo y el restante para cargar la carpa, comida y poco mas. Hacía mucho tiempo que no montaba un caballo y la sensación de subir al animal fue muy vivificante. A fuerza de andar tanto tiempo en lancha, algo inanimado, no me acordaba de como se siente bajo uno al animal y me pareció que jinete y caballo de alguna manera pasan a ser un único ser...
Tomamos el café con pan que ya era mi rutina de cada mañana ?Quien dijo que no hay rutinas hermosas? Subimos a nuestros caballos y salimos al paso !que deleite!
El sol apenas había acabado de salir y los gritos de los monos aulladores parecían augurar una feliz recorrida.
Al principio nos metimos por un túnel abierto entre palmeras y arbustos, para luego salir a un pastizal muy extenso, donde el pasto daba por la panza a los caballos y se veían aquí y allá manchones de monte. Los lapachos estaban en flor y hacia donde uno mirara había uno de esos elegantes y altos árboles manchando de rosado algún punto del paisaje.
Por allí se nos cruzó un tatú peludo y momentos después una pareja de guacamayos rojos anunció su presencia sobre un árbol, sin espantarse por nuestro paso.
Al transitar por una zona donde los caballos comenzaron a chapotear, levantaron la cabeza tres espléndidos ciervos de pantano, uno de ellos un macho de gran cornamenta, los que primero demostraron interés en nosotros, optando luego por huir hacia la selva que bordeaba el claro cuando consideraron que nos acercamos demasiado.
También nosotros entramos a la selva y tras unos minutos volvimos a salir a un claro. En ese entonces tomé cabal idea del paisaje donde estábamos inmersos: Aquella zona del Pantanal era una sucesión de lagunas redondeadas, situadas en el centro de pastizales o palmares, los que estaban separados entre sí por angostas e irregulares superficies de selva.
Atravesamos aquel espacio abierto y al llegar a su centro, apareció una laguna circular de quizás trescientos metros de diámetro donde había un grupo de unos cincuenta carpinchos y quizás cien yacarés tendidos en la orilla, muy cerca unos de otros.
!Cuantos yacarés! Dije yo.
Esto no es nada, ya va a ver lo que es de tarde cuando salgan a tomar el sol – comentó sonriente Florencio.
Mientras orillábamos aquella pacífica escena, otro animal hizo su aparición: un lobito de río con su tan particular andar de lomo arqueado, se metió en el agua lentamente. A escasos treinta metros de él dos coatíes hurgaban en el barro de la orilla, buscando quizás huevos de tortuga.
Al apretar el sol procuramos un sitio bien sombreado, desensillamos los caballos y nos aprontamos para pasar el mediodía.
Yo fuí a buscar leña, Florencio sacó agua de la que cargaba el caballo y la puso a calentar en una parrillita y Benjamín aprontó el mate.
Estuvimos mas de una hora hablando mientras compartíamos el cimarrón, solo después nos pusimos a cocinar.
Tras la siesta obligatoria debido al calor, volvimos a ensillar los caballos y otra vez iríamos a atravesar pastizales, palmares, monte y a bordear lagunas.
Tal como dijeron los muchachos, al llegar a la primera laguna había una cantidad increíble de caimanes. Se me ocurrió que aquello parecía un “estadio de yacarés”. Digo eso, porque no se me ocurre imagen mas parecida: Bordeando toda la laguna, sus barrosas orillas estaban prácticamente tapadas por cientos de yacarés, casi todos mirando hacia el agua. Dudo que allí hubiera menos de mil doscientos de esos animales.
La pregunta que me vino a la mente fue ?que comen?
!Nada! Rieron Benjamín y Florencio. Ya se comieron todos los peces y caracoles, ahora solo pueden esperar que el comienzo de las lluvias traiga peces de nuevo, al crecer el río e inundar esta zona.
El lugar elegido para pasar la noche fue un hermoso palmar situado frente a una laguna.
Al borde de esta también pastaban a nuestra llegada dos ciervos de pantano, y no bien nos pusimos a armar la carpa llegaron a una palmera cercana cuatro guacamayos azules, gloria del pantanal.
Del otro lado de la laguna merodeaban varias cigueñas jabirú y garzas, pero la nota del día la dieron cinco nutrias gigantes, que al notar nuestra presencia, se dedicaron buen rato a observarnos elevando cabeza, cuello y parte delantera de sus cuerpos por encima de la superficie del agua, dando a veces la impresión de que bailaban, porque balanceaban sus cuerpos a derecha e izquierda mientras emitían sus extraños y agudos maullidos.
Una vez armada la carpa, me hice un té y salí a caminar unos metros por el monte para desentumecer un poco las piernas tras tantas horas de cabalgata.
En doscientos metros de andar despacito entre los árboles, vi un guazubirá que me miró apacible, un coatí que estaba sobre un árbol, una familia de monos aulladores, un pájaro carpintero de cabeza roja y una pareja de la grandes pavas de monte mutum. !Increíble!
Con los últimos rayos de sol se produjo un alegre tráfico de aves que se retiraban a sus dormideros.
Las garzas y las cigueñas se fueron, loros, cotorras y papagayos pasaron todos en la misma dirección. Los pájaros comenzaron a cantar despidiéndose del día y poco después las ranas una vez mas tomaron la posta del sonido.
Esa noche, ante el fogón, mis colegas me contaron lo difícil que había sido pacificar el Pantanal, porque cuando ellos comenzaron a trabajar hacía ya muchos años, había muchos y peligrosos cazadores furtivos y traficantes de cueros.
Luego apagamos el fuego y nos dispusimos a dormir.
Varias veces durante la noche pude oir jaguares. Al menos andaban por allí dos, considerando de donde provenían los rugidos.
A la mañana siguiente, al entrar en una franja de monte nos cruzamos con un bandito de pecaríes y al salir del monte y entrar en un palmar pude ver un aguará-guazú, bellísimo y elegante animal que pensé ya no vería nunca en mi vida.
Ya cerca del mediodía, tuve el regalo de tener delante nuestro a otro de los animales mas llamativos y también mas amenazados de Sudamérica: un oso hormiguero grande.
El muy particular animal deambulaba lentamente inspeccionando un pajonal y permitió que nos acercáramos a unos diez metros con nuestros caballos. En cierto momento se detuvo, levantó su larga cabeza para olfatear el aire y tuvimos que contener la risa, porque solo al tenernos tan cerca desconfió que estaba siendo observado.
Lo miramos un momento mas hasta que su larga y peluda cola desapareció entre las pajas.


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