Recordando a Mureia.
Estaba bueno, eso de vivir en la
isla, allá en el Delta del Amazonas, pero me faltaba algo. Nunca entendí como
Robinson Crusoe se conformó bastante con solo tener a Viernes, sin que en todo
el libro no hubiera, según creo recordar, una sola mención a la necesidad de
contar con una mujer al lado. Yo en cambio, un ser menos literario, si la
sentía.
Una vez salió un barquito de
nuestra isla hacia Barcarena, el poblado mas cercano y sin pensarlo mucho
largué la hazada, me dí un baño en el río y me subí. Llegamos cerca del
mediodía y no bien pisamos tierra con otros dos fuímos al prostíbulo, ellos muy
decididos, pero yo muy nervioso porque nunca había estado en uno. Los
muchachos, poco exigentes, enseguida consiguieron una chica, pero las restantes
me miraban, cuchicheaban entre ellas y se reían haciendo comentarios.
Al ratito una gorda baja se
acercó a mi decidida a hacer negocio y me zampó :”yo soy la única de acá que te
quiere, aquellas no se animan.” Dijo señalándolas con el mentón.
No me atraía mas que un zapato
roto y le agradecí cortésmente diciéndole que lo que yo buscaba era otra cosa. Ella,
tras una mueca que no dijo nada en especial, se regresó al montoncito de chicas
que ya tendrían otro motivo para seguir haciendo comentarios. Pedí una cerveza,
porque había visto que eso es lo que hay que hacer en un prostíbulo y fui a
sentarme solo en una mesita de chapa que estaba afuera, a la sombra de un
cocotero. Al ratito apareció una muy linda morocha, muy linda en verdad, alta y
graciosa, que se sentó frente a mi sin pedir permiso, como se debe hacer
normalmente en esos casos, según creo. Tendría diecisiete años y me dio pena
verla alli. ¿Cómo te llamas? le pregunté.
Mureia
¿Y cuanto hace que trabajas en
esto? le dije.
Tres años.
¿Hay hombres que te pidan solo
besos y abrazos?- le pregunté-
No, hombres así no hay.
Hay algunos,- le dije-, pocos
pero hay.
Ella hizo que no despacito con la
cabeza, bajando la mirada un poquito.
Mureia -le dije- ¿crees que
podrías ganarte un dinero conmigo si vamos a la costa del rio, nos sentamos
bajo aquel mango y nos besamos?
Puso cara de incredulidad
primero, luego de no entender, pero tras poner mis manos junto a mi pecho
haciendo el ademán de rogar, se encogió de hombros y por primera vez me sonrió.
La tomé de la mano, se la besé
suavecito mientras la miraba a sus ojos y la conduje hasta el gran mango que
dominaba la orilla del río. Me senté recostado al tronco, mientras ella seguía
parada como indecisa. La atraje suavemente hacia mi sentándola muy a mi lado.
¡Que linda eres!- le dije.
La miré a los ojos un momento y
sin vergüenza, porque al final de cuentas, le pagaría ¿no?
Tome sus dos manos bastante
rudas, sin duda de hacer otros trabajos como complemento, las acaricié despacio
y las besé. Luego pasé a su boca. Después la abracé y la volví a besar. Como
por una hora intercalamos besos con momentos en que nos contamos algo de
nuestras vidas. Cuando menos lo pensaba alguien gritó mi nombre. Mi barco
estaba por regresar y se apuró la despedida. Me paré y la ayudé a pararse
tomándola de la mano una vez mas.
¿Mureia cuanto te debo?
Nada – me contestó consternándome.
Me emocionó su voz y solo atiné a
decirle- ¿Nada?
Ella volvió a negar con la
cabeza, sin duda un gesto muy suyo.
¿Aceptarías entonces que te
regale este collar que llevo? Y sin esperar su respuesta me saqué el collarcito
que llevaba desde mi paso por Perú y que era un Tumi verde que colgaba de un
descolorido hilo de lino.
Ella lo tomo de mi mano, lo miró
un poco, y sin mirarme ya lo besó y se lo puso.
¿Que habrá sido de su vida?
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