viernes, 2 de agosto de 2013

Relato: Recordando a Mureia

Recordando a Mureia.

Estaba bueno, eso de vivir en la isla, allá en el Delta del Amazonas, pero me faltaba algo. Nunca entendí como Robinson Crusoe se conformó bastante con solo tener a Viernes, sin que en todo el libro no hubiera, según creo recordar, una sola mención a la necesidad de contar con una mujer al lado. Yo en cambio, un ser menos literario, si la sentía.
Una vez salió un barquito de nuestra isla hacia Barcarena, el poblado mas cercano y sin pensarlo mucho largué la hazada, me dí un baño en el río y me subí. Llegamos cerca del mediodía y no bien pisamos tierra con otros dos fuímos al prostíbulo, ellos muy decididos, pero yo muy nervioso porque nunca había estado en uno. Los muchachos, poco exigentes, enseguida consiguieron una chica, pero las restantes me miraban, cuchicheaban entre ellas y se reían haciendo comentarios.
Al ratito una gorda baja se acercó a mi decidida a hacer negocio y me zampó :”yo soy la única de acá que te quiere, aquellas no se animan.” Dijo señalándolas con el mentón.
No me atraía mas que un zapato roto y le agradecí cortésmente diciéndole que lo que yo buscaba era otra cosa. Ella, tras una mueca que no dijo nada en especial, se regresó al montoncito de chicas que ya tendrían otro motivo para seguir haciendo comentarios. Pedí una cerveza, porque había visto que eso es lo que hay que hacer en un prostíbulo y fui a sentarme solo en una mesita de chapa que estaba afuera, a la sombra de un cocotero. Al ratito apareció una muy linda morocha, muy linda en verdad, alta y graciosa, que se sentó frente a mi sin pedir permiso, como se debe hacer normalmente en esos casos, según creo. Tendría diecisiete años y me dio pena verla alli. ¿Cómo te llamas? le pregunté.
Mureia
¿Y cuanto hace que trabajas en esto? le dije.
Tres años.
¿Hay hombres que te pidan solo besos y abrazos?- le pregunté-
No, hombres así no hay.
Hay algunos,- le dije-, pocos pero hay.
Ella hizo que no despacito con la cabeza, bajando la mirada un poquito.
Mureia -le dije- ¿crees que podrías ganarte un dinero conmigo si vamos a la costa del rio, nos sentamos bajo aquel mango y nos besamos?
Puso cara de incredulidad primero, luego de no entender, pero tras poner mis manos junto a mi pecho haciendo el ademán de rogar, se encogió de hombros y por primera vez me sonrió.
La tomé de la mano, se la besé suavecito mientras la miraba a sus ojos y la conduje hasta el gran mango que dominaba la orilla del río. Me senté recostado al tronco, mientras ella seguía parada como indecisa. La atraje suavemente hacia mi sentándola muy a mi lado.
¡Que linda eres!- le dije.
La miré a los ojos un momento y sin vergüenza, porque al final de cuentas, le pagaría ¿no?
Tome sus dos manos bastante rudas, sin duda de hacer otros trabajos como complemento, las acaricié despacio y las besé. Luego pasé a su boca. Después la abracé y la volví a besar. Como por una hora intercalamos besos con momentos en que nos contamos algo de nuestras vidas. Cuando menos lo pensaba alguien gritó mi nombre. Mi barco estaba por regresar y se apuró la despedida. Me paré y la ayudé a pararse tomándola de la mano una vez mas.
¿Mureia cuanto te debo?
Nada   me contestó consternándome.
Me emocionó su voz y solo atiné a decirle- ¿Nada?
Ella volvió a negar con la cabeza, sin duda un gesto muy suyo.
¿Aceptarías entonces que te regale este collar que llevo? Y sin esperar su respuesta me saqué el collarcito que llevaba desde mi paso por Perú y que era un Tumi verde que colgaba de un descolorido hilo de lino.
Ella lo tomo de mi mano, lo miró un poco, y sin mirarme ya lo besó y se lo puso.
¿Que habrá sido de su vida?


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