Aurora boreal.
Aprovechando la noche estrellada,
a las nueve salí de la casa donde me hospedaba en la cercanía de la
administración del parque Denali y caminé doscientos metros, situándome sobre
el puente que cruzaba un arroyo.
De pronto apareció una leve nube…
Pero ni el color, ni la forma, ni
su movilidad parecían ser de una nube y pensé que podría ser la Aurora Boreal.
Un momento después ya no tenía
ninguna duda, porque aquello, por un momento se pareció a una de las pocas
fotografías que había visto de dicho fenómeno.
Un tenue velo blanquecino se
desparramó lentamente por una zona que abarcaba unos cuantos grados del cielo,
tapando a las estrellas. El velo resultó cambiar sustancialmente de forma si
uno lo miraba cada cinco minutos, a veces ampliándose, otras veces aunándose a
otros velos en distintas partes del cielo. Una luminosidad particularmente
verdosa y brillante se desplazó mucho mas velozmente que los velos que venía
observando y creció, llegando a producir la típica formación de cortina cuyos pliegues caen hacia tierra.
Un tirabuzón verdoso y al
principio bajo, comenzó después a estirarse hacia arriba desde el horizonte, y
luego desde él surgió otro tirabuzón, que al llegar a tierra formó un
gigantesco portal de luz durante unos diez minutos.
Ahora se trata de un camino
luminoso muy ancho y muy sinuoso que no se aparta de las cercanías del
horizonte, pero que se transforma en anchos trazos de velos abarcando todo el
cielo.
Observé ese fascinante
espectáculo durante media hora. Luego fui a cenar y después salí de nuevo para
volver a verla, pero esta vez quería tener mayor horizonte visual.
Tomé un sendero que ya conocía y
caminé un rato hasta llegar a un punto muy abierto y alto. Al llegar allí note
un movimiento, iluminé con la linterna y tuve la gran sorpresa de ver un zorro
plateado, todo gris, salvo las patas y la punta de su gran cola peluda que eran
blancas. Nos miramos un momento y luego el hermoso animal se alejó al trote.
Hacía frío y me quedé media hora mas
a ver ese espectáculo que se renueva totalmente a cada momento, pero a
velocidad difícil de percibir.
Al rato me vino sueño y lamenté
haberme levantado tan temprano, dejando el disfrute para la noche siguiente.
A las cuatro de la madrugada me
desperté totalmente consciente de que debía aprovechar la oportunidad de seguir
observando a la Aurora Boreal y volví a levantarme y vestirme para salir afuera,
pero ella, la dama nocturna del Ártico ya no estaba.
Durante el resto de mi estadía en
Alaska me levanté tres o cuatro veces cada noche para buscarla, pero ella,
quizás ofendida por haberse entregado plenamente la primera vez sin que la observara
por horas, nunca más se presentó a la cita.
De haber sabido que era tan difícil
de ver, me hubiera quedado hasta el fin del espectáculo.
Fue un regalo tan inesperado como
hermoso.

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