Casamiento Maorí
Estando en el Parque Nacional Tongariro, Nueva
Zelandia, una tarde Phillip y su esposa me pidieron que los acompañara a un
casamiento de unos parientes suyos Maoríes.
La ceremonia se hizo en la casa comunitaria
Tokaanu Marae, típica de esa etnia.
Era la tercera vez que veía un Marae, porque
toda esa región central de la Isla Norte tiene mucha población Maorí.
El techo del Marae es a dos aguas y la
estructura se basa sobre troncos tallados con complejas figuras totémicas cuyos
ojos consisten en grandes incrustaciones de nácar.
Los troncos están pintados de color rojo
pardusco y todo el resto de la casa está pintado de crema muy claro, negro y
rojo.
Dentro, los postes también están enteramente
tallados, las paredes son de tablitas entrelazadas y el cielorraso es de
esteras de junco dispuestas a cuarenta y cinco grados, lo que al parecer
dificulta la entrada del agua.
Las múltiples fotos muy viejas de líderes
Maoríes ya muertos, atestiguaban la abundancia de los regalos que iba
recibiendo la madre de la novia.
Esa señora ostentaba el típico tatuaje femenino
Maorí, de dibujos negros en una amplia zona del mentón, lo que le daba la
apariencia de tener barba.
Tras la ceremonia cristiana que se realizó
frente al Marae y luego de apretar levemente mi nariz con la de algunos
invitados, hubo un par de canciones bellísimas, bailadas y cantadas por un
grupo de mujeres mayores.
El baile se limitaba a la realización de muy
armónicos movimientos de los brazos y muy leves de los pies, lo que junto a la
belleza de las voces y a la entonación me transportó.
En aquel momento me pareció volver a ser el
aventurero explorador de islas y ríos que quizás fui en otra vida, el siglo no
importaba, estaba en Nueva Zelandia rodeado de Maoríes en un rosado atardecer.
Alguien tuvo la cortesía de anunciar que el
banquete para los trescientos invitados comenzaría en dos horas y Phillip me
propuso salir a recorrer los alrededores.
Fuimos a parar a la costa del grandioso Lago
Taupo.
La enorme olla de ese lago se formó a raíz de
la mayor explosión volcánica que se conoce.
Una parte del lago estaba llena de cisnes
negros y desde allí se veían muy bien las decenas de fumarolas de vapor blanco
que se elevaban desde los cerros boscosos. Si los árboles se calentaran con
fuego al tener frío darían el mismo espectáculo.
Algo mas abajo, en la ladera, había otra
comunidad Maorí. Frente a ella estaba el gran lago carente de olas, tras ella
el bosque humeante. Bellísimo lugar. Por algo los colonos lo querían para sí.
Por algo los Maoríes pelearon para mantenerlo suyo.
Al regresar tomamos parte en la gran comilona
típica. La comida había sido preparada enterrando y asando allí a muchos
ingredientes a la vez, por eso los gustos se habían mezclado un poco.
Al terminar siguieron varios discursos en
inglés y en Maorí. Tras cada orador seguía una bella canción cantada y
acompañada por las mujeres.
Agradecí mucho a Phillip el haberme permitido
tener esa hermosa vivencia.
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