viernes, 12 de julio de 2013

Relato: Estoy solo. ?Solo?

Estoy solo. ¿Solo?

“No olvides llevar esto cada vez que salgas de la cabaña, aunque solo vayas al baño ahí atrás”- me dijo John dándome un spray como defensa contra los osos.
“Por la noche te conviene cerrar los postigos. Los clavos que tienen no son un gran impedimento para los osos, pero funcionan.
Que te vaya bien,- me dijo aquel joven y grandote colega- nos vemos pasado mañana por la tarde. Solo vendré antes si se larga un temporal de nieve, ya que hay que salir antes de que la ruta quede totalmente tapada.”
La camioneta arrancó y como tantas otras veces en mi vida, sentí la delicia de estar solo en la naturaleza. Iba a ser el único ser humano en miles de kilómetros cuadrados.
Denali es visitado por hasta trescientas cincuenta mil personas durante el verano, pero en otoño el parque tiene la ruta cerrada y según los guardaparques, el parque quedaba solo abierto para mí.
Tal cual hiciera durante todos mis viajes durante años, realicé el ritual del té como introducción al mundo silvestre donde estaba, en este caso el subártico.
La cocina a gas calentó el agua enseguida, puse el saquito de té en la gran taza azul que había en la cabaña y salí a tomarlo afuera.
“Estoy en la Cabaña East Fork, hecha de troncos y construida en 1928, situada en latitud 64 grados Norte y a una altitud de mil metros”- pensé.
Miré el termómetro que había en el exterior: exactamente cero grado. El sol estaba a medio camino, pero igual muy bajo. Una pequeña cañada, semicongelada ya, aún producía algo de sonido al correr el agua levemente entre las piedras. Transcurría por un vallecito pequeño, que doscientos metros mas abajo desembocaba en el lecho anchísimo, pedregoso y casi sin agua del arroyo East Fork. Por el ancho valle venía niebla proveniente del Norte, del Ártico y mirando hacia el Sur, cada tanto las nubes se abrían y se veían blanquear los hielos de las altas montañas.
Los colores del otoño tardío se limitaban a los pardos, lejos ya de los hermosos tonos rojos y amarillos que se habían dado en agosto.
“Me encuentro en una muy extensa región donde la relación presa- predador no depende de las decisiones del hombre, aquí, hay todos los lobos y osos que el ecosistema puede mantener, cosa que desafortunadamente cada año es mas infrecuente en el mundo.”
Me sobrevino una repentina alegría- “que lindo es ser Guardaparque, conservacionista, o lo que sea yo… aunque no trabaje aquí, de algún modo, todos los conservacionistas del mundo ayudamos a mantener estos tesoros que la humanidad muchas veces sigue resistiéndose a reconocer.
Todos los hombres y mujeres de las generaciones que vendrán, deberían tener el derecho que tuve yo de andar en una canoa de tronco por un largo río sin saber que encontrarán a su paso. O el derecho que tengo por estos tres días de ser como un colono de hace doscientos años, de caminar por un territorio poblado por animales silvestres, sin contar con equipo de comunicación. Se me ocurre que optar por desembarazarse de la tecnología y de la seguridad, palabra esta última que está socavando nuestra sociedad, también es un derecho humano.”
El sistema de calefacción a gas no funcionaba y realmente no me molestó. No contaba con que esa cabañita que en verano se presta a artistas plásticos  tuviera calefacción y confiaba en la ropa que llevé.
La primera tarde al salir a caminar me sorprendí con el avistamiento de una pareja de liebres de las nieves totalmente blancas, que se perseguían. Resaltaban mucho en el paisaje pardo de la tundra, porque aquí no había nevado aún. En lo que estimé sería el primer kilómetro de caminata conté doce de esos hermosos animales. Llegué a ver más de cincuenta. Casi todas ellas ya estaban blancas, pero algunas solo tenían blancas las patas y las orejas, manteniendo en el resto de sus cuerpos el color pardo propio del pelaje de verano. Pude ver a estos graciosos animales hasta con las últimas luces del largo crepúsculo. Tres de ellas intercalaron la tarea de comer el raquítico pasto con correteos y saltos verticales como intentando caer una sobre otra.
Una urraca blanca y negra era la única ave que podía ver en los alrededores de la cabaña, a la que se agregó algún cuervo que pasó volando alto. Durante las caminatas, las únicas otras aves que vi fueron un águila dorada, varias bandadas de pajaritos que no pude identificar, y que volaban hacia el sur iniciando la migración y cuatro picogordos de color rosado.
Dado lo avanzado del otoño, era natural que quedaran pocas aves, pero igual me pareció muy inusual el hecho de ver más mamíferos que aves.
El día anterior, no muchos kilómetros antes de llegar a la cabaña, había visto mis primeros osos en libertad.
Estaban en un lugar por demás descampado, en la tundra y había muchos manchones de nieve caída hacía unos días. El gran tamaño y color pardo oscuro de la hembra me facilitó verlos. La cría era de pelaje algo más rubio y al menos en apariencia mas largo que el de su madre.
Solo al verlos allí tuve cabal idea de la proverbial fuerza de los osos. Mientras la cría estaba entretenida comiendo algo, la hembra se distanció un poco y en cierto punto clavó ambas garras en el suelo lleno de pedregullo y con escasos movimientos de las patas delanteras abrió un pozo bastante grande. Emitió un gruñido y el osezno corrió hacia ella a velocidad desconcertante para mí. Buena parte de la cría cupo en el pozo que dejaba accesibles las raíces comestibles, hubo algún rugido de rezongo, algunos zarpazos aleccionadores y la calma volvió.
Hoy tomé un par de chocolates de la bolsa que alguien había dejado como cortesía y tras un buen te con pan untado en abundante manteca de maní, salí a caminar siguiendo la ruta. La elegí porque a juzgar por la cantidad de excrementos de lobo y oso que se encontraban en medio de ella, deberían usarla con frecuencia. Si pudiera verlos sobre el camino, se facilitaría el avistamiento de los animales, lo que ha sido prioridad número uno en todos mis viajes. Había pensado hacer una caminata corta y salir de nuevo tras el almuerzo, pero me entretuve por el camino y caminé casi seis horas.
A pocos metros de la cabaña encontré más de mis nuevas amigas, las liebres de las nieves. Eran muy mansas y toleraban que me acercara hasta a cuatro metros de distancia.
Como a la hora de caminata vi un grupo de once ovejas de Dall o muflones de Alaska. Altas ovejas de unos cien kilos y de color blanco. A diferencia de las domésticas, en éstas los cuernos están presentes en ambos sexos, pero los del macho son mucho mas grandes, sobrepasando una vuelta completa al costado de sus cabezas para extenderse luego hacia afuera. Estaban lejos, pero se veían nítidamente contra el color pardo amarillento de la ladera donde estaban.
Algo mas adelante y mas cerca mío encontré otro grupo, pero de veintidós animales. El macho dominante tenía cuernos espléndidos.
No temía a los osos, aunque tenía motivos para fijarme muy bien por donde andaba y revisar con los prismáticos el terreno que tenía delante. Si bien los osos pardos o gizzlies como les llaman en su país, no andan atacando gente, las hembras con cría pueden tomar la iniciativa de agredir a una persona que aparezca de improvisto, sobre todo en otoño, cuando deben comer lo mas posible antes de pasar en sus madrigueras todo el invierno. Se recomienda a los caminantes ir hablando, para que los osos los oigan y puedan mantener la distancia, evitándose así un encuentro cara a cara.
Pero también tenía motivos para no ir hablando solo, así que una vez mas disfruté plenamente de estar compartiendo el ambiente con animales silvestres y siguiendo las reglas del juego impuestas por el azar.
De nuevo vi una osa con un cachorro, esta vez ya muy grande y que sin duda se separaría de su madre tras el largo sueño invernal.
Los observé hasta que se me cansaron los brazos de mantener los prismáticos a la altura de los ojos.
Había costado mucho poder llegar a verlos en libertad y quería aprovechar esa oportunidad que me daba la vida, una vida que me permitió ver muchas cosas lindas de este mundo. Hay algo de homenaje hacia un animal al poder verlo en libertad. Ese animal no tiene como enterarse de si uno lo ha visto o no, ni tampoco le importa, pero si importa a los humanos, o al menos a algunos, el hecho de que exista la posibilidad de verlos en su ambiente y quizás allí esté el homenaje que digo. No se como explicarlo, al verlo escrito parece tonto, pero lo siento así.
También esta osa excavó varios pozos en busca de raíces, y esta vez vi como el osezno se revolcaba y giraba sobre un gran manchón de nieve.
En vano busqué ese día y los anteriores las siluetas de alces y caribúes.
Desde mi llegada a Alaska solamente había visto un alce que cruzó la ruta a la entrada del Parque de la Ciudad, un hermoso parque donde la vegetación natural de bosque boreal se deja tal cual es, incluyendo los árboles muertos y ramas secas.
Al regresar a la cabaña el termómetro marcaba un grado, pero decidí de nuevo tomar el té afuera, el que tomé en compañía de dos liebres blancas, que no solo no se molestaron con mi presencia, sino que se me acercaron. Realmente al estar abrigado no sentía nada de frío, lo que atribuyo a la falta de viento y sequedad del aire.
Pensé que tendría buenas oportunidades de volver a ver a la aurora boreal en aquella soledad, pero las tres veces que salí afuera cada noche, solo fui premiado con la vista del cielo estrellado del Norte donde la Estrella Polar era fácilmente ubicable.
El día indicado John llegó a la cabaña pero en vez de regresar a la oficina del parque, salimos por la ruta en la dirección opuesta, o sea hacia el Oeste.
Al pasar muy cerca de una ladera que desde el camino se precipitaba hacia el valle, encontramos unas veinte ovejas de Dall que estaban unas al lado, y otras sobre la ruta y solo entonces noté su gran tamaño. Un macho de hermosos cuernos y excelente estado físico pastaba solo a buena distancia de la manada.
Volvimos a ver osos dos veces mas, de nuevo osas con sus crías que resaltaban notablemente en el paisaje debido a su color oscuro y gran tamaño.
Mira- le dije sorprendido a John.
Un lobo andaba al trote sobre la carretera, frenamos el auto y pasó a nuestro lado sin dignarse mirar nuestro vehículo. Había leído un folleto del parque que decía: “si tiene la ocasión de ver un lobo, tómelo como un avistamiento excepcional y sumamente valioso”. Ya había visto varios desde la avioneta, pero tenerlo asi era diferente. Abrí la ventanilla del auto, John dio marcha atrás, porque el animal seguía al trote y tuvimos la suerte de que encontró un olor que lo entretuvo en el tronco de un abeto, lo que me permitió observarlo y fotografiarlo.
¿“No es increíble que el mismo animal que tantos miedos y leyendas ha inspirado en el hombre, haya dado origen al perro, quien es su mejor amigo?” – dije a mi colega. El asintió con la cabeza despacio y en silencio.
El camino iba ganando altura muy paulatinamente, lo que se notaba mas que nada por el aumento en la superficie del suelo que se encontraba cubierta de nieve. Con un paisaje ya totalmente blanco llegamos hasta un punto desde donde había una hermosa vista de Denali, que  ahora parecía mas que una montaña un dios.
“Amigo, estamos viendo uno de los mas imponentes paisajes montanos del mundo. El cono de montaña que Denali presenta desde aquí tiene mas de 5.500 metros de altura.”- Dijo John, quien había escalado esa montaña varias veces, el Aconcagua cuatro y había pasado los siete mil ochocientos metros en el Everest.
La montaña es realmente hermosa. Gracias a unos días inusualmente despejados, la había visto varias veces desde Anchorage, brillando al sol. ¡Pero demoré en darme cuenta de que la estaba viendo desde una distancia de trescientos setenta y cinco kilómetros!

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