Estoy solo. ¿Solo?
“No olvides llevar esto cada vez
que salgas de la cabaña, aunque solo vayas al baño ahí atrás”- me dijo John
dándome un spray como defensa contra los osos.
“Por la noche te conviene cerrar
los postigos. Los clavos que tienen no son un gran impedimento para los osos,
pero funcionan.
Que te vaya bien,- me dijo aquel
joven y grandote colega- nos vemos pasado mañana por la tarde. Solo vendré
antes si se larga un temporal de nieve, ya que hay que salir antes de que la
ruta quede totalmente tapada.”
La camioneta arrancó y como tantas
otras veces en mi vida, sentí la delicia de estar solo en la naturaleza. Iba a
ser el único ser humano en miles de kilómetros cuadrados.
Denali es visitado por hasta
trescientas cincuenta mil personas durante el verano, pero en otoño el parque
tiene la ruta cerrada y según los guardaparques, el parque quedaba solo abierto
para mí.
Tal cual hiciera durante todos
mis viajes durante años, realicé el ritual del té como introducción al mundo
silvestre donde estaba, en este caso el subártico.
La cocina a gas calentó el agua
enseguida, puse el saquito de té en la gran taza azul que había en la cabaña y
salí a tomarlo afuera.
“Estoy en la Cabaña East Fork ,
hecha de troncos y construida en 1928, situada en latitud 64 grados Norte y a una
altitud de mil metros”- pensé.
Miré el termómetro que había en
el exterior: exactamente cero grado. El sol estaba a medio camino, pero igual
muy bajo. Una pequeña cañada, semicongelada ya, aún producía algo de sonido al
correr el agua levemente entre las piedras. Transcurría por un vallecito
pequeño, que doscientos metros mas abajo desembocaba en el lecho anchísimo,
pedregoso y casi sin agua del arroyo East Fork. Por el ancho valle venía niebla
proveniente del Norte, del Ártico y mirando hacia el Sur, cada tanto las nubes
se abrían y se veían blanquear los hielos de las altas montañas.
Los colores del otoño tardío se
limitaban a los pardos, lejos ya de los hermosos tonos rojos y amarillos que se
habían dado en agosto.
“Me encuentro en una muy extensa
región donde la relación presa- predador no depende de las decisiones del
hombre, aquí, hay todos los lobos y osos que el ecosistema puede mantener, cosa
que desafortunadamente cada año es mas infrecuente en el mundo.”
Me sobrevino una repentina
alegría- “que lindo es ser Guardaparque, conservacionista, o lo que sea yo…
aunque no trabaje aquí, de algún modo, todos los conservacionistas del mundo
ayudamos a mantener estos tesoros que la humanidad muchas veces sigue
resistiéndose a reconocer.
Todos los hombres y mujeres de
las generaciones que vendrán, deberían tener el derecho que tuve yo de andar en
una canoa de tronco por un largo río sin saber que encontrarán a su paso. O el
derecho que tengo por estos tres días de ser como un colono de hace doscientos
años, de caminar por un territorio poblado por animales silvestres, sin contar
con equipo de comunicación. Se me ocurre que optar por desembarazarse de la
tecnología y de la seguridad, palabra esta última que está socavando nuestra
sociedad, también es un derecho humano.”
El sistema de calefacción a gas
no funcionaba y realmente no me molestó. No contaba con que esa cabañita que en
verano se presta a artistas plásticos tuviera calefacción y confiaba en la ropa que
llevé.
La primera tarde al salir a
caminar me sorprendí con el avistamiento de una pareja de liebres de las nieves
totalmente blancas, que se perseguían. Resaltaban mucho en el paisaje pardo de
la tundra, porque aquí no había nevado aún. En lo que estimé sería el primer
kilómetro de caminata conté doce de esos hermosos animales. Llegué a ver más de
cincuenta. Casi todas ellas ya estaban blancas, pero algunas solo tenían
blancas las patas y las orejas, manteniendo en el resto de sus cuerpos el color
pardo propio del pelaje de verano. Pude ver a estos graciosos animales hasta
con las últimas luces del largo crepúsculo. Tres de ellas intercalaron la tarea
de comer el raquítico pasto con correteos y saltos verticales como intentando
caer una sobre otra.
Una urraca blanca y negra era la
única ave que podía ver en los alrededores de la cabaña, a la que se agregó
algún cuervo que pasó volando alto. Durante las caminatas, las únicas otras
aves que vi fueron un águila dorada, varias bandadas de pajaritos que no pude
identificar, y que volaban hacia el sur iniciando la migración y cuatro picogordos
de color rosado.
Dado lo avanzado del otoño, era
natural que quedaran pocas aves, pero igual me pareció muy inusual el hecho de
ver más mamíferos que aves.
El día anterior, no muchos
kilómetros antes de llegar a la cabaña, había visto mis primeros osos en
libertad.
Estaban en un lugar por demás
descampado, en la tundra y había muchos manchones de nieve caída hacía unos
días. El gran tamaño y color pardo oscuro de la hembra me facilitó verlos. La
cría era de pelaje algo más rubio y al menos en apariencia mas largo que el de
su madre.
Solo al verlos allí tuve cabal
idea de la proverbial fuerza de los osos. Mientras la cría estaba entretenida
comiendo algo, la hembra se distanció un poco y en cierto punto clavó ambas
garras en el suelo lleno de pedregullo y con escasos movimientos de las patas
delanteras abrió un pozo bastante grande. Emitió un gruñido y el osezno corrió
hacia ella a velocidad desconcertante para mí. Buena parte de la cría cupo en
el pozo que dejaba accesibles las raíces comestibles, hubo algún rugido de
rezongo, algunos zarpazos aleccionadores y la calma volvió.
Hoy tomé un par de chocolates de
la bolsa que alguien había dejado como cortesía y tras un buen te con pan
untado en abundante manteca de maní, salí a caminar siguiendo la ruta. La elegí porque a
juzgar por la cantidad de excrementos de lobo y oso que se encontraban en medio
de ella, deberían usarla con frecuencia. Si pudiera verlos sobre el camino, se
facilitaría el avistamiento de los animales, lo que ha sido prioridad número
uno en todos mis viajes. Había pensado hacer una caminata corta y salir de
nuevo tras el almuerzo, pero me entretuve por el camino y caminé casi seis
horas.
A pocos metros de la cabaña
encontré más de mis nuevas amigas, las liebres de las nieves. Eran muy mansas y
toleraban que me acercara hasta a cuatro metros de distancia.
Como a la hora de caminata vi un
grupo de once ovejas de Dall o muflones de Alaska. Altas ovejas de unos cien
kilos y de color blanco. A diferencia de las domésticas, en éstas los cuernos están
presentes en ambos sexos, pero los del macho son mucho mas grandes,
sobrepasando una vuelta completa al costado de sus cabezas para extenderse
luego hacia afuera. Estaban lejos, pero se veían nítidamente contra el color
pardo amarillento de la ladera donde estaban.
Algo mas adelante y mas cerca mío
encontré otro grupo, pero de veintidós animales. El macho dominante tenía
cuernos espléndidos.
No temía a los osos, aunque tenía
motivos para fijarme muy bien por donde andaba y revisar con los prismáticos el
terreno que tenía delante. Si bien los osos pardos o gizzlies como les llaman
en su país, no andan atacando gente, las hembras con cría pueden tomar la
iniciativa de agredir a una persona que aparezca de improvisto, sobre todo en
otoño, cuando deben comer lo mas posible antes de pasar en sus madrigueras todo
el invierno. Se recomienda a los caminantes ir hablando, para que los osos los
oigan y puedan mantener la distancia, evitándose así un encuentro cara a cara.
Pero también tenía motivos para
no ir hablando solo, así que una vez mas disfruté plenamente de estar
compartiendo el ambiente con animales silvestres y siguiendo las reglas del
juego impuestas por el azar.
De nuevo vi una osa con un
cachorro, esta vez ya muy grande y que sin duda se separaría de su madre tras
el largo sueño invernal.
Los observé hasta que se me
cansaron los brazos de mantener los prismáticos a la altura de los ojos.
Había costado mucho poder llegar
a verlos en libertad y quería aprovechar esa oportunidad que me daba la vida,
una vida que me permitió ver muchas cosas lindas de este mundo. Hay algo de
homenaje hacia un animal al poder verlo en libertad. Ese animal no tiene como
enterarse de si uno lo ha visto o no, ni tampoco le importa, pero si importa a
los humanos, o al menos a algunos, el hecho de que exista la posibilidad de
verlos en su ambiente y quizás allí esté el homenaje que digo. No se como
explicarlo, al verlo escrito parece tonto, pero lo siento así.
También esta osa excavó varios
pozos en busca de raíces, y esta vez vi como el osezno se revolcaba y giraba
sobre un gran manchón de nieve.
En vano busqué ese día y los
anteriores las siluetas de alces y caribúes.
Desde mi llegada a Alaska
solamente había visto un alce que cruzó la ruta a la entrada del Parque de la
Ciudad, un hermoso parque donde la vegetación natural de bosque boreal se deja
tal cual es, incluyendo los árboles muertos y ramas secas.
Al regresar a la cabaña el
termómetro marcaba un grado, pero decidí de nuevo tomar el té afuera, el que
tomé en compañía de dos liebres blancas, que no solo no se molestaron con mi
presencia, sino que se me acercaron. Realmente al estar abrigado no sentía nada
de frío, lo que atribuyo a la falta de viento y sequedad del aire.
Pensé que tendría buenas
oportunidades de volver a ver a la aurora boreal en aquella soledad, pero las
tres veces que salí afuera cada noche, solo fui premiado con la vista del cielo
estrellado del Norte donde la
Estrella Polar era fácilmente ubicable.
El día indicado John llegó a la
cabaña pero en vez de regresar a la oficina del parque, salimos por la ruta en
la dirección opuesta, o sea hacia el Oeste.
Al pasar muy cerca de una ladera
que desde el camino se precipitaba hacia el valle, encontramos unas veinte
ovejas de Dall que estaban unas al lado, y otras sobre la ruta y solo entonces
noté su gran tamaño. Un macho de hermosos cuernos y excelente estado físico
pastaba solo a buena distancia de la manada.
Volvimos a ver osos dos veces
mas, de nuevo osas con sus crías que resaltaban notablemente en el paisaje debido
a su color oscuro y gran tamaño.
Mira- le dije sorprendido a John.
Un lobo andaba al trote sobre la
carretera, frenamos el auto y pasó a nuestro lado sin dignarse mirar nuestro
vehículo. Había leído un folleto del parque que decía: “si tiene la ocasión de
ver un lobo, tómelo como un avistamiento excepcional y sumamente valioso”. Ya
había visto varios desde la avioneta, pero tenerlo asi era diferente. Abrí la
ventanilla del auto, John dio marcha atrás, porque el animal seguía al trote y
tuvimos la suerte de que encontró un olor que lo entretuvo en el tronco de un
abeto, lo que me permitió observarlo y fotografiarlo.
¿“No es increíble que el mismo
animal que tantos miedos y leyendas ha inspirado en el hombre, haya dado origen
al perro, quien es su mejor amigo?” – dije a mi colega. El asintió con la
cabeza despacio y en silencio.
El camino iba ganando altura muy
paulatinamente, lo que se notaba mas que nada por el aumento en la superficie
del suelo que se encontraba cubierta de nieve. Con un paisaje ya totalmente
blanco llegamos hasta un punto desde donde había una hermosa vista de Denali,
que ahora parecía mas que una montaña un
dios.
“Amigo, estamos viendo uno de los
mas imponentes paisajes montanos del mundo. El cono de montaña que Denali
presenta desde aquí tiene mas de 5.500 metros de altura.”- Dijo John, quien
había escalado esa montaña varias veces, el Aconcagua cuatro y había pasado los
siete mil ochocientos metros en el Everest.
La montaña es realmente hermosa.
Gracias a unos días inusualmente despejados, la había visto varias veces desde
Anchorage, brillando al sol. ¡Pero demoré en darme cuenta de que la estaba
viendo desde una distancia de trescientos setenta y cinco kilómetros!
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