martes, 2 de julio de 2013

Relato: Pico Duarte

Pico Duarte

Al llegar a la caseta de La Compartición, situada a dos mil cuatrocientos cincuenta metros de altura, habíamos recorrido once kilómetros a lo largo del día.
Hacía frío, pero en vez de hacer el fuego dentro de la casa del guardaparque, lo hicimos en un fogón a la intemperie. El día anterior Julito me había confesado que le gustaba subir “al pico” porque en la montaña se pasa frío. Fíjese Juan Calo- me había dicho- las cosas duran mas si se las pone en la heladera y yo quiero vivir muchos años, por eso me gusta pasar frío...
De nuevo el fuego hecho de cuaba, la parte central del tronco de los pinos...Es cierto que la esencia de la tierra es el árbol y la del árbol el humo. Cada acampada tiene su olor a humo propio. Y el aroma de aquel fogón era la esencia de la Cordillera Central Dominicana…
El atardecer fue largo, debido a que las altas laderas de las montañas que estaban por encima de nosotros ocultaron el sol tempranamente.
Mucho rato antes de desaparecer bajo el horizonte, el sol desapareció tras las montañas, creando esa nostalgia de día ya pasado.
En cierto momento notamos que nosotros no éramos los únicos que tenían tal sentimiento: comenzamos a oir el canto inusualmente hermoso de un pájaro. Estaba compuesto por tres notas fuertes y descendentes, cada una muy larga, el adiós al día dado por un jilguero dominicano.
Al tercer día, dejamos las mulas y fuimos caminando hasta el Pico Duarte, situado a cinco kilómetros de la caseta.
En una de las laderas de enfrente, todos los pinos en una franja de cientos de metros de largo por quizás doscientos metros de ancho, estaban caídos en la misma dirección, secuela del paso de un huracán que demoraría añares en dejar de notarse.
Pasamos por una zona de gruesos y altos pinos, lo cual no esperaba ver a tal altura y en otra zona los pinos eran bajos y todos tenían las ramas retorcidas como en las pinturas japonesas, bellísima e insólita escena del mundo natural.
Salimos con sol, pero al llegar a cierta altura alcanzamos a las nubes y nos metimos en ellas. Allí hacía mas frío.
Con una visibilidad de menos de diez metros llegamos al promontorio rocoso que cual guinda en el postre, constituía la cumbre misma de la montaña. Pero las nubes perdonaron el sitio mas alto que emergía entre ellas como si fuera una roca en el mar.
Por si quedaban dudas de donde estábamos, allí había un busto de Duarte, el prócer dominicano, que aunque en sitio excelso, fue dejado solo. Me hubiera gustado mas haberlo encontrado a la entrada del parque.
Cuando ya dábamos por hecho que el día se había nublado, el telón horizontal de nubes se fue corriendo y descubrí que había estado parado a medio metro del borde de la ladera mas abrupta, que cae varios cientos de metros hasta el Vallecito de Lilís.
Repuesto de la impresión, me puse a apreciar la vista mas abarcadora de toda la Isla de La Española, allá a lo lejos se veían montañas, quizás de Haití.
Debido al gran tamaño del parque nacional y a que hay otros en las cercanías, se podía disfrutar de una muy amplia vista en la que hacia todos lados se veía bosque y solo muy a lo lejos algunos poblados.
Los bosques en su conjunto, fueron hasta hace solo cien años, la expresión de la vida mas extendida por islas y continentes. Pero se les declaró una guerra santa, cortarlos era bueno.¡había tantos!
No hemos asimilado aun que los bosques ya están mansos a fuerza de perder batallas y es por eso que cada año, cada día en realidad, es mas difícil subir a una altura y disfrutar del bálsamo de ver un bosque ininterrumpido  hasta el horizonte. Cada día es más difícil encontrar amplios paisajes boscosos donde la evolución de la vida continúe su camino.
La Cordillera Central ha sido llamada “La madre de las aguas”, porque si desaparecieran sus bosques desaparecerían también los ríos que en ella nacen. Sin bosque de montaña no hay ríos y sin estos adiós cultivos y ciudades.
Me gusta fantasear con que algún día, cuando aún no sea tarde, las áreas protegidas serán cuidadas como se debe.


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