Pico Duarte
Al llegar a la caseta de La Compartición,
situada a dos mil cuatrocientos cincuenta metros de altura, habíamos recorrido
once kilómetros a lo largo del día.
Hacía frío, pero en vez de hacer el fuego
dentro de la casa del guardaparque, lo hicimos en un fogón a la intemperie. El
día anterior Julito me había confesado que le gustaba subir “al pico” porque en
la montaña se pasa frío. Fíjese Juan Calo- me había dicho- las cosas duran mas
si se las pone en la heladera y yo quiero vivir muchos años, por eso me gusta
pasar frío...
De nuevo el fuego hecho de cuaba, la parte
central del tronco de los pinos...Es cierto que la esencia de la tierra es el
árbol y la del árbol el humo. Cada acampada tiene su olor a humo propio. Y el
aroma de aquel fogón era la esencia de la Cordillera Central Dominicana…
El atardecer fue largo, debido a que las altas
laderas de las montañas que estaban por encima de nosotros ocultaron el sol
tempranamente.
Mucho rato antes de desaparecer bajo el
horizonte, el sol desapareció tras las montañas, creando esa nostalgia de día
ya pasado.
En cierto momento notamos que nosotros no
éramos los únicos que tenían tal sentimiento: comenzamos a oir el canto inusualmente
hermoso de un pájaro. Estaba compuesto por tres notas fuertes y descendentes,
cada una muy larga, el adiós al día dado por un jilguero dominicano.
Al tercer día, dejamos las mulas y fuimos
caminando hasta el Pico Duarte, situado a cinco kilómetros de la caseta.
En una de las laderas de enfrente, todos los
pinos en una franja de cientos de metros de largo por quizás doscientos metros
de ancho, estaban caídos en la misma dirección, secuela del paso de un huracán
que demoraría añares en dejar de notarse.
Pasamos por una zona de gruesos y altos pinos,
lo cual no esperaba ver a tal altura y en otra zona los pinos eran bajos y
todos tenían las ramas retorcidas como en las pinturas japonesas, bellísima e
insólita escena del mundo natural.
Salimos con sol, pero al llegar a cierta altura
alcanzamos a las nubes y nos metimos en ellas. Allí hacía mas frío.
Con una visibilidad de menos de diez metros
llegamos al promontorio rocoso que cual guinda en el postre, constituía la
cumbre misma de la montaña. Pero las nubes perdonaron el sitio mas alto que
emergía entre ellas como si fuera una roca en el mar.
Por si quedaban dudas de donde estábamos, allí
había un busto de Duarte, el prócer dominicano, que aunque en sitio excelso,
fue dejado solo. Me hubiera gustado mas haberlo encontrado a la entrada del
parque.
Cuando ya dábamos por hecho que el día se había
nublado, el telón horizontal de nubes se fue corriendo y descubrí que había
estado parado a medio metro del borde de la ladera mas abrupta, que cae varios
cientos de metros hasta el Vallecito de Lilís.
Repuesto de la impresión, me puse a apreciar la
vista mas abarcadora de toda la Isla de La Española, allá a lo lejos se veían
montañas, quizás de Haití.
Debido al gran tamaño del parque nacional y a
que hay otros en las cercanías, se podía disfrutar de una muy amplia vista en
la que hacia todos lados se veía bosque y solo muy a lo lejos algunos poblados.
Los bosques en su conjunto, fueron hasta hace
solo cien años, la expresión de la vida mas extendida por islas y continentes.
Pero se les declaró una guerra santa, cortarlos era bueno.¡había tantos!
No hemos asimilado aun que los bosques ya están
mansos a fuerza de perder batallas y es por eso que cada año, cada día en
realidad, es mas difícil subir a una altura y disfrutar del bálsamo de ver un
bosque ininterrumpido hasta el horizonte.
Cada día es más difícil encontrar amplios paisajes boscosos donde la evolución
de la vida continúe su camino.
La Cordillera Central ha sido llamada “La madre
de las aguas”, porque si desaparecieran sus bosques desaparecerían también los
ríos que en ella nacen. Sin bosque de montaña no hay ríos y sin estos adiós
cultivos y ciudades.
Me gusta fantasear con que algún día, cuando
aún no sea tarde, las áreas protegidas serán cuidadas como se debe.
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