lunes, 1 de julio de 2013

Relato: Avioneta haitiana

Avioneta haitiana

La lluvia comenzó a caer fuerte en cuanto llegué a la protección del alero de la casa de los guardaparques. Habíamos llegado al encantador Valle del Tetero, situado a mil quinientos metros de altura y a dieciocho kilómetros del inicio del ascenso. Estábamos en el medio de la Cordillera Central Dominicana y faltaba subir el doble para acceder al Pico Duarte.
Llovió buena parte de la noche pero el sitio contaba con un área techada para el fogón.
“Usté va a vel como se hace el fuego con cuaba - me dijo Germán- mire como alde.” Con el hacha cortó dos astillas de pino, de dos o tres centímetros de ancho. Luego tomó el encendedor y lo puso bajo la punta de una de las astillas. Esta se encendió tan bien como si hubiera sido de papel.
Germán puso esa astilla que mas bien parecía una vela, debajo de la otra y ya tenía el fuego iniciado. Sobre las astillas encendidas colocó unos palos gruesos y misión cumplida. !Lo que será un incendio en estos bosques! Nunca vi madera encenderse con tanta facilidad.
Nada mejor que un fogón para contar anécdotas y mientras cocinaba, Julito le pidió a Ramón, uno de los guardaparques que vivían allí que contara “lo de la avioneta haitiana” que se estrelló contra la montaña a dos mil quinientos metros de altura.
“Era la estación de las lluvias - dijo Julito -y una demora en despegar hizo que la desgracia pasara cuando las montañas se cubrieron de nubes como pasa cada tarde.
Andando tan alto, el piloto creyó estar a salvo, porque se creía situado lejos de las montañas.” Miró a Ramón y éste siguió contando:
“El hecho mas triste de mi vida fue el haber encontrado a la avioneta que se accidentó aquí cerca.
No bien se supo del accidente, a varios guardaparques se nos envió a buscarla. También salieron para la montaña muchas personas de la Ciénaga de Manabao.
Yo estaba en la caseta de La Compartición , la que se suponía mas cercana al accidente, así que salí a las tres de la tarde, ni bien recibí la orden. Por cumplirla cuanto antes no llevé abrigo- que tampoco lo tenía bueno- ni comida.
Encontré la avioneta una hora antes de la puesta del sol. No tenía radio, así que me quedé esperando a que llegara otra persona de confianza porque no quería dejar los cuerpos solos por temor a que alguien robara sus pertenencias. Se sabía que los pasajeros eran adinerados y hubo gente que no subió para ayudar, sino para robar si los hallaba primero.
Comenzó a hacer frío y no pude encender fuego porque todo estaba mojado. Nunca sentí tanto frío, creí que me iba a morir.
Cuando mis manos ya casi dejaban de responderme, pedí perdón a los accidentados y me metí en los restos de la avioneta tapándome con los cadáveres.
¡Que noche mi Dios! A la mañana siguiente encontré que los pajones y el suelo estaban blancos de escarcha. Esos pobres muertos salvaron mi vida.”



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