Lobos
Llevábamos largo rato volando,
alejándonos mas y mas de la presencia humana y acercándonos mas y mas al
plateado Denali, la montaña mas alta de América del Norte, que dominaba aquel
paisaje de Alaska.
¡Ahí están! - dijo el piloto,
señalando con la cabeza una manchita negra que resaltaba sobre la cima de una
colina en la tundra.
La avioneta, con capacidad para
solo otra persona además del piloto, giró hacia la izquierda y la manchita se
fue convirtiendo en un lobo negro que estaba echado y a medida que nos acercábamos
comenzaron a notarse otros mas cerca suyo. Uno de ellos gris, otro algo
colorado y tres de color pardo claro.
Fascinante.
Cada uno de los lobos giró su
cabeza lentamente para verrnos pasar, en tanto yo trataba de sumergirme en sus
ojos amarillentos, especialmente notables en el lobo negro.
La esencia del ártico estaba
abajo nuestro.
Dimos tres vueltas sobre ellos
para observar que estaban haciendo y reconocerlos bien, pero solo en la última
se pararon y con desgano, el negro se subió parcialmente sobre el gris, en la
forma que hacen los perros para saludarse.
El segundo grupo también estaba
en una suave y pequeña colina en la tundra, pero esta vez lejos de las
estribaciones nevadas de Denali. En este grupo, los cinco lobos eran de color
“té con leche” y al contrario del primero, no se dignaron levantarse tras las
tres vueltas de rigor que hacíamos con la avionetita de tela.
Mejor, siempre me gustó que mi
presencia no alterara la actividad – o la inactividad, como en este caso- de
los animales silvestres que he tenido la dicha de ver en su medio natural. Los
lobos eran rastreados con avioneta una vez cada dos semanas y ya estaban
habituados a esas visitas.
Allá están los otros- dijo de
nuevo el piloto-
Parecían ser tres.
Pero al bajar notamos que solo se
trataba de una pareja, el tercero, que parecía estar echado y se notaba mas
grande, resultó ser una hembra de caribú que acababan de cazar, cosa evidente, porque
solo le habían comido parte de un muslo.
¡Tienes suerte!- gritó el piloto,
esto se ve rara vez.
Uno de los lobos, el macho,
permaneció junto a su presa mirándonos pasar las tres veces, pero la hembra se
apartó al trote con la cabeza y cola gachas asustada por nosotros.
¡Sandy, es curioso que mi primer caribú
haya sido uno muerto!- dije al piloto.
¡Te mostraré uno vivo!- grito él
para ser oído por sobre el rugir del motor al dar una curva.
Descendimos y comenzamos a
desplazarnos sobre el lecho amplio y pedregoso de uno de los arroyos que surgen
por el deshielo de los glaciares de Denali y en escasos minutos pasamos sobre
un elegante caribú macho de enormes astas rojizas, que al igual que los lobos,
no se molestó por nuestro paso. El color de los caribúes era igual al de los
cantos rodados del lecho del arroyo y donde solo parecía haber piedras, al
descender la avioneta, los caribúes parecían originarse del suelo momentos
antes de que pasáramos sobre ellos. Daba la impresión de que sobrevolábamos un
inmenso “dibujo mágico”, de esos en los que solo cuando se consigue mirar de
cierta manera, comienzan a surgir las formas hasta entonces ocultas tras los
intrincados diseños.
Y seguimos…Irrumpimos por unos
minutos en la vida de cada uno de esos lobos. Al verlos y solo al verlos, tomé
conciencia de lo rudo de sus vidas: piedra, frío, viento, hambre, hielo, pero
también compañerismo y amor a la
vida. La civilización que todo lo compromete, parecía no
haber llegado hasta allí mas que formando parte del personal de aquel
espléndido Parque Nacional Denali.
Denali, “el mas alto” en lengua
Atabasca, brilló durante todo el vuelo de mas de tres horas en un día
inusualmente calmo y de cielo celeste. Era tal su brillo, que la montaña no
parecía estar cubierta, sino formada por hielo y nieve.

excelente narracion, nos hizo vivir los paisajes. gracias.
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