Pantanal
Hacía horas que viajábamos en lancha río
arriba.
A eso de las seis de la tarde comenzó la
oscuridad.
Momentos antes, un sol naranja se había puesto
tras los altibajos del ribete oscuro, perenne dominio de la selva inundada. El
Río Paraguay corría agrandado por su mayor creciente en los últimos once años,
lo que perjudicó a los ribereños por unos meses, pero traería mucho pescado y
eso era bueno.
Tras los hermosos colores que suelen regalarnos los atardeceres
tropicales, no bien mermó la luz, comenzó a notarse la tenue elipse inclinada
de la “Luz Zodiacal”.
De un momento a otro, aparecieron murciélagos
pescadores y pequeños dormilones que sobrevolaban la superficie del río, tal
cual las golondrinas lo habían hecho durante el día.
No mucho después, la Vía Láctea nos
sorprendía con su luminosidad, aún a nosotros, acostumbrados a verla sin la
interferencia de la luz de las ciudades. Pero nuestra amiga de los cielos
claros, tenía un buen motivo para manifestarse tan bien: estábamos muy lejos de
una ciudad, al decir verdad, quedan pocos espacios tan silvestres en el mundo.
Nos encontrábamos a cientos de kilómetros tanto
de Corumbá como de Cuiabá, únicas ciudades de esa región.
A eso de las ocho de la noche, la luna, enorme
y naranja, asomó en el centro de América del Sur, coloreando parches de río y
pantano.
Gran parte del viaje tuvimos a nuestra
izquierda las elevaciones de la Sierra de Amolar, con picos de hasta de
seiscientos metros que flanquean el oeste del Pantanal y generan un inesperado
contraste. La visibilidad provista por la luz de la luna era tal, que siendo
plena noche nos dimos cuenta de que los cerros tenían muchas rocas.
Luego de navegar unos doscientos cuarenta kilómetros río arriba,
nos metimos en el Río Cuiabá y tras unos diez kilómetros mas, la luna nos
permitió ver claramente el muelle flotante del Parque Nacional Pantanal
Matogrosense.
Al apagarse el motor de la lancha, las ranas
volvieron a ser las emperatrices del Pantanal y hasta la luz de la luna pudo
disfrutarse mas.
Desembarcamos las cosas y tomamos un senderito
que pronto nos develó la luz de una casa bastante grande. En la oscuridad nos
cruzamos con alguien que llevaba una carretilla para transportar los bultos.
En la cocina estaba la mujer de Augusto y
enseguida nos presentaron al resto del personal. Poco rato después se sirvió la
cena de tallarines, porotos negros, arroz, ensalada de lechuga y tomate y
pescado frito, servida en un comedor bendecido por saludables mosquiteros y
adornado con mapas y fotos del parque.
Mas tarde, al mermar los ruidos humanos,
comenzaron a escucharse los reclamos de los yacarés, mas bien ronquidos sordos,
pero que algunas veces resultaron ser muy potentes.
Un par de ñacurutúes cantaron toda la noche.
La proximidad del alba fue anunciada por la
bulla de un grupo de pavas de monte y el amanecer por el alegre parloteo de
loros, pericos y tucanes.
Tras el desayuno con abundante café, pan y algo
de pescado frito de la noche anterior, salimos nuevamente en aquella lancha que
tenía un motor de 115 caballos, pero haríamos un corto tramo por el Río Cuiabá.
Vimos algunas águilas negras y águilas
coloradas posadas sobre ramas buscando con la mirada sus presas entre la
vegetación flotante y muchos biguá víbora.
Nos dirigimos al extraño cerro de Cará-cará,
peñón de ciento noventa metros de alto y quizás tres kilómetros de largo, que
constituye una isla rodeada por el pantano mas grande del mundo.
El peñón tiene forma alargada y una de sus
cabeceras desciende gentilmente hasta la orilla misma del río.
Allí hay una casa magníficamente posicionada y
a salvo de la peor creciente, que presenta un jardín que ha embellecido ese
rinconcito apartado.
Las flores alternan con las rocas propias del
peñón y van acompañando los pasos de quien sube la escalera de piedra hasta la
casa.
Las aguas del puertito parecen contener una
extensión de aquel inolvidable jardín: una Victoria regia, la reina de las
plantas acuáticas, extendía sus hojas redondas de un metro treinta de diámetro,
las que estaban acompañadas por su gran
flor blanca.
Tomamos un senderito que comenzaba detrás de la
casa y allí mismo vimos que había un gran bagre que colgaba de un árbol a la
altura del pecho de un hombre.
?Lo tiene colgado a la sombra para que no se
pudra? Fue la pregunta que hice a un señor que estaba a la puerta de la casa. La pregunta parecía
contener una respuesta obvia, pero me agradecí haberla hecho igual:
“No, -contestó el pescador dueño de casa- día
por medio colgamos pescado aquí, es para atraer jaguares y que los vean los
pescadores deportivos. En estos días está viniendo una hembra con sus dos
crías, incluso vino hoy mismo, pero mucho mas temprano.”
Que había jaguares había. Por el sendero que
sube el cerro vimos varios de sus excrementos y arañazos en los troncos.
También nos enteramos que un día después de nuestra visita, un jaguar se había
llevado un perro, al mediodía, en la casa del pescador que vivía en la orilla
opuesta del río.
El día anterior, dos pescadores habían llegado
a las instalaciones del Parque Nacional diciendo que tuvieron que abandonar su
lugar de pesca, porque por dos noches un jaguar había estado rugiendo alrededor
de su campamento.
Otros pescadores que cayeron de visita una vez,
dijeron acabar de haber visto al llegar, una hembra a escasos doscientos metros
de las instalaciones del parque y el día que visitamos la Fazenda Acurizal
el encargado nos mostró las marcas de unas garras en la puerta de su casa y nos
dijo que un jaguar se había llevado su perro hacía solo cinco días…
El Cerro de Cara-cará estaba cubierto por
vegetación semiárida, lleno de cactus altos y arbustos, pero adornado por
lindas y grandes flores naranjas de unos treinta centímetros de altura.
El Parque Nacional no estaba aun abierto para
el público y Nuno, uno de nuestros anfitriones, escuchaba mis comentarios sobre
por donde debería pasar el sendero definitivo.
Desde la cima del cerro hay espectaculares
vistas, casi aéreas del pantanal. Desde allí tuvimos la oportunidad de ver otra
vez, aunque desde lejos en esta ocasión, a uno de los tres últimos indios
Guató, que aún habla el idioma de su tribu casi extinta. Remaba despacio por un
angosto arroyito que se abría paso entre la vegetación flotante. Dependía de la
pesca y de la caza para vivir.
Un par de veces fuimos a ver la enorme colonia
de cría de garzas y biguáes que hay en la Bahía del Burro. Estimo que veríamos
no menos de tres mil de esas aves, que se apiñan sobre una parte de la selva,
pero se desconocía cuantas aves mas escaparían a nuestra vista tras ellas.
El monto de los excrementos que caen alli todos
los años ha matado a muchos de los árboles, los que al estar pelados, permiten
ver con mas facilidad a las garzas en sus nidos.
Al caer la tarde, los tonos se iban haciendo
mas cálidos y tanto allí como en un dormidero que había sobre unos árboles
secos en medio de la amplísima laguna, las garzas quedaban doradas y los
biguáes bronceados.
Logramos ver ciervos de pantano, animales que
busqué especialmente porque están extintos en buena parte del continente desde
hace mucho, y del viaje por el Río Cuiabá recordaré por siempre la extraordinaria
abundancia de yacarés y la amabilidad de los guacamayos azules. Vimos muchos de
estos, los loros mas grandes del mundo. En dos ocasiones, primero una pareja y
luego tres ejemplares, aparecieron sobre el río y lo cruzaron en diagonal,
acercándose a la lancha que nos llevaba, me pareció que buscaron sobrevolarnos.
Como ellos volaban mas o menos a la misma velocidad que llevábamos nosotros, el
encuentro duro un ratito y disfrutamos de ese saludo que parecieron hacernos.
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