Viento misionero
Oyó el
gorjeo de la primera golondrina parda y entre sueños la adivinó flotando alto
sobre el claro del monte donde estaba su choza de palos y hojas de palmera.
Como era
domingo siguió un poco mas en el catre.
Con el
canto del pitanguá supo que ya era el alba y se levantó.
Avivó las
brasas y puso sobre ellas la tropera de lata.
Estuvo un
rato mateando afuera, sintiendo el frio porque sentirlo era una forma de paliar el calor que invadiría todo dos horas
después. Entre sorbo y sorbo afiló el hacha y al amanecer se metió en la picada
aun oscura.
Al notar
que había un viento fuerte del Este se decidió por voltear un solo árbol grande
y no dos o tres. Le haría una “cara” del lado Oeste y el viento haría buena
parte del trabajo. Por eso se dirigió al ibirápitá que descubriera unos días
atrás.
Comenzaron
los hachazos y entre las lascas voladoras vió lo mas suyo: su pasado.
Cesó el
viento. Tendría que cambiar de lado porque el árbol ya se inclinaba hacia él.
Una ráfaga repentina del Oeste se los llevó a los dos.
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