martes, 6 de agosto de 2013

Relato: Rosado y azul

Rosado y azul

Parque Nacional West Mc. Donnell, Australia.
Las colinas Mc. Donnell constituyen un plegamiento, que visto desde arriba, se presenta como una larga arruga muy recta de la Tierra.
Cada tanto, la colina es cortada por los cuchillazos erosivos de pequeñísimos arroyuelos que no van a ningún lado. Nacen con la lluvia que cae sobre la elevación de piedra y mueren allí nomás, aunque un lecho de arena libre de vegetación, y unos pocos gruesos y bajos eucaliptos situados a ambos lados de uno de ellos, indican que a veces el agua va un poco mas allá. Por eso es que los mapas físicos del interior de Australia señalan el final de los arroyos con una flechita que indica hacia donde corre el agua. ¿Qué tan lejos llegan? Eso depende de las lluvias de cada año, pero siempre terminan en la arena, a pocos cientos de metros. Se los come la aridez.
Tras la llegada, al poco rato de caminar, nos encontramos en un lugar de belleza extremadamente sencilla y fácil de recordar; un regalo del desierto…
 La eterna sombra de las abruptas colinas rojizas, permitía la existencia de un charco de agua de treinta metros de largo por cinco de ancho. A un lado de éste, había un desmoronamiento de grandes rocas rosadas y algunos eucaliptus crecían a unos metros de allí.
De pronto, una roca pareció moverse:
Un canguro de las rocas se había hartado de mirarnos y decidió cambiar de posadero. Al pasar por cierto punto, otro canguro se dio a conocer al moverse. Decidí que valía la pena jugar a “busque el canguro” y en un momento encontré doce con solo “hurgar” entre las rocas con los binoculares. Las marcas negras que presenta este animal en patas y cuello, los camuflaban a la perfección imitando las sombras de las grietas de las rocas. Al quedarnos quietos un rato, uno de ellos se acercó a beber. Se inclinó sobre el agua y una cabecita asomó de su marsupio. Madre y cría bebieron a la vez.
 Reinaba el silencio, porque los animales no hacían ruido al saltar y no había viento.
 Una gran  águila cola de cuña apareció alto tras la colina: el desierto estaba mostrándose generoso. Me llamó la atención el color del cielo. No era celeste, era azul y así fue todos los días. Nunca antes lo había visto de un tono tan oscuro y brillante.




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