lunes, 19 de agosto de 2013

Amapá

Amapá

Me piden que de unas clases en un curso para guardaparques en Amapá, estado de Brasil que sigue siendo de relativo difícil acceso. No bien llego al sitio donde se realizará el curso, encuentro una canoa de tronco, pido un remo al Dr. Paulo, dueño de la finca y me lanzo al agua y a mi pasado.
Remo.
Cuando conocí esos colores y claroscuros de selva, no había nacido ninguno de quienes en un par de horas serán mis alumnos, Amapá, en aquel entonces no era un Estado, sino un Territorio y la selva de las amazonas aun parecía indomable.
Recorrí ese arroyito muchas veces, tanto con marea baja como con marea alta. De día, daba gusto ver a las enormes tortugas que tomaban sol sobre los troncos empantanados. También daba gusto ver la abundancia de las mariposas, que no recordaba  fueran tan coloridas y variadas. A veces, juntaba restos del desayuno y los iba tirando al agua. Al momento, comenzaban a aparecer enormes peces, pardos o plateados la mayoría, pero también algunos de color verde limón. El agua era oscura, como siempre es allí, pero a veces, los peces asomaban sus lomos y entonces uno tenía una idea de su gran tamaño. De noche, armado con una linterna ajustada a la cabeza y de luz blanco azulada, pude ver notables escenas de la selva. Esa luz provoca un reflejo en los ojos de los animales mucho mayor que el que se logra con una linterna común y por eso, desde lejos, lo que en el interior de la selva equivale a unos cuarenta metros, podía ver los ojos de los animales nocturnos. El brillo de los ojos de las pacas y el de los yacarés eran los mas fuertes. Ambos lucían de un color entre rosado y naranja. Las pacas y agutíes que andaban por la orilla no le daban mucha importancia a mi paso. Los yacarés eran delatados desde mas lejos a veces, dada la ausencia de follaje en el arroyo. Era lindísimo andar remando despacito sin hacer ruído y ver el desplazamiento de los ojos de los yacarés, a la vez de ir calculando su tamaño. Pero allí no los había grandes, todos eran de la especie enana llamada yacaré coroa, que rara vez supera el metro cuarenta y son de color ladrillo claro. Los animales se reproducían allí porque encontré yacarecitos de treinta centímetros. También era espectacular de noche ver a las enormes ranas coloradas, las mas grandes de América del Sur. La primera vez que salí a remar de noche, noté que los troncos de las plantas que daban arroyo tenían muchos puntos brillantes, como el brillo que producen las gotitas del rocío y pensé que sería eso. Pero  quise comprobar si lo era realmente y grande fue mi sorpresa cuando al acercarme a la primera “gotita”, vi brillar perfectamente los ojos de una araña lobo. ¡¿Tantas arañas habría!?. Sí, había miles de ojos, miles de arañas lobo que sin duda se sorprendían con la luminiscencia del ser humano que pasaba.
 El Señor Paulo era un médico retirado que quiso hacer el bien en la Amazonia y se fue a vivir a Amapá siendo joven. Paulo y yo nos hicimos muy amigos de entrada. 
Que suerte que viniste, - me dijo un día- hacía muchos años que no tenía a nadie con quien conversar usando nombres científicos de animales y plantas. También hablamos mucho sobre indios, primero, porque allí estaban también Asiwefo y Juventino dos indígenas que se estaban capacitando como guardaparques y segundo, porque el tema nos gustaba.
Le comenté mi sorpresa cuando durante la presentación del mapa cultural que hicieron Asiwefo y Juventino sobre su territorio, pregunté por el significado de las figuras de personas que aparecían aquí y allá, considerando que sus aldeas estaban representadas por figuras de chocitas. La contestación de aquellos hombres me desconcertó: son indios – dijeron. ¿Indios? ? Pero y ustedes que son? Dije.
Ambos rieron y me explicaron: pusimos esas figuras donde la gente de nuestras tribus ( ellos pertenecían a tribus distintas) ha encontrado indios que no conocemos. No sabemos ni cuantos son, ni que idioma hablan porque cuando alguno de los nuestros se los encuentra, huyen enseguida.
¡Claro que aun quedan muchas tribus sin contactar Juan! Me dijo Paulo, sin ocultar su alegría.

El sol poniente iluminaba aun la orilla selvática de la Isla Santana, y el brazo del Río Amazonas que teníamos delante ya ostentaba el plateado-rosado de sus aguas en los atardeceres calmos. Paulo sirvió dos whiskys sin preguntarme si yo bebería, se apoyó en la baranda de su casa que daba al río y comenzó a contar una anécdota:
Una vez, dos indios salieron de la selva casi arrastrando a otro y lo llevaron hasta el claro que había delante del hospital de campaña donde yo trabajaba en la mina de la Sierra del Navío. No teníamos forma de comunicarnos con ellos, pero era evidente que supieron que allí había un médico, porque lo dejaron en el suelo y recién se retiraron cuando vieron que el enfermero y yo lo cargamos para adentro. Tuve que operar a aquel hombre y debió quedarse varios días en cama. Cuando mejoró comenzó a mirarme mucho, pero de una forma rara y un día largó una carcajada. Dos días antes había llegado a la mina un indio que hablaba su idioma y lo llamé para que le preguntara por que se había reído de mi. El intérprete se paró al lado de la cama mientras yo estaba frente a mi paciente e hizo la pregunta. El paciente dio una larga respuesta y al final volvió a reír. Lo que me tradujo el indio fue lo siguiente: “Dice que le da las gracias, pero que se rió porque lo ha reconocido Doctor Paulo. Dice que lo vió a usted hace dos años, cuando se adentró en su territorio dos días en canoa acompañado de otros tres hombres. El estaba junto a otros cinco guerreros ocultos tras unos troncos a escasos metros de ustedes. Dice que habían acordado seguirlos, hacía dos horas que los seguían para mirarlos y luego matarlos. Dice que él mismo estuvo apuntando con una flecha a su cuello Doctor, y que había tensado el arco, pero algo en usted le gustó, le gustó su voz y su barba y silbó como un pájaro para detener a sus compañeros. Se rió porque dice que si lo hubiera matado, usted no habría podido curarlo y el mismo estaría muerto ahora.
“Paulo – le dije- !eso si que es increíble! !Te salvó tu aspecto!!- ¡Que viva la Amazonia y que siempre hayan como ahora tribus sin contactar! ¡Que viva!, asintió Paulo y ambos tomamos un largo trago a la salud de la selva y su gente.



No hay comentarios:

Publicar un comentario