Amapá
Me piden que de unas clases en un curso para
guardaparques en Amapá, estado de Brasil que sigue siendo de relativo difícil
acceso. No bien llego al sitio donde se realizará el curso, encuentro una canoa
de tronco, pido un remo al Dr. Paulo, dueño de la finca y me lanzo al agua y a
mi pasado.
Remo.
Cuando conocí esos colores y claroscuros de
selva, no había nacido ninguno de quienes en un par de horas serán mis alumnos,
Amapá, en aquel entonces no era un Estado, sino un Territorio y la selva de las
amazonas aun parecía indomable.
Recorrí ese
arroyito muchas veces, tanto con marea baja como con marea alta. De día, daba
gusto ver a las enormes tortugas que tomaban sol sobre los troncos
empantanados. También daba gusto ver la abundancia de las mariposas, que no recordaba fueran tan coloridas y
variadas. A veces, juntaba restos del desayuno y los iba tirando al agua. Al
momento, comenzaban a aparecer enormes peces, pardos o plateados la mayoría,
pero también algunos de color verde limón. El agua era oscura, como siempre es
allí, pero a veces, los peces asomaban sus lomos y entonces uno tenía una idea
de su gran tamaño. De noche, armado con una linterna ajustada a la cabeza y de luz blanco azulada, pude ver
notables escenas de la selva. Esa luz provoca un reflejo en los ojos de los
animales mucho mayor que el que se logra con una linterna común y por eso,
desde lejos, lo que en el interior de la selva equivale a unos cuarenta metros,
podía ver los ojos de los animales nocturnos. El brillo de los ojos de las
pacas y el de los yacarés eran los mas fuertes. Ambos lucían de un color entre
rosado y naranja. Las pacas y agutíes que andaban por la orilla no le daban
mucha importancia a mi paso. Los yacarés eran delatados desde mas lejos a veces,
dada la ausencia de follaje en el arroyo. Era lindísimo andar remando despacito
sin hacer ruído y ver el desplazamiento de los ojos de los yacarés, a la vez de
ir calculando su tamaño. Pero allí no los había grandes, todos eran de la
especie enana llamada yacaré coroa, que rara vez supera el metro cuarenta y son
de color ladrillo claro. Los animales se reproducían allí porque encontré
yacarecitos de treinta centímetros. También era espectacular de noche ver a las
enormes ranas coloradas, las mas grandes de América del Sur. La primera vez que
salí a remar de noche, noté que los troncos de las plantas que daban arroyo
tenían muchos puntos brillantes, como el brillo que producen las gotitas del
rocío y pensé que sería eso. Pero quise
comprobar si lo era realmente y grande fue mi sorpresa cuando al acercarme a
la primera “gotita”, vi brillar perfectamente los ojos de una araña lobo.
¡¿Tantas arañas habría!?. Sí, había miles de ojos, miles de arañas lobo que sin duda
se sorprendían con la luminiscencia del ser humano que pasaba.
El Señor Paulo era un médico retirado que
quiso hacer el bien en la Amazonia y se fue a vivir a Amapá siendo joven. Paulo
y yo nos hicimos muy amigos de entrada.
Que suerte que viniste, - me dijo
un día- hacía muchos años que no tenía a nadie con quien conversar usando
nombres científicos de animales y plantas. También hablamos mucho sobre indios,
primero, porque allí estaban también Asiwefo y Juventino dos indígenas que se
estaban capacitando como guardaparques y segundo, porque el tema nos gustaba.
Le comenté mi sorpresa cuando
durante la presentación del mapa cultural que hicieron Asiwefo y Juventino
sobre su territorio, pregunté por el significado de las figuras de personas que
aparecían aquí y allá, considerando que sus aldeas estaban representadas
por figuras de chocitas. La contestación de aquellos hombres me desconcertó:
son indios – dijeron. ¿Indios? ? Pero y ustedes que son? Dije.
Ambos rieron y me explicaron:
pusimos esas figuras donde la gente de nuestras tribus ( ellos pertenecían a
tribus distintas) ha encontrado indios que no conocemos. No sabemos ni cuantos
son, ni que idioma hablan porque cuando alguno de los nuestros se los
encuentra, huyen enseguida.
¡Claro que aun quedan muchas
tribus sin contactar Juan! Me dijo Paulo, sin ocultar su alegría.
El sol poniente iluminaba aun la
orilla selvática de la Isla Santana, y el brazo del Río Amazonas que teníamos
delante ya ostentaba el plateado-rosado de sus aguas en los atardeceres calmos.
Paulo sirvió dos whiskys sin preguntarme si yo bebería, se apoyó en la baranda
de su casa que daba al río y comenzó a contar una anécdota:
Una vez, dos indios salieron de
la selva casi arrastrando a otro y lo llevaron hasta el claro que había delante
del hospital de campaña donde yo trabajaba en la mina de la Sierra del Navío.
No teníamos forma de comunicarnos con ellos, pero era evidente que supieron que
allí había un médico, porque lo dejaron en el suelo y recién se retiraron
cuando vieron que el enfermero y yo lo cargamos para adentro. Tuve que operar a
aquel hombre y debió quedarse varios días en cama. Cuando mejoró comenzó a
mirarme mucho, pero de una forma rara y un día largó una carcajada. Dos días
antes había llegado a la mina un indio que hablaba su idioma y lo llamé para
que le preguntara por que se había reído de mi. El intérprete se paró al lado
de la cama mientras yo estaba frente a mi paciente e hizo la pregunta. El
paciente dio una larga respuesta y al final volvió a reír. Lo que me tradujo el
indio fue lo siguiente: “Dice que le da las gracias, pero que se rió porque lo
ha reconocido Doctor Paulo. Dice que lo vió a usted hace dos años, cuando se
adentró en su territorio dos días en canoa acompañado de otros tres hombres. El
estaba junto a otros cinco guerreros ocultos tras unos troncos a escasos metros
de ustedes. Dice que habían acordado seguirlos, hacía dos horas que los seguían
para mirarlos y luego matarlos. Dice que él mismo estuvo apuntando con una
flecha a su cuello Doctor, y que había tensado el arco, pero algo en usted le
gustó, le gustó su voz y su barba y silbó como un pájaro para detener a sus
compañeros. Se rió porque dice que si lo hubiera matado, usted no habría podido
curarlo y el mismo estaría muerto ahora.
“Paulo – le dije- !eso si que es
increíble! !Te salvó tu aspecto!!- ¡Que viva la Amazonia y que siempre hayan
como ahora tribus sin contactar! ¡Que viva!, asintió Paulo y ambos tomamos un
largo trago a la salud de la selva y su gente.

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