Masais
En la vida de los Masai todo depende del
ganado. No es como muchos creen apresurada y ciegamente que una mujer equivalga
a cierto número de vacas, es que ese es el mínimo necesario para que la pareja
recién casada pueda alimentarse de leche y sangre. Con pocas vacas, la
frecuencia en la extracción de sangre sería mucha y las vacas no lo
resistirían.
El territorio de los Masai es, tras el despojo
de que han sido objeto, en buena medida semiárido. Las mujeres están a cargo de
la casa (y por extensión también del fuego y del agua) y como toda mujer rural
africana pasa buena parte del día yendo por agua y cortando leña. El trabajo de los hombres, en cambio,
consiste en conducir cada día a las vacas- en el caso de los jóvenes- o las
cabras – en el caso de los niños- desde los corrales hasta las zonas de
pastoreo y las aguadas. Para facilitar el trabajo de los niños, las cabras son
pastoreadas relativamente cerca de las casas, pero las vacas son llevadas mas
lejos, con frecuencia a distancias de varias horas de caminata. Por eso, donde
la población es alta, el resultado es que ya no quedan buenos sitios de
pastoreo. Al mermar el forraje, el ganado no gana peso y se genera un círculo
de pobreza creciente. Para peor, los corrales se hacen con ramas de acacia,
para que las espinas sean si no un impedimento, al menos una desventaja para los leones en sus
incursiones nocturnas. Y como las acacias son también cortadas para hacer leña,
el resultado final es un paisaje desértico y de los mas penosos que uno puede
encontrar en África.
Pero en las zonas donde la población de Masais
es baja, se da el caso opuesto y allí el viajero se encuentra con algunos de
los paisajes mas armoniosos del continente negro. Realmente es notable como la
misma cultura, pero con distintas densidades de población produce tales casos
opuestos.
Una de esas zonas de escasa población es el
Área de Conservación Ngorongoro.
Como hay poca gente cortando leña o ramas para
construir los corrales, hay muchas acacias, como no hay mucho ganado abunda el
pasto, el que es compartido con los animales silvestres y éstos son abundantes
porque los Masai, renombrados por su pericia en la caza de leones, no son un
pueblo que cace para comer.
Las abundantes acacias suelen ocultar las
aldeas – por la abundancia de hojas en la estación lluviosa o por ser pardas
como las chozas en la estación seca-, pero su cercanía, aunque sea relativa, se
denotará por la presencia de cabras y niños.
Allí hay unas cuantas, pardas, blancas,
manchadas, tenaces en su búsqueda de pastos y hojas. Las cuidan dos niños de
ropa colorida y harapienta de unos siete y nueve años. En caso de ataque de
leones tendrían que valerse solamente de sus bastones o varas de arreo. Pero
los leones no los atacarán.
A tres kilómetros de allí hay dos jóvenes, uno
de manto rojo con rayas azules y el otro de manto azul con rayas rojas, que arrean
cuarenta vacas hacia una aguada. Delante de ellos pasta una manada de cebras,
detrás de ellos, caminan parsimoniosamente en su misma dirección cinco jirafas.
En la aguada que se ve hacia adelante beben varios búfalos.
Volvemos al campamento luego de pasar varias
horas en el interior del Cráter de Ngorongoro. Las carpas se encuentran sobre
el borde de la enorme depresión. La abundante vegetación montana dificulta
apreciar el espectáculo que se encuentra abajo alli nomás, pero alcanza a verse
el lago interior, parcialmente rosado por los cien mil flamencos que le roban
su celeste a un tercio de su superficie.
Estoy a punto de encender el fuego para tomar
te, cuando cuatro elefantes irrumpen en el campamento. Los dos jóvenes Masai
que custodian el camping cambian la postura
desenfadada que tenían y se ponen en guardia con sus lanzas. Nos
advierten que hay que tomar distancia de los elefantes.
Se trata de tres machos de buenos colmillos y
una hembra. Cuando uno de los machos se detiene al costado de una camioneta,
finalmente uno puede tener una referencia de su tamaño. Impresiona su altura
si, pero sobre todo su rubustez. Hay pocas oportunidades de estar parado frente
a un elefante y la aprovecho. Calculo que mi cabeza queda a la altura de la
punta de sus colmillos. No me acerco, sería irresponsable y es innecesario. Es
él quien lo hace.
La recomendación de los Masai no parece sabia
sino cobarde, para quienes confunden las formas
redondeadas de estos animales con un indicador de su mansedumbre.
No son mansos, son simplemente parsimoniosos y
ese andar elegante y a la vez cansino, oculta sus comunes cambios de estado
emocional. En medio del campamento la hembra se detiene y el macho de mayores
colmillos se aproxima por atrás y la monta apoyando toda su trompa sobre su
cabeza y sus patas delanteras sobre sus costados. Durante unos segundos ella
queda quieta, pero impide la penetración con un rápido trote que deja solo a su
pretendiente. De esa forma nos damos cuenta de la rapidez que puede tener un
elefante y de lo acertado de la recomendación de los Masais.
Los turistas lo ignoran, pero los elefantes
matan mucha gente en África sin que medie la mas mínima provocación.
Los tres machos siguen su camino tras la hembra
y el campamento vuelve a la calma.
Me reúno con los jóvenes Masai y se inicia una
charla.
Son guerreros Morán, una clase etárea que les
permite varias ventajas.
Están trabajando de guardias para juntar un
dinero y poder comprar veintidós vacas cada uno y así poder casarse.
Les pregunto si tienen prometida.
¡Si, claro! Contestan ambos.
Luego les pregunto cuantas vacas tienen ya.
Aun ninguna – contestan al unísono.
Foto: Krissie Klark

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