miércoles, 14 de agosto de 2013

Masais

En la vida de los Masai todo depende del ganado. No es como muchos creen apresurada y ciegamente que una mujer equivalga a cierto número de vacas, es que ese es el mínimo necesario para que la pareja recién casada pueda alimentarse de leche y sangre. Con pocas vacas, la frecuencia en la extracción de sangre sería mucha y las vacas no lo resistirían.
El territorio de los Masai es, tras el despojo de que han sido objeto, en buena medida semiárido. Las mujeres están a cargo de la casa (y por extensión también del fuego y del agua) y como toda mujer rural africana pasa buena parte del día yendo por agua y cortando leña.  El trabajo de los hombres, en cambio, consiste en conducir cada día a las vacas- en el caso de los jóvenes- o las cabras – en el caso de los niños- desde los corrales hasta las zonas de pastoreo y las aguadas. Para facilitar el trabajo de los niños, las cabras son pastoreadas relativamente cerca de las casas, pero las vacas son llevadas mas lejos, con frecuencia a distancias de varias horas de caminata. Por eso, donde la población es alta, el resultado es que ya no quedan buenos sitios de pastoreo. Al mermar el forraje, el ganado no gana peso y se genera un círculo de pobreza creciente. Para peor, los corrales se hacen con ramas de acacia, para que las espinas sean si no un impedimento, al menos  una desventaja para los leones en sus incursiones nocturnas. Y como las acacias son también cortadas para hacer leña, el resultado final es un paisaje desértico y de los mas penosos que uno puede encontrar en África.
Pero en las zonas donde la población de Masais es baja, se da el caso opuesto y allí el viajero se encuentra con algunos de los paisajes mas armoniosos del continente negro. Realmente es notable como la misma cultura, pero con distintas densidades de población produce tales casos opuestos.
Una de esas zonas de escasa población es el Área de Conservación Ngorongoro.
Como hay poca gente cortando leña o ramas para construir los corrales, hay muchas acacias, como no hay mucho ganado abunda el pasto, el que es compartido con los animales silvestres y éstos son abundantes porque los Masai, renombrados por su pericia en la caza de leones, no son un pueblo que cace para comer.
Las abundantes acacias suelen ocultar las aldeas – por la abundancia de hojas en la estación lluviosa o por ser pardas como las chozas en la estación seca-, pero su cercanía, aunque sea relativa, se denotará por la presencia de cabras y niños.
Allí hay unas cuantas, pardas, blancas, manchadas, tenaces en su búsqueda de pastos y hojas. Las cuidan dos niños de ropa colorida y harapienta de unos siete y nueve años. En caso de ataque de leones tendrían que valerse solamente de sus bastones o varas de arreo. Pero los leones no los atacarán.
A tres kilómetros de allí hay dos jóvenes, uno de manto rojo con rayas azules y el otro de manto azul con rayas rojas, que arrean cuarenta vacas hacia una aguada. Delante de ellos pasta una manada de cebras, detrás de ellos, caminan parsimoniosamente en su misma dirección cinco jirafas. En la aguada que se ve hacia adelante beben varios búfalos.
Volvemos al campamento luego de pasar varias horas en el interior del Cráter de Ngorongoro. Las carpas se encuentran sobre el borde de la enorme depresión. La abundante vegetación montana dificulta apreciar el espectáculo que se encuentra abajo alli nomás, pero alcanza a verse el lago interior, parcialmente rosado por los cien mil flamencos que le roban su celeste a un tercio de su superficie.
Estoy a punto de encender el fuego para tomar te, cuando cuatro elefantes irrumpen en el campamento. Los dos jóvenes Masai que custodian el camping cambian la postura  desenfadada que tenían y se ponen en guardia con sus lanzas. Nos advierten que hay que tomar distancia de los elefantes.
Se trata de tres machos de buenos colmillos y una hembra. Cuando uno de los machos se detiene al costado de una camioneta, finalmente uno puede tener una referencia de su tamaño. Impresiona su altura si, pero sobre todo su rubustez. Hay pocas oportunidades de estar parado frente a un elefante y la aprovecho. Calculo que mi cabeza queda a la altura de la punta de sus colmillos. No me acerco, sería irresponsable y es innecesario. Es él quien lo hace.
La recomendación de los Masai no parece sabia sino cobarde, para quienes confunden las formas  redondeadas de estos animales con un indicador de su mansedumbre.
No son mansos, son simplemente parsimoniosos y ese andar elegante y a la vez cansino, oculta sus comunes cambios de estado emocional. En medio del campamento la hembra se detiene y el macho de mayores colmillos se aproxima por atrás y la monta apoyando toda su trompa sobre su cabeza y sus patas delanteras sobre sus costados. Durante unos segundos ella queda quieta, pero impide la penetración con un rápido trote que deja solo a su pretendiente. De esa forma nos damos cuenta de la rapidez que puede tener un elefante y de lo acertado de la recomendación de los Masais.
Los turistas lo ignoran, pero los elefantes matan mucha gente en África sin que medie la mas mínima provocación.
Los tres machos siguen su camino tras la hembra y el campamento vuelve a la calma.
Me reúno con los jóvenes Masai y se inicia una charla.
Son guerreros Morán, una clase etárea que les permite varias ventajas.
Están trabajando de guardias para juntar un dinero y poder comprar veintidós vacas cada uno y así poder casarse.
Les pregunto si tienen prometida.
¡Si, claro! Contestan ambos.
Luego les pregunto cuantas vacas tienen ya.
Aun ninguna – contestan al unísono.


Foto: Krissie Klark

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