Aguadas sagradas
Varias veces fui llevado a ver aguadas sagradas
de las que están dispersas en el desierto australiano.
Se trata de sitios que invitan al recogimiento.
Cerros rocosos, muy antiguos a juzgar por sus formas redondeadas, tienen del
lado que da mas sombra, pozos amplios de agua oscura. El hecho de ignorar su
profundidad aumenta el extraño encanto que emanan. Los bordean unos pocos
árboles y arbustos que con su verdor parecen dar la bienvenida a quien llega.
Se trata de una belleza nada rebuscada, pero penetrante y uno quisiera
permanecer varios días allí, para así poder compenetrarse con la esencia de
tales sitios sin tiempo.
Es fácil
bajarse de un avión, tomar un vehículo de doble tracción con aire
acondicionado, hacer muchos kilómetros y tras bajarse del coche y mirar el agua
preguntarse ¿Qué tiene de sagrado este pozo?
Pero si la única manera de desplazarse en la
vida ha sido caminando, y se ha tenido la entereza física y la habilidad para
sobrevivir en el desierto, al llegar a uno de esos pocos oasis, la pregunta
cambia y pasa a ser: ¿Cómo puede alguien no considerarlos sagrados?
Durante miles de años, los aborígenes pudieron
dispersarse por todo le país-continente sin grandes dificultades, pero cuando
Australia entró en el período seco en el que aun se encuentra, las poblaciones
humanas quedaron restringidas a donde había agua que permitiera su existencia.
Los grupos de nómades comenzaron a aislarse al solo poder acceder a los sitios
relativamente cercanos a las aguadas y al haber amplios sectores sin éstas, se
fueron aislando y fueron acentuándose las diferencias físicas e idiomáticas.
Según los aborígenes australianos, en las aguadas vive Wanampi, la gran serpiente
sagrada, fiel custodio del sitio. Nadie la ha visto nunca, pero los aborígenes
creen en su existencia. Mi anfitriona Kristen le comentó a un joven aborigen
que yo había vivido en la Amazonia y había visto anacondas.
¿Si? ¿Usted las vio señor?- me dijo-
Sí, vi varias.
¿Qué estaba haciendo la mas grande que vio?-
preguntó él.
Estaba nadando frente a mi canoa, lo hacía con
la cabeza fuera del agua, como enseñándome el camino. – le dije.
¡Wanampi debe ser una anaconda! Usted tuvo
suerte de verlas señor!
Claro que si, era uno de los animales que mas
quería ver. – le comenté. El aborigen quedó contento y me alegre de que las
anacondas, tan perseguidas en su patria selvática, provocaran sonrisas en un
aborigen del desierto.
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