miércoles, 14 de agosto de 2013

Arena roja

Arena roja

Estando en Watarrka una vez mas sentí el llamado de un mundo salvaje desconocido para mi. Kristen, excelente anfitriona, me tenía preparada una apretada agenda de trabajo voluntario y visitas, pero yo deseaba algo mas. Tengo que pasar una noche solo en el desierto y además quiero caminarlo un poco ¿me dejas que me escape por un día?- le pregunté.
Al día siguiente, de tarde, cuando el sol ya estaba lo suficientemente bajo como para permitirme cargar una mochila, tomé la bolsa de dormir, mucha agua, algo de comida y me alejé de las casas de los guardaparques siguiendo una huella. Ésta corría al principio por uno de las decenas de miles de vallecitos que quedan entre una y otra duna. Después, doblé hacia la derecha para alejarme aún mas y asegurarme de que no vería siquiera el resplandor de alguna luz. Al doblar y salir del alargadísimo vallecito de arena, se hizo patente ante mi la sencillez de aquella geografía ya muy alejada de las colinas rocosas del Cañón del Rey. Un valle de unos cien metros de ancho y una duna, otro valle y otra duna, tanto ellos como ellas, fieles seguidores de las líneas paralelas. En los valles había pasto ralo y seco, sobretodo el spinifex, muy duro, espinoso y alto hasta la rodilla y acacias espaciadas. Las dunas de mas o menos cinco metros de alto, estaban en cambio casi carentes de vegetación y constituían la mas hermosa manifestación de arena que he visto. ¿De que color serían?
Estando parado encima de ellas y de espaldas al sol, se veían color salmón, si uno giraba un poco y con el sol de costado, pasaban a ser color ladrillo y con el sol de frente se quedaban color naranja. Pero a esos cambios hay que agregar los que se daban según la hora del día. Por eso la pregunta ?De que color era esa arena realmente? Elegí caminar atravesando vallecitos y al subir a cada nueva duna comprobé que aparte de las diferencias de color provocadas por la orientación del sol, cada una tenía un tinte propio, mas rosado unas, mas naranja otras y mas color ladrillo otras.
Una vez mas estaba caminando por un ecosistema nuevo para mi.
Una vez mas estaba en un lugar privilegiado...
Una vez mas la vida me estaba dando un hermoso regalo: el de pasar un día en un lugar remoto y hermoso. El gran atractivo era poder adentrarme en el desierto caminando, donde la única limitante fue la cantidad de agua que pude cargar. Al andar reviví una hermosa sensación, la de ser un viajero apasionado por los grandes espacios naturales. Volví a sentir la promesa de aventura y libertad que da llevar una mochila pesada. Porque una mochila pesada, contiene todo lo que uno necesita para pasar unos días en lugares que serían inhóspitos si uno no llevara esa carga. Me dio por pensar que el gran interior de Australia es un sitio tan despoblado y salvaje como la selva amazónica, el Ártico o el mar y así aprecié más el privilegio de estar allí.
La arena estaba llena de huellas de lagartijas y de escarabajos. Al atardecer unas pocas aves se desplazaron, entre ellas las llamativas palomas copetudas.
Era la mejor hora del desierto, no solamente porque rápidamente la temperatura pasó a ser muy agradable, sino por los colores.
Hasta hacía un rato, solamente la arena era naranja, ahora todo lo es: el pasto, las acacias y hasta la paloma que me observa desde una rama. Al rato, la posta de color fue pasada al cielo. El rojo, amarillo, verde y azul se presentaban en anchas franjas horizontales y al hacerse tenues fueron perforadas por las primeras estrellas. Sentí la imperiosa necesidad de encender un fuego, ese compañero que ha tenido el hombre por miles y miles de años.
Como tantas veces en la vida, junté una pajitas, unos cuantos palos secos de las acacias cercanas y al encender el fuego sentí que no importaba mi origen, en ese momento solamente era un hombre en el desierto.
El momento mas lindo del día dura poco, pero existió ayer y existirá mañana. Los atardeceres anaranjados, al igual que las dunas, también son paralelos, aquellos en el tiempo y estas en el espacio.
Al aparecer Venus, el agua que había puesto a hervir ya estaba pronta, tome la lata con un pañuelo y eché dentro unas hojitas de té. Creí haber estado sereno, pero la mas plena serenidad me invadió cuando el té quedó pronto. Al haber encendido el fuego, muy pequeño, como me gusta a mi, había dado comienzo el ritual del té. Mi ritual del té, que simplemente consiste en hacerlo calentado a leña y beberlo en armonía con la naturaleza, escuchando sus sonidos e intentando seguir su pulso.
Suspiré.
 ¿Qué punto de referencia tendríamos los humanos si llegara a desaparecer la última área salvaje del mundo?
Sabemos que provenimos del mundo salvaje, pero no sabemos hacia donde vamos. Eso si, vayamos hacia donde vayamos vamos borrando a “Lo silvestre”, haciéndole una guerra de guerrillas. Guerra que se ha expandido a todo el planeta, hay es cierto, reservas, pero éstas son solo treguas, treguas cortas en una guerra de exterminio. Algunos creen, pensándolo mejor, muchísima gente cree, que la guerra al mundo silvestre es una guerra santa que solo puede traer prosperidad. Están equivocados. No importa que sean mayoría. La democracia no lleva implícita la razón, solo representa el pensamiento de las masas.
La noche me inspiró un poco y decidí escribir unos pensamientos que sin duda ya surgieron en muchas mentes, tal como el arco y la flecha, que fueron inventados por muchos hombres en todos los continentes. Siempre me gustó cambiar de tema abruptamente en las conversaciones, lo que muchas veces sorprendió a mis contertulios. Pero hoy estoy solo y eso no importa.


Creo que ya es un poco sabio el que busca la sabiduría.

¿Acaso una estrella fugaz no ha brillado por el hecho de que se extinga en un segundo?

El corazón está en otra dimensión: Cuando uno cree que ya está lleno, nos encariñamos con una nueva persona e inmediatamente se crea más lugar.

Si como dijo Goethe, la cosa mas importante en este mundo no es donde estamos, sino en que dirección nos movemos, ¡hay pobres de nosotros!

Contrariamente a lo que pensé que pasaría, no hizo nada de frío. Mi posición en lo alto de la duna permitía una gran visibilidad del cielo y me dediqué mucho rato a ver las estrellas. Marte lucía dorado. Cada tanto, los ruiditos en la hojarasca bajo las acacias denotaban la actividad de escarabajos, lagartijas y ratones, pequeños dueños de la noche. Un par de veces oí el aullido de dingos, los perros salvajes australianos. Cuando la luz del nuevo dia que estaba por comenzar acicateó los cantos de las pocas aves que había tenido de vecinas, me vino una linda mezcla de tristeza y alegría. Nunca mas volvería a ese lugar, como nunca mas volvería a tantos lugares donde he estado, donde he podido recoger algo de mi, ver cosas y seres con los que comparto este templo extraordinario, oasis del universo. No le tengo miedo a la muerte, pero me dará lástima dejar todo esto.
Tras el té del amanecer comencé el camino de regreso, debiendo detenerme cuando el sol comenzó a apretar. Busqué una acacia lo mas frondosa posible bajo la cual pasar el mediodía. Estando bajo esta, el calor era igual muy difícil de soportar y solo así tomé cabal idea de lo sacrificado de las vidas de los aborígenes del desierto. Me eché a dormir un poco y al bajar el sol y ya casi sin agua, seguí el camino de regreso. Me alegré por haber hecho esta escapada al desierto, se trató de una muy simple, pero muy hermosa experiencia.





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