Arena roja
Estando en Watarrka una vez mas sentí el
llamado de un mundo salvaje desconocido para mi. Kristen, excelente anfitriona,
me tenía preparada una apretada agenda de trabajo voluntario y visitas, pero yo
deseaba algo mas. Tengo que pasar una noche solo en el desierto y además quiero
caminarlo un poco ¿me dejas que me escape por un día?- le pregunté.
Al día siguiente, de tarde, cuando el sol ya
estaba lo suficientemente bajo como para permitirme cargar una mochila, tomé la
bolsa de dormir, mucha agua, algo de comida y me alejé de las casas de los
guardaparques siguiendo una huella. Ésta corría al principio por uno de las
decenas de miles de vallecitos que quedan entre una y otra duna. Después, doblé
hacia la derecha para alejarme aún mas y asegurarme de que no vería siquiera el
resplandor de alguna luz. Al doblar y salir del alargadísimo vallecito de
arena, se hizo patente ante mi la sencillez de aquella geografía ya muy alejada
de las colinas rocosas del Cañón del Rey. Un valle de unos cien metros de ancho
y una duna, otro valle y otra duna, tanto ellos como ellas, fieles seguidores
de las líneas paralelas. En los valles había pasto ralo y seco, sobretodo el
spinifex, muy duro, espinoso y alto hasta la rodilla y acacias espaciadas. Las
dunas de mas o menos cinco metros de alto, estaban en cambio casi carentes de
vegetación y constituían la mas hermosa manifestación de arena que he visto.
¿De que color serían?
Estando parado encima de ellas y de espaldas al
sol, se veían color salmón, si uno giraba un poco y con el sol de costado, pasaban
a ser color ladrillo y con el sol de frente se quedaban color naranja. Pero a
esos cambios hay que agregar los que se daban según la hora del día. Por eso la
pregunta ?De que color era esa arena realmente? Elegí caminar atravesando
vallecitos y al subir a cada nueva duna comprobé que aparte de las diferencias
de color provocadas por la orientación del sol, cada una tenía un tinte propio,
mas rosado unas, mas naranja otras y mas color ladrillo otras.
Una vez mas estaba caminando por un ecosistema
nuevo para mi.
Una vez mas estaba en un lugar privilegiado...
Una vez mas la vida me estaba dando un hermoso
regalo: el de pasar un día en un lugar remoto y hermoso. El gran atractivo era
poder adentrarme en el desierto caminando, donde la única limitante fue la
cantidad de agua que pude cargar. Al andar reviví una hermosa sensación, la de
ser un viajero apasionado por los grandes espacios naturales. Volví a sentir la
promesa de aventura y libertad que da llevar una mochila pesada. Porque una
mochila pesada, contiene todo lo que uno necesita para pasar unos días en
lugares que serían inhóspitos si uno no llevara esa carga. Me dio por pensar
que el gran interior de Australia es un sitio tan despoblado y salvaje como la
selva amazónica, el Ártico o el mar y así aprecié más el privilegio de estar
allí.
La arena estaba llena de huellas de lagartijas
y de escarabajos. Al atardecer unas pocas aves se desplazaron, entre ellas las
llamativas palomas copetudas.
Era la mejor hora del desierto, no solamente
porque rápidamente la temperatura pasó a ser muy agradable, sino por los
colores.
Hasta hacía un rato, solamente la arena era
naranja, ahora todo lo es: el pasto, las acacias y hasta la paloma que me
observa desde una rama. Al rato, la posta de color fue pasada al cielo. El
rojo, amarillo, verde y azul se presentaban en anchas franjas horizontales y al
hacerse tenues fueron perforadas por las primeras estrellas. Sentí la imperiosa
necesidad de encender un fuego, ese compañero que ha tenido el hombre por miles
y miles de años.
Como tantas veces en la vida, junté una
pajitas, unos cuantos palos secos de las acacias cercanas y al encender el
fuego sentí que no importaba mi origen, en ese momento solamente era un hombre
en el desierto.
El momento mas lindo del día dura poco, pero
existió ayer y existirá mañana. Los atardeceres anaranjados, al igual que las
dunas, también son paralelos, aquellos en el tiempo y estas en el espacio.
Al aparecer Venus, el agua que había puesto a
hervir ya estaba pronta, tome la lata con un pañuelo y eché dentro unas hojitas
de té. Creí haber estado sereno, pero la mas plena serenidad me invadió cuando
el té quedó pronto. Al haber encendido el fuego, muy pequeño, como me gusta a
mi, había dado comienzo el ritual del té. Mi ritual del té, que simplemente
consiste en hacerlo calentado a leña y beberlo en armonía con la naturaleza,
escuchando sus sonidos e intentando seguir su pulso.
Suspiré.
¿Qué
punto de referencia tendríamos los humanos si llegara a desaparecer la última
área salvaje del mundo?
Sabemos que provenimos del mundo salvaje, pero
no sabemos hacia donde vamos. Eso si, vayamos hacia donde vayamos vamos
borrando a “Lo silvestre”, haciéndole una guerra de guerrillas. Guerra que se
ha expandido a todo el planeta, hay es cierto, reservas, pero éstas son solo
treguas, treguas cortas en una guerra de exterminio. Algunos creen, pensándolo
mejor, muchísima gente cree, que la guerra al mundo silvestre es una guerra
santa que solo puede traer prosperidad. Están equivocados. No importa que sean
mayoría. La democracia no lleva implícita la razón, solo representa el
pensamiento de las masas.
La noche me inspiró un poco y decidí escribir
unos pensamientos que sin duda ya surgieron en muchas mentes, tal como el arco
y la flecha, que fueron inventados por muchos hombres en todos los continentes.
Siempre me gustó cambiar de tema abruptamente en las conversaciones, lo que
muchas veces sorprendió a mis contertulios. Pero hoy estoy solo y eso no
importa.
Creo que ya es un poco sabio el que busca la
sabiduría.
¿Acaso una estrella fugaz no ha
brillado por el hecho de que se extinga en un segundo?
El corazón
está en otra dimensión: Cuando uno cree que ya está lleno, nos encariñamos con
una nueva persona e inmediatamente se crea más lugar.
Si como dijo Goethe, la cosa mas importante en este mundo no
es donde estamos, sino en que dirección nos movemos, ¡hay pobres de nosotros!
Contrariamente a lo que pensé que pasaría, no
hizo nada de frío. Mi posición en lo alto de la duna permitía una gran
visibilidad del cielo y me dediqué mucho rato a ver las estrellas. Marte lucía
dorado. Cada tanto, los ruiditos en la hojarasca bajo las acacias denotaban la
actividad de escarabajos, lagartijas y ratones, pequeños dueños de la noche. Un
par de veces oí el aullido de dingos, los perros salvajes australianos. Cuando
la luz del nuevo dia que estaba por comenzar acicateó los cantos de las pocas
aves que había tenido de vecinas, me vino una linda mezcla de tristeza y
alegría. Nunca mas volvería a ese lugar, como nunca mas volvería a tantos
lugares donde he estado, donde he podido recoger algo de mi, ver cosas y seres
con los que comparto este templo extraordinario, oasis del universo. No le
tengo miedo a la muerte, pero me dará lástima dejar todo esto.
Tras el té del amanecer comencé el camino de
regreso, debiendo detenerme cuando el sol comenzó a apretar. Busqué una acacia
lo mas frondosa posible bajo la cual pasar el mediodía. Estando bajo esta, el
calor era igual muy difícil de soportar y solo así tomé cabal idea de lo
sacrificado de las vidas de los aborígenes del desierto. Me eché a dormir un
poco y al bajar el sol y ya casi sin agua, seguí el camino de regreso. Me
alegré por haber hecho esta escapada al desierto, se trató de una muy simple,
pero muy hermosa experiencia.

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