Turkanas
Cinco camiones blancos forman un apretado
convoy que se dirige hacia el Norte. No tienen matrícula ni logo, es extraño
verlos asi, totalmente blancos, sin ninguna señal salvo su color, que mas que
llamativo luce extravagante en el
paisaje semidesértico.
El primero levanta una nube de polvo claro que
se va ensanchando con el paso de los otros, casi a ciegas nos salimos un poco
del camino apestado de altibajos y los pasamos sin molestarnos por los saltos
que damos al ir aplastando matas.
Me doy vuelta y veo que cada camión tiene un
letrero grande sobre el parabrisas: no hay armas a bordo.
Van hacia Sudán. El endiablado camino de tierra
que parece la peor opción es en realidad la única existente.
No les será fácil llegar a salvar vidas, serán
acosados cobardemente por los bandoleros del camino.
Desde hace horas avanzamos por una muy extensa
planicie donde no cabe una acacia mas. Hace mucho calor, el pasto es escaso y
está seco. Las acacias carecen de hojas y sus ramitas tienen un brillo gris.
Voy formando parte de una partida de veintidós
guardaparques, quienes tienen a su cargo el control de un tercio de Kenia,
sector que coincide con la región mas violenta. Violenta por las incursiones de
rebeldes de Sudán, de Somalia y por los interminables conflictos entre dos
tribus pastoriles: los Turkanas y los Pokots.
De pronto el camino se inunda de vacas flacas y
blanquecinas, las arrean dos adolescentes pelados, que visten mantos viejos de
tela escocesa y van de sandalias de cuero. Lucen las enormes caravanas de
alambre y collares de colorida villutería típicas de varias tribus pastoriles
del Este de África, van armados con arcos y flechas y tienen un andar armonioso
a pasos largos, el que alternan con innecesarios golpes a las vacas con sus
bastones. Son los primeros Turkanas que cruzamos.
Unos kilómetros mas adelante, nuevamente el
camino queda tapado de vacas, esta vez muchas mas. De lejos se ven dos hombres
que las conducen de atrás, pero al ver que los vehículos que se acercan son
verdes, lo que significa que se trata de policías, militares o guardaparques,
ambos hombres se lanzan con rapidez hacia los lados del camino, ocultándose en
el espinal. Al hacerlo, sus siluetas denuncian que van armados con las
populares AK 47, arma infaltable en toda parte de África donde hubo o hay
guerrilla.
Los únicos animales que se ven son los
diminutos antílopes dik-dik, mas pequeños que
liebres, frágiles y elegantísimos. Se los ve con mucha frecuencia bajo
las acacias a ambos lados del camino.
Muy a lo lejos hay cerros de siluetas abruptas,
de celeste apacible.
Tenemos que comprar víveres y paramos en un
pueblito. Chozas, cabras, niños, polvo. Un letrero de Coca-cola señala un
almacén. Un Turkana que está parado impasible tiene colgada sobre un hombro la
ya familiar AK 47. Se apoya mitad sobre una pierna y mitad sobre su bastón de
arreo. Solo viste un manto, roto en varios lados y lleno de polvo. Es un
policía, me dicen.
Hay varios grupos de mujeres Turkana que llaman
mucho mi atención. Delgadas y rapadas, visten mantos viejos que fueron
coloridos y tienen abundantes pulseras y tobilleras y amplias caravanas y
collares de colores. Sus cabezas, hombros y brazos están llenos de cicatrices
ornamentales que forman líneas y dibujos distintos en cada una. Me han
advertido que son gente peligrosa y veo que todos los hombres, de aspecto en
verdad bastante parecido al de las mujeres, llevan dagas a la cintura. Dos de
ellos tienen una gran pluma de avestruz sobre la cabeza Algunos conversan
parados en un solo pie, doblando la otra pierna y apoyando el otro sobre la
rodilla que está firme y usando como segundo sostén su inseparable bastón que
apoyan en la ingle. Hay una muy pequeña mezquita de barro pintado de blanco,
dudo que en su interior tenga mas de dos metros de altura. Un anciano sale de
ésta, carga un pequeño objeto en una mano y cuando llega junto a otro hombre,
veo que se trataba de un muy pequeño asiento de madera en forma de hongo. Lo
pone sobre el suelo y se sienta sobre el cómodamente.
Noto que varias de las mujeres Turkana me miran
con inocultable curiosidad. Les devuelvo alguna mirada, aunque sin perder de
vista las actitudes de la gente de los alrededores. Una de las mujeres se
acerca y me mira muy seria. Tiene el cuello lleno de collares de alambre,
bastante apretados unos, pero otros, de cuentas de colores, son muy amplios y
se expanden sobre su pecho.
Le sonrío y por un instante sonríe también,
volviendo enseguida a la seriedad, quizás quedando mas seria aún.
Se acerca un chico, pastor de cabras y con una
mirada que mas que seria es desafiante se para delante mio, con ambos pies
juntos, con el cuerpo inclinado hacia un lado, sostenido por su bastón apoyado
en la cintura.
No veo la gracia de esas miradas
innecesariamente serias y al acercarse mas gente extiendo una mano y la dejo
con la palma hacia abajo.
No fue necesario hacer nada mas.
Una muchacha que recién llegaba se acerca, me
mira, le sonrío, me sonríe y con un rápido movimiento toca mi mano y sale
corriendo a las risotadas.
Sabía que si mantenía la mano quieta no sería
la única en hacerlo. Luego hizo exactamente lo mismo la primera mujer en
llegar, la que al regresar de su escapada de diez metros ya me sonreía
ampliamente. Luego se decidió el pastorcito, pero un hombre como él no correría
y luego de tocarme valientemente se mantuvo firme apoyado en su bastón.
Después mi mano fue tocada por un anciano y por
unas cuantas mujeres mas, todas las cuales seguían escapando inmediatamente
tras el brevísimo contacto, volviendo a su lugar en el corro muertas de risa y
haciendo comentarios.
En eso se me unió uno de mis colegas quien me
dijo: dicen que jamás habían tocado a un blanco y que pese a lo que pensaban,
haberte tocado no es asqueroso.
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