Ayer al mediodía llegué hasta el
extremo Oeste de este hermoso país que es Uganda, quedándome en el área
protegida Bosque Kibale, uno de los mejores sitios de África para ver chimpancés salvajes.
Me trasladé una vez más usando
las incómodas camionetas matatu, pero también una vez mas, disfruté del
contacto directo con el pueblo africano que tanto quiero. Realmente uno entra
en contacto con ellos, porque aparte de que lo mas lindo es ponerse a hablar
con quienes están sentados cerca, mientras se espera la casi dudosa y siempre
aplazada partida del vehículo, al irse llenando éste, existe el ineludible
contacto físico: niños que le tocan a uno las rodillas, brazos que se acomodan
a espaldas de uno, piernas en contacto con piernas, etc. Pero ¿Cómo evitarlo?
¿Por qué evitarlo? ¿Acaso no estamos todos en la misma? Mi mochila de cincuenta
litros, una vez mas entra de pura casualidad en el espacio que parece haber
sido creado para ella, casi siempre al lado del chofer, la olvido y a disfrutar
del ajetreo de la terminal, de ver a los vendedores que ofrecen de todo.
Cada uno de ellos se aparecerá en
mi ventanilla y ofrecerá sus variados productos. Es tanta la variedad que difícilmente,
imposiblemente, según creen ellos, exista persona en el mundo y más aun arriba
de un vehículo, que no necesite ninguno. Un vendedor de diarios tiene unos
treinta años, es delgado y está vestido de impecable traje blanco y gruesa
corbata azul brillante, lentes oscuros y sombrero blanco de ala ancha, sus
zapatos, blancos también y lustradísimos, tienen puntas de mas de quince
centímetros. Es elegante y disfruta de vestir así. Sin duda vende muy bien sus
diarios y no puede creer que no me interesen las noticias locales. Pero la
mayoría de los vendedores son mujeres, tanto jóvenes como ya entradas en años y
niños. Uno me ofrece cargadores de celular, cepillos de dientes, anillos baratos
y lentes de sol. ¿Está seguro de que no quiere nada de esto?
Muchos venden agua, refrescos,
cerveza, pollo frito, bananas, bizcochos muy secos, chapatis y los sabrosos
michomos, mi almuerzo preferido en días de viaje, consistente en brochetes de
carne de vaca o cabra insertados en palitos de madera.
El siguiente vendedor viene sonriente y me ofrece pomada
para zapatos, ropa interior femenina que asegura dejaría encantada a mi novia,
corbatas multicolores, linternas de varios tamaños y un par de zapatos de niño.
No puede creer que no entienda la conveniencia de sus precios.
El que sigue y que esperaba
pacientemente su turno, trae lo que nadie ha dejado de comprar jamás: sábanas,
cigarrillos, encendedores con imágenes de mujeres desnudas, una biblia, una
cantidad de sombreros quepis y relojes de pulsera mas un despertador.
La camioneta, como casi todas en
la explanada de la terminal, tiene su motor encendido hace rato y cada tanto amaga salir, moviéndose dos
metros, para luego regresar a su lugar. Pero en una de esas ¡Aleluya! El
conductor se despide muerto de risa de los vendedores de boletos que han traído
de la mano (y a veces por varias cuadras) a los pasajeros ¡y salimos! ¡que viva
el Dios de los Viajes!
Por el camino se ven hermosas
escenas bucólicas africanas, del África clásica que uno quiere ver: pastores
arreando con una varita a sus vacas Ankole de curvilíneos, larguísimos y muy anchos
cuernos, grupitos de chozas, pequeños cultivos de subsistencia, bananos,
papayas, sabanas amarillentas arboladas de acacias…
Ya muy al oeste, aparece de un
momento a otro un terreno suavemente ondulado y el verde brillante de
plantaciones muy prolijas de té.
Al rato, tras los extensos
cultivos de té, aparece el verde oscuro de la selva de Kibale, relicto
celosamente protegido, que forma parte de la muy extensa selva congolesa Ituri de árboles
muy altos.
Hoy tuve una de las mas hermosas experiencias
de selva de mi vida ¡y eso que he pasado mucho tiempo en las selvas!
Una vez mas tuve el privilegio de
vestir el uniforme de los guardaparques de Uganda, “La Perla de África” y
acompañé a dos guardaparques a guiar un grupo de cinco visitantes a la
actividad conocida como “rastreo de chimpancés”
No se porqué, pero supuse que el
tal rastreo sería bastante burdo y que nos dirigiríamos directamente a un sitio
cercano en la selva donde los chimpancés serían atraídos con bananas, tal como
hiciera Jane Goodall para ganárselos, pero me equivoqué rotundamente.
No solo que se los rastrea de
verdad, sino que se trata de una experiencia mucho mas enriquecedora que la de
“rastrear gorilas”.
Los gorilas se desplazan entre
doscientos metros y dos kilómetros por día y al desplazarse siempre por tierra
y ser grandes (los machos pesan hasta 275 kilos), dejan claros rastros (claros
para los expertos rastreadores locales, claro está). Pero los chimpancés son
mucho mas arborícolas, se desplazan mucho mas cada día y ante todo si bien
conforman grupos grandes que componen digamos un clan, éste rara vez se junta.
Los chimpancés se encuentran a menudo dispersos en la selva formando grupos
menores, e incluso hay muchos ejemplares aislados. Realmente es muy meritorio
el trabajo del rastreador de chimpancés. Un dato interesante es que el proceso
de habituar gorilas para que permitan que se les aproxime un grupo de turistas
lleva dos años, en tanto que el proceso de habituar chimpancés lleva cinco,
dado lo desconfiados que son y lo divididos que andan en la selva.
Comenzamos la caminata a las
ocho de la mañana. El suelo de la selva estaba mojado debido a la lluvia de la
noche anterior y el olor a humedad me devolvió a mi querida Amazonia. Los
árboles son muy altos, hay muchos de mas de cincuenta metros y muy gruesos.
Abundan los helechos y las palmeras y en lo alto se oía el ajetreo y trinos de
muchos pájaros imposibles de ver debido a la frondosidad de las copas y al gris
del cielo de la mañana.
El guía era excelente y nos mostró
un gran caracol pardo que se desplazaba por un tronco, nos señaló varios
frutos, nos dijo los nombres de los árboles mas comunes o llamativos por sus variadas
cortezas y nos mostró las primeras huellas de elefantes. Se trataba de los
esquivos y peligrosos elefantes de selva, menores que los de sabana, de piel
poco rugosa y de largos colmillos casi rectos que apuntan al suelo.
¿Los veremos?
Pocos metros después de haber
visto las primeras huellas de elefante, comenzamos a caminar usando los
senderos que hacen y mantienen en la selva y que les permiten deambular por
ella.
En cierto momento oímos el
inconfundible ruido que producen los bandos de monos al saltar por las ramas.
Nos desplazamos en silencio y logramos quedar casi debajo de uno de los mas
lindos fenómenos de la selva africana: los grupos multiespecíficos de primates.
Éste estaba compuesto por quizás quince monos azules de profundo color gris
pizarra, unos veinte monos de cola roja, de bella cara azul, nariz y patillas
blancas y por diez o quince mangabeys de mejilla gris. Muy cerca había no menos
de diez colobos blancos y negros, espectaculares cuando saltan debido a los
largos mechones blancos que sobresalen en sus cuerpos negros. Cuando están
quietos en los árboles, sus largas y gruesas colas blancas semejan frutos
colgando.
Luego de caminar dos horas, oímos
el berrinche de un grupo de chimpancés. Parecía no estar muy lejos, pero mis
colegas nos aseguraron que no era así. Caminamos en esa dirección y largo rato
después encontramos a una hembra que estaba con su pequeño a unos dieciocho
metros de altura en un árbol. Supusimos que eso significaba que habíamos
encontrado al grupo que buscábamos, pero el guía dijo simplemente: “esta es una
hembra que está aislada, sigamos caminando”.
Tal como sucede casi siempre en
las selvas de árboles muy altos, era bastante fácil caminar y el machete era
usado muy poco. Mucho rato después llegamos a una zona relativamente abierta,
“Por aquí hay una higuera en
fructificación”- dijo el guía- “Les pido silencio, vamos a aproximarnos a ver
si hay chimpancés comiendo frutos encima. Cuando ellos nos hayan visto pueden
comenzar a hablar, sshhh”.
Efectivamente, sobre la
“higuera”, que era un enorme árbol Ficus que produce frutos amarillentos del
tamaño de una pelota de golf, había diez chimpancés, entre ellos el macho
dominante. Este animal tenía el mentón blanco puro y el pardo oscuro de su
cuerpo se interrumpía en la parte inferior de su espalda que era gris. “Este
señor maduro es el jefe de un clan de ciento veinte chimpancés” – dijo el guía
señalándolo con respeto.
Uno de los simios orinó
profusamente acostado tal cual estaba sobre la rama y nos reímos todos por su
forma de hacerlo y con el paso de los segundos nos reímos más por la cantidad
de orina que lanzaba hacia abajo. Luego lo imitó otro y a partir de entonces
tomamos la precaución de no ponernos debajo de uno de ellos, porque era
increíble la frecuencia con que orinaban.
Bajo el árbol había gran cantidad
de higos a medio comer, porque como todos los monos, los chimpancés
desperdician mucha fruta al seleccionar solo la mejor. Pero eso es parte del
ecosistema y entre los frutos caídos y la orina, había mucha oferta de azúcar y
sales que aprovechaban las mariposas de la selva.
Era hermoso verlas posarse,
libar, volar otro poco, posarse y libar de nuevo a tantas y tan lindas
mariposas que relucían al pasar por los redondelitos de los haces de sol que
escapaban de la frondosa copa.
La mas hermosa mariposa era de
unos ocho centímetros con las alas abiertas y era totalmente rojo escarlata,
nunca antes vi una igual. Otra, era de unos quince centímetros con las alas
abiertas y era toda de color amarillo crema. Había por supuesto las tan comunes
en África “colas de golondrina azules”, y varias especies pequeñas mas bien
pardas, pero con puntos azules y blancos.
¡Que lindas son las selvas!
¿Porque el ser humano les habrá declarado la guerra?
Luego los chimpancés comenzaron a
bajar de a uno y llegamos a tenerlos muy cerca, porque desconocíamos que ramas
utilizarían para bajar y debíamos quedarnos quietos. No bien iban tocando
tierra comenzaron a caminar en fila india y al pasar el último, los seguimos lo
mas rápidamente posible. Me impresionó como se marcaba la musculatura de sus
brazos al caminar en cuatro patas y a buena velocidad. De pronto pasamos por
delante de dos de ellos que habían estado en el suelo a unos cuantos metros del
árbol frutal y que estaban acicalándose mimosamente abrazados y que nos
ignoraron por completo.
Seguimos tras el grupo de diez,
componiendo una extraña fila de caminantes: los primeros peludos y
desplazándose en cuatro patas y los de atrás, vestidos y caminando en dos. Al
caminar tras ellos los sentí muy próximos al ser humano. Mejor dicho me sentí
muy emparentado con ellos, mucho mas de lo que había sentido al estar frente a
los gorilas. Sinceramente me sentí un poco chimpancé y muy primitivo. Recordé
que sexualmente el ser humano es instintivamente mucho mas parecido a esta
especie que al gorila. Mientras caminaba esquivando ramas y lianas recordé que
el gorila dominante es el único macho que copula en su grupo, pero que en el
chimpancé todas las hembras al estar en celo copulan con todos los machos que
desean, los que literalmente hacen fila tras ellas, siguiendo el orden
jerárquico de su sociedad. Por el mismo motivo, todos los machos copulan con
muchas hembras y creo que de ahí proviene el deseo del ser humano, que se da
mas en unas personas que en otras, de tener sexo con muchas mujeres u hombres a
lo largo de sus vidas.
En cierto momento la fila que
seguíamos se cruzó con otra que la cortó perpendicularmente y que estaba
compuesta por nueve hembras, cada una de ellas cargando a su cría en el vientre.
Al encontrarse ambos grupos, se sentaron en el suelo por unos momentos y
algunos de ellos, casi dándonos la espalda, nos dirigieron miradas que eran
entre recelosas y de advertencia. No encontré en la mirada de los chimpancés la
paz que se nota en la de los gorilas.
Luego, retomaron el camino juntos
y se abrieron un poco en abanico. Un momento después se unieron otros
chimpancés mas, no supimos cuantos, por la falta de buena visibilidad en la
selva y notamos que teníamos chimpancés situados en un círculo de casi ciento
ochenta grados delante nuestro. En eso oímos un grito agudo y se lanzó la
típica algarabía casi estruendosa de estos animales, la que fue muy
impresionante, porque tras los primeros gritos que parecieron de rabia, vimos
como uno de los machos saltó de costado hacia un árbol, golpeando con los
nudillos una raíz tabular e inmediatamente otros cuatro o cinco animales mas
hicieron lo mismo en las cercanías y esos potentes sonidos agregaron un toque
de salvajismo al griterío.
De nuevo sentí que somos muy
cercanos a ellos, que somos un poco chimpancés o que ellos son hombres
primitivos y que pronto descubrirán el tambor. Sin duda, hace miles de años un
ser humano descubrió al tambor de esa
manera.
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