martes, 29 de octubre de 2013

En busca de Chimpancés

Ayer al mediodía llegué hasta el extremo Oeste de este hermoso país que es Uganda, quedándome en el área protegida Bosque Kibale, uno de los mejores sitios de África para ver chimpancés salvajes.
Me trasladé una vez más usando las incómodas camionetas matatu, pero también una vez mas, disfruté del contacto directo con el pueblo africano que tanto quiero. Realmente uno entra en contacto con ellos, porque aparte de que lo mas lindo es ponerse a hablar con quienes están sentados cerca, mientras se espera la casi dudosa y siempre aplazada partida del vehículo, al irse llenando éste, existe el ineludible contacto físico: niños que le tocan a uno las rodillas, brazos que se acomodan a espaldas de uno, piernas en contacto con piernas, etc. Pero ¿Cómo evitarlo? ¿Por qué evitarlo? ¿Acaso no estamos todos en la misma? Mi mochila de cincuenta litros, una vez mas entra de pura casualidad en el espacio que parece haber sido creado para ella, casi siempre al lado del chofer, la olvido y a disfrutar del ajetreo de la terminal, de ver a los vendedores que ofrecen de todo.
Cada uno de ellos se aparecerá en mi ventanilla y ofrecerá sus variados productos. Es tanta la variedad que difícilmente, imposiblemente, según creen ellos, exista persona en el mundo y más aun arriba de un vehículo, que no necesite ninguno. Un vendedor de diarios tiene unos treinta años, es delgado y está vestido de impecable traje blanco y gruesa corbata azul brillante, lentes oscuros y sombrero blanco de ala ancha, sus zapatos, blancos también y lustradísimos, tienen puntas de mas de quince centímetros. Es elegante y disfruta de vestir así. Sin duda vende muy bien sus diarios y no puede creer que no me interesen las noticias locales. Pero la mayoría de los vendedores son mujeres, tanto jóvenes como ya entradas en años y niños. Uno me ofrece cargadores de celular, cepillos de dientes, anillos baratos y lentes de sol. ¿Está seguro de que no quiere nada de esto?
Muchos venden agua, refrescos, cerveza, pollo frito, bananas, bizcochos muy secos, chapatis y los sabrosos michomos, mi almuerzo preferido en días de viaje, consistente en brochetes de carne de vaca o cabra insertados en palitos de madera.
El siguiente  vendedor viene sonriente y me ofrece pomada para zapatos, ropa interior femenina que asegura dejaría encantada a mi novia, corbatas multicolores, linternas de varios tamaños y un par de zapatos de niño. No puede creer que no entienda la conveniencia de sus precios.
El que sigue y que esperaba pacientemente su turno, trae lo que nadie ha dejado de comprar jamás: sábanas, cigarrillos, encendedores con imágenes de mujeres desnudas, una biblia, una cantidad de sombreros quepis y relojes de pulsera mas un despertador.
La camioneta, como casi todas en la explanada de la terminal, tiene su motor encendido hace rato y  cada tanto amaga salir, moviéndose dos metros, para luego regresar a su lugar. Pero en una de esas ¡Aleluya! El conductor se despide muerto de risa de los vendedores de boletos que han traído de la mano (y a veces por varias cuadras) a los pasajeros ¡y salimos! ¡que viva el Dios de los Viajes!

Por el camino se ven hermosas escenas bucólicas africanas, del África clásica que uno quiere ver: pastores arreando con una varita a sus vacas Ankole de curvilíneos, larguísimos y muy anchos cuernos, grupitos de chozas, pequeños cultivos de subsistencia, bananos, papayas, sabanas amarillentas arboladas de acacias…
Ya muy al oeste, aparece de un momento a otro un terreno suavemente ondulado y el verde brillante de plantaciones muy prolijas de té.
Al rato, tras los extensos cultivos de té, aparece el verde oscuro de la selva de Kibale, relicto celosamente protegido, que forma parte de la muy extensa selva congolesa Ituri de árboles muy altos.

 Hoy tuve una de las mas hermosas experiencias de selva de mi vida ¡y eso que he pasado mucho tiempo en las selvas!

Una vez mas tuve el privilegio de vestir el uniforme de los guardaparques de Uganda, “La Perla de África” y acompañé a dos guardaparques a guiar un grupo de cinco visitantes a la actividad conocida como “rastreo de chimpancés”
No se porqué, pero supuse que el tal rastreo sería bastante burdo y que nos dirigiríamos directamente a un sitio cercano en la selva donde los chimpancés serían atraídos con bananas, tal como hiciera Jane Goodall para ganárselos, pero me equivoqué rotundamente.
No solo que se los rastrea de verdad, sino que se trata de una experiencia mucho mas enriquecedora que la de “rastrear gorilas”.
Los gorilas se desplazan entre doscientos metros y dos kilómetros por día y al desplazarse siempre por tierra y ser grandes (los machos pesan hasta 275 kilos), dejan claros rastros (claros para los expertos rastreadores locales, claro está). Pero los chimpancés son mucho mas arborícolas, se desplazan mucho mas cada día y ante todo si bien conforman grupos grandes que componen digamos un clan, éste rara vez se junta. Los chimpancés se encuentran a menudo dispersos en la selva formando grupos menores, e incluso hay muchos ejemplares aislados. Realmente es muy meritorio el trabajo del rastreador de chimpancés. Un dato interesante es que el proceso de habituar gorilas para que permitan que se les aproxime un grupo de turistas lleva dos años, en tanto que el proceso de habituar chimpancés lleva cinco, dado lo desconfiados que son y lo divididos que andan en la selva.

Comenzamos la caminata a las ocho de la mañana. El suelo de la selva estaba mojado debido a la lluvia de la noche anterior y el olor a humedad me devolvió a mi querida Amazonia. Los árboles son muy altos, hay muchos de mas de cincuenta metros y muy gruesos. Abundan los helechos y las palmeras y en lo alto se oía el ajetreo y trinos de muchos pájaros imposibles de ver debido a la frondosidad de las copas y al gris del cielo de la mañana.
El guía era excelente y nos mostró un gran caracol pardo que se desplazaba por un tronco, nos señaló varios frutos, nos dijo los nombres de los árboles mas comunes o llamativos por sus variadas cortezas y nos mostró las primeras huellas de elefantes. Se trataba de los esquivos y peligrosos elefantes de selva, menores que los de sabana, de piel poco rugosa y de largos colmillos casi rectos que apuntan al suelo.
¿Los veremos?
Pocos metros después de haber visto las primeras huellas de elefante, comenzamos a caminar usando los senderos que hacen y mantienen en la selva y que les permiten deambular por ella.
En cierto momento oímos el inconfundible ruido que producen los bandos de monos al saltar por las ramas. Nos desplazamos en silencio y logramos quedar casi debajo de uno de los mas lindos fenómenos de la selva africana: los grupos multiespecíficos de primates. Éste estaba compuesto por quizás quince monos azules de profundo color gris pizarra, unos veinte monos de cola roja, de bella cara azul, nariz y patillas blancas y por diez o quince mangabeys de mejilla gris. Muy cerca había no menos de diez colobos blancos y negros, espectaculares cuando saltan debido a los largos mechones blancos que sobresalen en sus cuerpos negros. Cuando están quietos en los árboles, sus largas y gruesas colas blancas semejan frutos colgando.
Luego de caminar dos horas, oímos el berrinche de un grupo de chimpancés. Parecía no estar muy lejos, pero mis colegas nos aseguraron que no era así. Caminamos en esa dirección y largo rato después encontramos a una hembra que estaba con su pequeño a unos dieciocho metros de altura en un árbol. Supusimos que eso significaba que habíamos encontrado al grupo que buscábamos, pero el guía dijo simplemente: “esta es una hembra que está aislada, sigamos caminando”.
Tal como sucede casi siempre en las selvas de árboles muy altos, era bastante fácil caminar y el machete era usado muy poco. Mucho rato después llegamos a una zona relativamente abierta,
“Por aquí hay una higuera en fructificación”- dijo el guía- “Les pido silencio, vamos a aproximarnos a ver si hay chimpancés comiendo frutos encima. Cuando ellos nos hayan visto pueden comenzar a hablar, sshhh”.
Efectivamente, sobre la “higuera”, que era un enorme árbol Ficus que produce frutos amarillentos del tamaño de una pelota de golf, había diez chimpancés, entre ellos el macho dominante. Este animal tenía el mentón blanco puro y el pardo oscuro de su cuerpo se interrumpía en la parte inferior de su espalda que era gris. “Este señor maduro es el jefe de un clan de ciento veinte chimpancés” – dijo el guía señalándolo con respeto.
Uno de los simios orinó profusamente acostado tal cual estaba sobre la rama y nos reímos todos por su forma de hacerlo y con el paso de los segundos nos reímos más por la cantidad de orina que lanzaba hacia abajo. Luego lo imitó otro y a partir de entonces tomamos la precaución de no ponernos debajo de uno de ellos, porque era increíble la frecuencia con que orinaban.
Bajo el árbol había gran cantidad de higos a medio comer, porque como todos los monos, los chimpancés desperdician mucha fruta al seleccionar solo la mejor. Pero eso es parte del ecosistema y entre los frutos caídos y la orina, había mucha oferta de azúcar y sales que aprovechaban las mariposas de la selva.
Era hermoso verlas posarse, libar, volar otro poco, posarse y libar de nuevo a tantas y tan lindas mariposas que relucían al pasar por los redondelitos de los haces de sol que escapaban de la frondosa copa.
La mas hermosa mariposa era de unos ocho centímetros con las alas abiertas y era totalmente rojo escarlata, nunca antes vi una igual. Otra, era de unos quince centímetros con las alas abiertas y era toda de color amarillo crema. Había por supuesto las tan comunes en África “colas de golondrina azules”, y varias especies pequeñas mas bien pardas, pero con puntos azules y blancos.
¡Que lindas son las selvas! ¿Porque el ser humano les habrá declarado la guerra?
Luego los chimpancés comenzaron a bajar de a uno y llegamos a tenerlos muy cerca, porque desconocíamos que ramas utilizarían para bajar y debíamos quedarnos quietos. No bien iban tocando tierra comenzaron a caminar en fila india y al pasar el último, los seguimos lo mas rápidamente posible. Me impresionó como se marcaba la musculatura de sus brazos al caminar en cuatro patas y a buena velocidad. De pronto pasamos por delante de dos de ellos que habían estado en el suelo a unos cuantos metros del árbol frutal y que estaban acicalándose mimosamente abrazados y que nos ignoraron por completo.
Seguimos tras el grupo de diez, componiendo una extraña fila de caminantes: los primeros peludos y desplazándose en cuatro patas y los de atrás, vestidos y caminando en dos. Al caminar tras ellos los sentí muy próximos al ser humano. Mejor dicho me sentí muy emparentado con ellos, mucho mas de lo que había sentido al estar frente a los gorilas. Sinceramente me sentí un poco chimpancé y muy primitivo. Recordé que sexualmente el ser humano es instintivamente mucho mas parecido a esta especie que al gorila. Mientras caminaba esquivando ramas y lianas recordé que el gorila dominante es el único macho que copula en su grupo, pero que en el chimpancé todas las hembras al estar en celo copulan con todos los machos que desean, los que literalmente hacen fila tras ellas, siguiendo el orden jerárquico de su sociedad. Por el mismo motivo, todos los machos copulan con muchas hembras y creo que de ahí proviene el deseo del ser humano, que se da mas en unas personas que en otras, de tener sexo con muchas mujeres u hombres a lo largo de sus vidas.
En cierto momento la fila que seguíamos se cruzó con otra que la cortó perpendicularmente y que estaba compuesta por nueve hembras, cada una de ellas cargando a su cría en el vientre. Al encontrarse ambos grupos, se sentaron en el suelo por unos momentos y algunos de ellos, casi dándonos la espalda, nos dirigieron miradas que eran entre recelosas y de advertencia. No encontré en la mirada de los chimpancés la paz que se nota en la de los gorilas.
Luego, retomaron el camino juntos y se abrieron un poco en abanico. Un momento después se unieron otros chimpancés mas, no supimos cuantos, por la falta de buena visibilidad en la selva y notamos que teníamos chimpancés situados en un círculo de casi ciento ochenta grados delante nuestro. En eso oímos un grito agudo y se lanzó la típica algarabía casi estruendosa de estos animales, la que fue muy impresionante, porque tras los primeros gritos que parecieron de rabia, vimos como uno de los machos saltó de costado hacia un árbol, golpeando con los nudillos una raíz tabular e inmediatamente otros cuatro o cinco animales mas hicieron lo mismo en las cercanías y esos potentes sonidos agregaron un toque de salvajismo al griterío.
De nuevo sentí que somos muy cercanos a ellos, que somos un poco chimpancés o que ellos son hombres primitivos y que pronto descubrirán el tambor. Sin duda, hace miles de años un ser humano  descubrió al tambor de esa manera.


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