Alegría en Kampala
Acabo de llegar a Kampala, la capital de Uganda
que fuera tan nombrada a raíz de las malas noticias que protagonizara la
dictadura de Idi Amín.
Llegué en Matatu, el típico transporte de
pasajeros de África Oriental, que es una Combi a la que han agregado asientos
extras.
La terminal de Matatus es muy amplia, y si bien
a primera vista parece imperar el caos, a la larga, cada camioneta logra
estacionarse en el lugar bajo el letrero con el destino que le corresponde, abriéndose paso
lentamente en el mar de camionetas y gente.
Está situada en una parte muy pobre, cerca de
un templo hindú y no lejos de la mezquita principal de la ciudad. No bien pude
salir de la camioneta, cosa no tan fácil debido a lo apretados que andábamos
los pasajeros, tomé la determinación de caminar hacia lo que parecía la parte
mas alta de la ciudad, porque realmente me impresionó el gentío de la zona baja
de Kampala. Las veredas están atiborradas de gente que camina para arriba y
para abajo eludiendo con paciencia las mercancías que cientos de los mas
humildes vendedores ofrecen, unos en silencio y otros a los gritos.
Pero lo que motiva que escriba estas líneas es
la alegría que me dio la bienvenida que me hizo la gente. Ya he andado bastante
por África, pero nunca me había pasado lo que hoy en una ciudad grande: En las
tres cuadras que caminé hacia arriba buscando el letrero de algún hotel, di la
mano a no menos de diez hombres...Mientras andaba eludiendo transeúntes y
vendedores, cada pocos metros oía alguna voz que gritaba” Eh, White man” y veía
una cara contenta y una mano que quería estrechar la mía. Todos me decían
“White man” y me sorprendió que no me llamaran “Mzungu”, que es lo mismo, pero
en Swahili. Me gustó eso y sin duda a quienes me tendían la mano también les
gustó que yo se las diera, pese a que mas de uno era un callejero cuyas manos a
las claras estaban sucias. Me propuse lavármelas no bien encontrara un hotel
donde quedarme y que la gente viera que no le negaba la mano a nadie.
¿Que les llamaría la atención de mi? Quizás la
larga barba, quizás la mochila, quizás el verme caminando solo, quizás el haber
visto que realmente le daba la mano a quien me la pedía, no lo sé, pero me
gustó mucho llegar a una ciudad de esa forma.
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