martes, 8 de octubre de 2013

Alegría en Kampala

Alegría en Kampala

Acabo de llegar a Kampala, la capital de Uganda que fuera tan nombrada a raíz de las malas noticias que protagonizara la dictadura de Idi Amín.
Llegué en Matatu, el típico transporte de pasajeros de África Oriental, que es una Combi a la que han agregado asientos extras.
La terminal de Matatus es muy amplia, y si bien a primera vista parece imperar el caos, a la larga, cada camioneta logra estacionarse en el lugar bajo el letrero con el destino que le corresponde, abriéndose paso lentamente en el mar de camionetas y gente.
Está situada en una parte muy pobre, cerca de un templo hindú y no lejos de la mezquita principal de la ciudad. No bien pude salir de la camioneta, cosa no tan fácil debido a lo apretados que andábamos los pasajeros, tomé la determinación de caminar hacia lo que parecía la parte mas alta de la ciudad, porque realmente me impresionó el gentío de la zona baja de Kampala. Las veredas están atiborradas de gente que camina para arriba y para abajo eludiendo con paciencia las mercancías que cientos de los mas humildes vendedores ofrecen, unos en silencio y otros a los gritos.
Pero lo que motiva que escriba estas líneas es la alegría que me dio la bienvenida que me hizo la gente. Ya he andado bastante por África, pero nunca me había pasado lo que hoy en una ciudad grande: En las tres cuadras que caminé hacia arriba buscando el letrero de algún hotel, di la mano a no menos de diez hombres...Mientras andaba eludiendo transeúntes y vendedores, cada pocos metros oía alguna voz que gritaba” Eh, White man” y veía una cara contenta y una mano que quería estrechar la mía. Todos me decían “White man” y me sorprendió que no me llamaran “Mzungu”, que es lo mismo, pero en Swahili. Me gustó eso y sin duda a quienes me tendían la mano también les gustó que yo se las diera, pese a que mas de uno era un callejero cuyas manos a las claras estaban sucias. Me propuse lavármelas no bien encontrara un hotel donde quedarme y que la gente viera que no le negaba la mano a nadie.
¿Que les llamaría la atención de mi? Quizás la larga barba, quizás la mochila, quizás el verme caminando solo, quizás el haber visto que realmente le daba la mano a quien me la pedía, no lo sé, pero me gustó mucho llegar a una ciudad de esa forma.



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